Hablan los hermanos de Romina Fernández, muerta por un aborto clandestino el día que el Congreso rechazó la legalización.
“Se murió porque era pobre. A los pobres ni nos miran”. “Yo estaba en contra del aborto, hasta ahora”. “Pienso que si hubiera salido la ley, sería distinto”, dicen, en diálogo con PáginaI12 los hermanos de Romina Fernández, la mujer, madre de cuatro hijos, que murió en Pilar luego de un aborto clandestino.
“Cuando yo escuchaba en la tele a las mujeres que decían que la ley era más para las mujeres pobres que para las que tienen plata no lo entendía, me parecían excusas. Ahora lo entendí, y lo entendí a fondo”, dice Ana Fernández, hermana de Romina, a quien enterraron el lunes 13 de agosto, en Pilar. Romina había llegado con un aborto incompleto al hospital Sanguinetti, el mismo 8 de agosto en que las calles cerca del Congreso desbordaban de gente que resistió durante horas una lluvia helada esperando que sus cuerpos ateridos hicieran la diferencia para el aborto fuera legal. No pudo ser. Romina, 30 años, cuatro hijas, fue la segunda muerte que se conoció en los cinco días siguientes al rechazo al proyecto de ley que había conseguido media sanción en la Cámara Baja. Ana, sin embargo, está convencida de que podrían haberla salvado, porque ella, cuenta, llegó bien al hospital, estuvo bien hasta el final, hasta el sábado, cuando se descompensó por una infección en los pulmones que de inmediato tomó los riñones y terminó en un shock séptico. Y la muerte.

–¿Querés que te diga lo que yo pienso? -agrega Miguel, otro de los hermanos-. Se murió porque era pobre. Porque los pobres no existimos, si hubiera tenido obra social se hubieran preocupado en revisarla, pero a los pobres ni nos miran. Yo también estaba en contra del aborto, hasta ahora.

Cambiar sus convicciones, entender en el cuerpo de qué se habló durante todos esos meses de discusión que se desarticularon con los votos religiosos del Senado que le dieron la espalda a la masiva voluntad popular de que se legisle por la libertad de las mujeres es una transformación dolorosa que de ninguna manera se compara con lo que significa ser testigos de la desolación de la mamá de los dos, de las niñas que ahora tiene a cargo. Sentir la ausencia de su hermana es el verdadero duelo que se reaviva porque ellos, como los otros 8 hermanos y hermanas de la familia, todavía no entienden qué pasó, cómo es que la noche en que la atendieron ella estaba locuaz y aliviada y cuatro días después, muerta. Como tampoco entienden por qué no les quisieron entregar la historia clínica de Romina, por qué se apuró el director del hospital, Esteban Sielingi, en llamar a los medios y decir que no podía dar mayores datos porque no tenía autorización de la familia si ni siquiera se había comunicado con la familia, por qué les entregaron el cuerpo de Romina el mismo día que falleció si ahora lo quieren exhumar para realizarle una autopsia, por qué nadie la escuchó cuando ella decía que le dolía el pecho, por qué el viernes les dijeron que al día siguiente le darían el alta cuando al día siguiente la pasaron a terapia intensiva, intubada y en coma.

Las preguntas se acumulan para esta familia que hace un año y medio había perdido a otro de los 12 que parió su mamá junto a dos hombres apellidados Fernández, el primero muerto cuando los tres más grandes eran casi bebés. Los hijos y las hijas no siguieron la fe evangelista de la madre, pero algo de sus convicciones había teñido su manera de ver el mundo y por eso, Ana hasta festejó que la ley no hubiera salido mientras acompañaba a su hermana en la primera noche de la internación y recién ahora toma en cuenta que tal vez Romina no le contó más de lo que había hecho “por inhibición o por vergüenza, nunca lo voy a saber”.

–Romina estaba tan bien la primera noche de internación que estuvimos jugando, nos sacamos unas fotos, yo le dije que la iba a escrachar de que estaba ahí internada, pero en chiste. Ella era de por sí muy tímida, pero esa noche estaba locuaz, como aliviada.

–¿Pudiste preguntarle cómo se había hecho el aborto?

–Le pregunté qué había hecho y me dijo: “Me lo saqué”. Y nada más. Y yo no seguí. Ahora pienso que ella no habló más porque en la tele del cuarto estaban pasando las discusiones en el Senado y ella escuchaba las cosas que se estaban diciendo y se quiso quedar callada. Porque la gente juzga sin saber, yo vi las redes sociales, las cosas que dicen de las mujeres que abortaron. Y no les importa que estén muertas.

