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Ver morir a tu «mami» solita por coronavirus a traves de una videollamada

Coronavirus: la muerte en soledad

Rafael (atrás, de gris), Angélica (con camisa a cuadros), María (con suéter rojo), una prima y otra tía.
Rafael (atrás, de gris), Angélica (con camisa a cuadros), María (con suéter rojo), una prima y otra tía. 

El 4 de octubre de 2019 Rafael se subió al avión que lo llevaría a Estados Unidos. Después de una breve escala en Lima y casi doce horas de viaje, aterrizó por tercera vez en su vida en el aeropuerto de Los Ángeles. Lo esperaba su mamá, después de tres años sin verse. María manejó hasta South Gate, donde se había instalado hacía más de veinte años, en un departamento muy cercano a su segunda casa, la Primera Iglesia Bautista Hispana de Huntington Park, en la que se congregó apenas llegó, en 1985. Rafael vivió con su madre y su tía Angélica hasta que en marzo, con la llegada de la pandemia y habiéndose cumplido los seis meses de estadía permitidos, decidió volver. La mañana del 15 de ese mes, Angélica no podía levantarse para llevarlo al aeropuerto. Lo llevó su madre. En el camino le recordó que iba a seguir los trámites para que él pudiera tener la residencia estadounidense. No sabían que Angélica tenía coronavirus y que sería mortal. Ni que María también se contagiaría. Ni que pocos días después, su hijo la vería morir a través de la pantalla de un teléfono desde su cama de un hospital bonaerense.

Rafael nació en Guatemala en agosto de 1969. Heredó los ojos y la inquietud de su mamá. Se crió a solas con ella desde que su papá murió cuando él era tan chiquito que ni se acuerda. Cuando estaba terminando el secundario, Guatemala atravesaba una crisis económica, política y cultural abismal. Los militares habían terminado de destrozar el tejido social ya averiado, el genocidio desconocía rasgos humanos y la pobreza no tenía fondo.

Diecisiete años después de ser madre primeriza, Doña María decidió emigrar. Un conocido le ofreció llevarla a México para entrar por el sur a Estados Unidos. Tomó la decisión sin consultar. Estaba embarazada y nadie lo sabía. Sacó un vuelo a México para luego viajar a Tijuana. Una vez en DF, el trabajo de parto se desencadenó antes de lo previsto y nació su segundo hijo, Juan Carlos. Se trasladó con el bebé a Tijuana y cruzó la frontera por el desierto a pie con su bebé en brazos.

Rafael se quedó solo en Guatemala, hospedado en una residencia estudiantil. Poco antes de terminar el colegio se acercó a la Embajada de Brasil y consiguió una beca para estudiar cine en la Universidad de las Artes de San Pablo. Tampoco él le consultó a su madre: se lo comunicó, buscó convencerla de que era mejor que intentar viajar a Estados Unidos, que en Brasil tenía la carrera y la manutención cubiertas. Y se fue.

María y su hijo menor, Juan Carlos, se instalaron en el este de Los Ángeles, y a pesar de estar rodeados de una comunidad latinoamericana enorme, el nene, mexicano por casualidad, no aprendió a hablar bien el español, adoptó el inglés como lengua materna y se sintió siempre de ningún lado. Su madre trabajaba más horas de las que descansaba y cuando tenía tiempo libre lo invertía en la Congregación. En el inicio de la adolescencia, Juan Carlos se metió en La Florencia, nombre hispánico del barrio donde operaba una de las maras (pandillas) más peligrosas de Estados Unidos y Centroamérica. Desaparecía de su casa días y noches. Los vecinos le contaban a su madre que lo veían llegar en una limusina.

El contraste entre los modos de vida de madre e hijo se volvió absoluto cuando un 4 de julio, con 15 años, el cuerpo tatuado de Juan Carlos apareció tirado sin vida en un garaje del barrio Watts, el más lumpen y peligroso del sur de Los Ángeles.

Doña María quedó en estado de shock. Pasó un año sin trabajar, sentada durante horas en el balcón de su departamento mirando el horizonte, muda. En ese tiempo, Angélica, la hermana menor de María, decidió mudarse con ella para ayudarla a salir adelante, o para acompañar su silencio. Meses después de vivir juntas, María recibió una oferta de trabajo para cuidar gente anciana, y empezó a cerrar su duelo.

