HIPOCRESÍA

Ayer se conocieron los números oficiales del INDEC sobre la pobreza y la indigencia en los principales aglomerados urbanos del país en el primer semestre, lo que incluye los primeros meses de la pandemia, que fueron los más rígidos en cuanto a restricciones a las actividades económicas formales, y sobre todo a las informales: acá Artemio los expone completos en su blog.

40,9 % de personas en situación de pobreza y dentro de éstas y siempre sobre el total, 10,5 % en situación de indigencia son cifras impactantes, pero no sorprendentes: con una herencia recibida del macrismo de tres de cuatro años con caída del PBI, recesión, inflación y pérdida de los salarios y suba del desempleo, sobre los que impactó la pandemia, era lo esperable.

Uno podría excusarse en la pandemia, o desagregando los datos, decir que el macrismo fue incluso peor que una pandemia; porque en sus cuatro años de mandato inaugurados bajo la promesa electoral de la «pobreza cero» aumentó más la pobreza en el país que una catástrofe epidemiológica a escala mundial. Tampoco sirve de mucho decir que los números hubieran podido ser incluso peores, si el gobierno no hubiera instrumentado determinadas políticas de contención como el IFE.

Todo eso se puede decir, pero no: la pobreza es el problema más serio que enfrenta el país, y cuando se vota a un gobierno (como nos votaron a nosotros) es para que se ocupe de resolver los problemas.

Aun cuando no haya datos más precisos o actuales sobre la evolución del coeficiente de Gini en el mismo lapso del relevamiento, se puede suponer que también la desigualdad ha ido en aumento, o sea que no solo hay más pobres, sino que esos pobres son más pobres, y la diferencia que los separa de los más ricos es presumiblemente mayor que antes de la pandemia: pobreza y desigualdad son dos caras de una misma moneda, y suelen ir de la mano.

Y acá nos queremos detener ante el festival de hipocresía que se produce que cada vez que se conocen en el país las cifras de la pobreza, y ahora no fue la excepción: nadie se quiere privar de dejar sentado que la pobreza lo preocupa, lo horroriza y lo indigna, y de exigirles a los gobernantes que «hagan algo» para resolverla. Claro que a la hora de definir ese «algo», las coincidencias se disipan, como señalamos en el tuit de apertura.

Porque la riqueza que se genera en una sociedad es una sola, y en todo caso la discusión es como se distribuye: en sociedades desiguales (y vaya si la nuestra lo es) para que haya pobres es necesario que existan ricos, y viceversa. De hecho, la misma pandemia que ha incrementado el número de pobres ha hecho a algunos pocos, más ricos aun de lo que ya eran.

Y mientras conocemos los números de la pobreza, nos enteramos que del total de los casi 12.000 argentinos que, en un país de 45 millones de habitantes de los cuales unos 18 millones serían pobres, pagarían el impuesto a las grandes fortunas que debate el Congreso, solo 253 explican la mitad de la recaudación proyectada para el mismo; y muy poco sabemos de ellos, o de quienes son; aunque nos podamos dar una idea.

Mientras discutimos por años -y aun hoy- como medir la pobreza, casi nunca nos ocupamos de la riqueza, es decir nunca nos planteamos como es posible que haya gente asquerosamente rica en un país donde millones carecen de lo imprescindible para vivir. Acaso porque sabemos que una cosa es consecuencia de la otra, y nos falta el coraje necesario para hacer lo que hay que hacer, para que eso cambie.

Claro que cuando damos un paso en esa dirección -por ejemplo impulsando el impuesto a las grandes fortunas- nos encontramos con la oposición frontal de mucha gente que al mismo tiempo dice estar muy preocupada por la pobreza. Por supuesto nos dirán que para que haya menos pobres hay que dejar a los ricos tranquilos «generando riqueza», que luego derramará, pero ya sabemos por experiencia propia y reciente, que ese argumento es falso: por ese camino de hecho, solo se generan más pobres.

Con apenas un día de diferencia se conocieron dos malas noticias para el gobierno: la resolución de la Corte de tratar el per saltum de los jueces okupas, y los números de la pobreza y la indigencia en el país. La diferencia es que la segunda es una pésima noticia, ya no para el gobierno, sino para el país. Nunca estuvo tan claro a cual de las dos cuestiones el gobierno debería prestarle atención inmediata y preferente. Tuits relacionados:

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