El Indec informó que el nivel de actividad derrapó por segundo mes consecutivo, después de la baja del 5,2 por ciento de mayo. A la sequía se sumó una fuerte contracción de industria y comercio. La economía está por debajo del nivel de 2015.
La actividad económica se desplomó 6,7 por ciento en junio comparada con igual período de 2017. Es la caída más brusca desde la llegada de Mauricio Macri a la Casa Rosada, dejando a la economía por debajo de los niveles que existían en diciembre de 2015. La contracción fue la mayor en nueve años, desde julio de 2009, cuando la crisis internacional con epicentro en Estados Unidos, la más profunda en ochenta años, repercutió en la producción nacional. Las cifras oficiales comienzan a reflejar así las consecuencias del desmanejo financiero y cambiario sobre la economía real. Como sucedió en mayo, el impacto de la sequía explica una porción significativa del resultado recesivo, pero en junio se sumaron con fuerza el derrape de las actividades industriales y comerciales. El pobre desempeño de esos sectores está asociado a la depresión del mercado interno y la caída en la inversión privada que se profundizará en el marco del ajuste fiscal comprometido con el FMI.

Durante el primer semestre del año, el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) del Indec acumula un retroceso del 0,6 por ciento con relación al mismo período del año pasado. El dato de junio marcó además una caída de 1,3 por ciento frente a mayo. Desde la Casa Rosada se refieren a la crisis como una “tormenta”. Dentro del eufemismo climático convergen el discurso sobre la supuesta pesada herencia con el impacto de la sequía y la incertidumbre que afectó a los mercados emergentes. El diagnóstico oficial ignora el rol que tiene en el actual escenario el incremento de la vulnerabilidad externa por medidas concretas de este Gobierno, como la desregulación financiera y cambiaria y la apertura comercial desde diciembre de 2015. Esas medidas implicaron un giro de 180 grados respecto de las políticas del gobierno anterior que buscaban preservar la economía local de shocks externos. El resultado del cambio no provocó una lluvia de inversiones, como se había previsto, sino una recesión persistente con un leve rebote en 2017. Además, el entramado fabril sufre el desplazamiento de producción interna por importaciones y una dura caída del empleo, que ya contabiliza la pérdida de 83 mil puestos de trabajo directos desde diciembre de 2015.

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