–¿Vos todavía pensabas que estaba mal lo que había hecho?

–Yo la entendía aunque no compartía, ahora la entiendo más aun. Es una decisión de una, hay que saber eso. Y su cabeza, me la imagino. Porque tenía mucha carga emocional. Se había separado hacia poco del papá de Azul, la más chiquita, que tiene 2 años y pasó casi todo julio internada por neumonía. Mi hermana siempre con ella. Además nosotros perdimos a otro hermano y para ella fue muy duro, se deprimió mucho.

–Y tenía ya cuatro hijas.

–¡Claro! Y no es que te ayudan, eh. Porque yo también tengo cuatro nenes. Y cuando tuve el tercero me quise ligar las trompas y no me lo hicieron, no me lo quisieron hacer. Recién en el cuarto, como ya sabía que iba a cesárea, logré que me las ligaran. Y eso es porque soy pobre, si hubiera tenido obra social me la hacían porque facturan, estoy segura.

Los ojos de Ana son más verdes en el contraste con el gris plano de una tarde de lluvia. Están perfectamente delineados, igual que sus labios, ventajas del oficio de maquilladora y depiladora que le sirve para vivir. Miguel está a su lado, el pelo muy corto, la desconfianza siempre alerta pero el deseo de Justicia lo obliga a abrirse, a hablar, a recorrer el camino que haga falta para que lo escuchen, no importa cuántos trenes y colectivos se necesiten hasta encontrar alguien que lo escuche.

El relato de lo que sucedió en el hospital lo lleva Ana, un año más que Romina, la que la acompañó la mayoría de las noches en el Sanguinetti.

–Yo llegué ese miércoles dos horas después de Romina. Mi mamá sabía que estaba embarazada pero no dijo nada. Pero cuando la vio que estaba con un poco de fiebre y mareada y escuchó que “le había venido” la mandó al hospital de inmediato, qué vergüenza ni vergüenza. Nosotros no tenemos vergüenza.

–¿Y cómo estaba tu hermana?

–Ella estaba bien, con ropa de cirugía, me dijo de nuevo lo de que le dolía el hígado, como había dicho en la casa de mi mamá, pero lo vi al médico y ahí comprobé que le habían hecho un legrado. Él me preguntó si sabía cómo se lo había hecho y le dije que me acaba de enterar, pero no me creía, me preguntó de cuánto estaba ¡y yo no sabía! Pero él me trataba como si le estuviera mintiendo, me dijo: “Acá vienen muriéndose y no te dicen que se hicieron un aborto”. De todos modos me explicó que había salido todo bien pero que me tenía que quedar para controlar si esa noche tenía fiebre. Y no tuvo, nada. Pero ya desde esa noche decía que le dolía el pecho, yo me iba temprano a trabajar y volvía a la noche, así que no estaba cuando hacían la ronda médica. Y el jueves cuando volví, Romi me contó que no le habían dado bola al dolor del pecho. Esa noche ella se quejó mucho, le costaba respirar y no saturaba bien, eso decía la enfermera, por eso a las diez de la noche llamó a la médica que recién llegó a las 5 de la mañana. Y así, sin tocarla siquiera, dijo que era la vesícula, que eran cólicos, que le pusieran no sé que más, era como un cóctel lo que le pusieron en el suero. Y por suerte se durmió, pero se despertaba siempre con el mismo dolor.

–¿Le hicieron algún análisis posterior?

–Sólo de glóbulos blancos, pero ni siquiera me decían cómo había salido. Nadie la revisó por ese dolor. Ya el viernes ella se quejaba mucho y empezó a respirar mal. También había hecho orina muy oscura, como jugo de naranja, pero la enfermera la vio y me dijo “tirala”. Las enfermeras se preocupaban por ella, pero no son médicas. Y las de la ronda sólo te decían de la parte ginecológica. Ese viernes esperó mi hermana María el parte médico y le dijeron que estaba todo bien y que el sábado ya le iban a dar el alta. Pero la noche del viernes empezó a sentirse muy mal, durmió dos horas y a las cuatro de la mañana se despertó mal, con ese dolor del pecho, a respirar mal. Le habían sacado el tubo de oxígeno porque lo necesitaba otra persona. Lo volvieron a traer pero enseguida se descompensó y ya saturaba a menos de 87, después de un rato de oxígeno sólo llegaba a 90. Entonces la enfermera llamó y ahí empezaron a venir los médicos, rápido.