Rafael, en Brasil, se recibió de realizador audiovisual, y conoció en una fiesta a Myriam, una joven tucumana que estaba de visita por la realización de la Bienal de Arte de Sampa. Dejó San Pablo y se mudó a Tucumán para casarse con ella. Tuvieron una hija que ahora tiene 20 años.

Rafael y su madre se visitaron mutuamente y pasaron momentos distanciados.

Quince años de gestión en el Ente Cultural de Tucumán desgastaron la relación de Rafael con su trabajo: los internismos políticos y cierta desatención lo hicieron dejar el cargo en la dirección audiovisual del organismo. Se separó de Myriam. Entró en crisis. Su madre y el resto de su familia de Norteamérica lo estimularon para viajar. Y decidió intentar un nuevo enraizamiento en otra tierra. Su mamá estaba jubilada y era ciudadana naturalizada desde 2017.

En Los Ángeles, Rafael se instaló en el departamento de su mamá y su tía, y consiguió un trabajo en una empresa de construcción. Además, adoptó a su tía Angélica como segunda madre. Iba con ellas a la iglesia, a las reuniones, a hacer las compras. El 1 de enero de 2020 celebró el cumpleaños de su mamá por primera vez después de 30 años. Se ocupó de organizarlo. Escuchó decenas de veces las súplicas de sus madres y prima para que se quedara a vivir en el país. Sin embargo, decidió volver a Tucumán.

La mañana del 15 de marzo, Angélica no pudo levantarse para llevarlo al aeropuerto. Llevaba un día entero durmiendo y no tenía fuerza. Lo llevó Doña María. En el camino le recordó que iba a seguir los trámites para que pudiera tener su residencia estadounidense. Se despidieron. Como tantas veces.

Los aeropuertos funcionaban a medias, las fronteras comenzaban a bloquearse. La escala en Lima fue un caos: le cancelaron el vuelo a Buenos Aires y ante el inminente cierre del aeropuerto, logró que lo ubicaran en un avión a Asunción del Paraguay y se entregó a la suerte. De Asunción voló a Ezeiza en un avión absurdamente vacío.

Al tercer día en Buenos Aires se enteró de que Angélica fue internada con diagnóstico de covid-19. Dos días después falleció. Su hermana, la madre de Rafael, estaba contagiada. En cuestión horas fue directamente a la terapia intensiva del Hospital de South Gate.

En Buenos Aires, Rafael fue hisopado y dio positivo. Quedó internado en el hospital Héroes de Malvinas de Merlo.

Doña María empeoró de inmediato. La intubaron para darle el oxígeno que su cuerpo no encontraba. Hildita, una enfermera de la Congregación, logró que los enfermeros del hospital hablaran asiduamente con Rafael y lo mantuvieran al tanto. Después de dos días, los pulmones de la madre estaban llenos de líquido, el corazón bombeaba agua, los riñones no funcionaban y sus reflejos habían desaparecido. «No tiene sentido seguir haciéndola sufrir, Rafael –le dijo por teléfono el jefe de enfermería, que hablaba un perfecto español–. Vamos a hacer una cosa si tú estás de acuerdo: vamos a probar sacándole el respirador. Si tiene que suceder un milagro, lo tiene que hacer ella». Le acercó el teléfono al oído a María para que su hijo le hablara. «Quédese tranquila, viejita, esté en paz, por favor”, le dijo. Le enviaron la autorización para la desconexión de la asistencia y quedaron en hablar cuando le quitaran el respirador y los demás aparatos. Dos horas después, lo volvieron a llamar. Tenía los ojos cerrados. La enfermera, que no hablaba español, decidió contar con imágenes. Alejó el teléfono para que Rafael tuviera un plano más abierto, todo estaba blanco y luminoso alrededor de su mamá. Escuchó el pitido final. Cortó la llamada.

–Se fue, tranquilita, se fue y yo sentí que me volvía a parir –dice ahora Rafael, con su canto centroamericano dulce y lento–. Se fue mi viejita en completa soledad.

En su cuarto de hospital, a 10 mil kilómetros del sueño americano hecho polvo, se quedó en silencio.

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