Lo que siguió fue que la llevaron de urgencia al shock room de la guardia y unas horas más tarde estaba intubada y en coma medicamentoso. Entre las 5 de la mañana y las diez, tres veces hablaron con Ana que empezó a llamar a su familia desesperada. En los encuentros con los médicos tuvo que volver a relatar todo lo que había sucedido en la semana, el dolor del pecho, la saturación baja, el alta que no fue, que no sabía de cuánto estaba cuando se hizo el aborto. La respuesta era desoladora: su hermana estaba en estado crítico, no podía respirar sola y sus pulmones estaban llenos de secreciones y líquido, los riñones no funcionaban.

–Yo no entendía nada, cómo mi hermana había pasado a estar así cuando antes ni la habían mirado. Cuando pregunté por qué habían dicho eso de la vesícula me dijeron: “Eso ya pasó, ahora lo importante es tu hermana”. Me dijeron que pase a verla si quería y ni siquiera la reconocí, para mí no era, estaba hinchada, gigante, los ojos vidriosos, el pelo lleno de rulos. Esa no es, le dije al médico, pero él cerró los ojos y dijo: “Sí, esa es Romina y ahora necesitamos un milagro”.

El milagro no sucedió. En terapia intensiva le pidieron a la familia autorización para conectar un catéter en los riñones; ya había atravesado un paro cardíaco y habían tardado diez minutos en sacarla del paro. Ana, Miguel y María pasaron la noche del sábado en la puerta de la terapia intensiva, como les dijeron que si algo pasaba les avisarían, a la mañana temprano fueron a descansar pensando que el catéter había funcionado. Volvieron para el parte médico, junto con otras familias. Los dejaron para el final y ahí, sin darles hora ni detalles, les dijeron que había fallecido y los llevaron a la morgue.

–Si yo tengo que decir por qué murió Romina, te digo que es porque la juzgaron, porque dijeron “esta se hizo un aborto, dejala”, y no les importó nada más, estoy segura.

–Cuando falleció, pedí que me dieran la historia clínica, quería saber todo lo que habían hecho –agrega Miguel–. Y no me la quisieron dar, eso no está bien. Enseguida nos dieron el cuerpo. Nosotros al principio no pensamos, la velamos, la enterramos el lunes. Después del shock nos empezamos a dar cuenta de que no estaba bien lo que había pasado. Si del aborto había salido bien, ¿por qué no controlaron todo?

Ana y Miguel estaban dispuestos a hacer algo, a entender qué había pasado con su hermana. Que su historia se haya filtrado a los medios sin haber mediado la palabra de la familia los llenó de dolor, sobre todo por su mamá que se encontró con detalles, algunos incorrectos, en las noticias de la tarde del jueves y enseguida por un patrullero que llegó preguntando por “la menor que falleció”.

–No se habían preocupado hasta que no salió en los medios ¿A qué venían? Hasta vinieron a pedir el teléfono para el intendente (Nicolás Ducoté, de Cambiemos), porque enseguida nos llamó, para nada –dice Miguel.

–Ese mismo día llama la fiscal, Valeria Oyola, de la fiscalía 2 de Pilar. Me dijo que me quería contener, que fuera al día siguiente a la fiscalía que quería hablar conmigo. Pero nos tuvo siete horas esperando y apenas si nos saludó. Me da bronca porque te ven pobre y hablan adelante tuyo como si no existieras, como si hablaran en otro idioma. Me tendría que haber puesto un trajecito para que creyeran que tengo plata.

–Ana, ¿vos por qué crees que falleció tu hermana?

–Yo creo que a ella la juzgaron. Que dijeron, “esta se hizo un aborto, dejala”. Y ni siquiera la miraron, era solamente una que se hizo un aborto. Ahora yo también pienso que si hubiera salido la ley sería distinto, que no habría tanto maltrato.

Ana y su hermano creen que la vida de su hermana merece justicia, que se averigüe cuáles son la razones de esa infección que se desplegó dentro del hospital. También quieren generar conciencia de cómo se atiende a la gente sin recursos, es la primera vez que hablan con un medio de comunicación porque la desconfianza es lo que aparece primero. Y porque no quieren ser sentenciados por las decisiones que tomó su hermana.

–¡Cómo pueden juzgar sin saber! No están pensando en la familia, en las hijas, nos están juzgando a nosotros también. Es la decisión de una, ahora yo entiendo que es la decisión de una. Se van dos vidas, como dicen algunos, pero se van dos porque hay gente juzgando, porque sino, no las dejarían morir.
Fuente: Pagina12

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