Cristina Kirchner es un fenómeno político en sí misma, cuya dimensión no pueden ignorar ni siquiera sus detractores. Es más, si de centralidad política hablamos, son ellos, principalmente, los que contribuyen a dársela hoy; tanto como cuando gobernaba, o incluso más.
Primero en modo de plan orquestado para enfocar los cañones en ella, estigmatizarla y perseguirla para crear la distracción perfecta y por detrás, colar el plan de saqueo, hambre y miseria. Luego, como fantasma que tener a la mano para agitar y generar miedo, tratando de evitar de ese modo lo inevitable: el fin electoral del experimento neoliberal, como consecuencia de su propia naturaleza, y no de errores de implementación.
Por capacidad propia, por densidad política, por claridad conceptual y por ascendiente social sobre una porción muy importante de los argentinos, Cristina es -por lejos- la figura política más popular del país (de hecho, casi la única que despierta adhesiones genuinas, y no por rechazo), y su nombre representa la esperanza para muchos compatriotas. Pero no sólo eso: es la representación de la política en su esencia tradicional (la disputa de proyectos de sociedad, con visiones distintas), en tiempos de identidades desdibujadas, discursos vacíos, alianzas lábiles y estructuras partidarias vacías de contenido, y en crisis de representación. 
En un país cuyos indicadores económicos y sociales retroceden a la crisis de la implosión de la convertibilidad, desnudando la precariedad de un sistema político que entonces estalló por los aires y jamás se recompuso del todo, Cristina emerge como una luz de certeza en la penumbra, con fundamento en los mismos principios con los que Néstor Kirchner nos sacó de aquella crisis: primacía de la política, recomposición del poder arbitral del Estado, fortalecimiento de la autoridad presidencial. Ella como él (y Macri, por contraste) les recordaron que el que manda en el país es el que está en la Casa Rosada, no en Washington, ni jugando al golf mientras un superministro maneja todo.
A casi cuatro años de haber dejado el gobierno con la transición más normal de nuestra democracia recuperada en el 83′ y aclamada por una Plaza de Mayo repleta, ella representa todo eso en espejo con la opacidad de Macri; el presidente encargado que delegó en el FMI la conducción de la economía, en el Departamento de Estado la política exterior y en los medios hegemónicos, el laboratorio electoral de Durán Barba y las agencias punitivas del Estado puestas al servicio de la persecución de los opositores, el plan político. 
Un Macri que así como se pudo endeudar ominosamente por el desendeudamiento que le legó el kirchnerismo, y al que todavía no le han estallado los bolsones de pobreza y desigualdad por el colchón social de protección recibido de la «pesada herencia», se sostiene en su creciente vacío político sin que la crisis alcance un punto terminal, porque existe la esperanza Cristina; que representa al mismo tiempo que una oxigenación política real y una posible salida electoral en clave opositora, una reafirmación de la esencia de la democracia como sistema que permite cambiar el rumbo de una sociedad, cuando este excluye a la mayoría de sus componentes, y profundiza las desigualdades que son consustanciales al capitalismo.
Vacío político dijimos, no pérdida de poder social o económico, sostenido como está en una formidable coalición de intereses capaces de condicionar a la democracia, vaciarla de contenido y desestabilizarla; o todo eso junto, según las circunstancias, y en el apoyo de una porción no desdeñable de la sociedad, para la cual Macri expresa los valores en los que cree. 
Tampoco ese vacío político supone la certeza indubitable de su derrota electoral, aunque todo indica que así será: la dimensión electoral y su arquitectura (la disputada cuestión de la «unidad opositora» y la amplitud de sus bordes) es muy importante, porque la salida de la crisis -lo hemos dicho- debe ser a través de las urnas. Pero no debe hacernos perder de vista esta comprobación esencial: del cuadro descripto surge claro que, si Cristina no protagoniza, hay un profundo y real vacío de poder, que subyace por contraste en su absoluta centralidad política.
Frente al discurso único, los ensayos de «pactos de la Moncloa», los «10 puntos» y los discursos monocordes y monocolores o con leves diferencia de matices, Cristina expresa lo mejor de las tradiciones políticas nacionales y popopulares, y reivindica su legado; no en términos de nostalgiosa evocación, sino de posibilidad concreta de realización histórica en un futuro cercano. Esa es la intuición popular, que explica su posición en las encuestas, y las adhesiones que despierta.
Cristina habla y no habla por hablar: dice, tiene el país en la cabeza tanto como cuando estaba en el poder, interpela, cuestiona zonas de confort a los propios y a los ajenos. Invita a reflexionar, con sentido crítico, sobre nuestra historia reciente y nuestro presente, a todos: a la dirigencia políticas y social, y también a los votantes, atravesando ese tabú. Serena pero firme, sin el tonito de maestra de Siruela que tanto molestaba en las cadenas nacionales.
Advierte que la situación tiene salida, pero es compleja, y no se trata simplemente de volver, o de que ella vuelva, y todo será un lecho de rosas, como parte de magia: frente a los que la corren con el peronómetro, reivindica el pacto social de Perón y Gelbrad como alternativa al GAN reciclado que propone Macri con los 10 puntos del FMI: a la oferta de continuismo del régimen, le contrapone la vieja idea peronista de lograr consensos para ordenar las pujas distributivas y el modelo de desarrollo del país, en un sentido diametralmente opuesto al que tiene hoy.
Un pacto social amplio sobre esas bases, que es una respuesta clara a la carta de Macri, y un coscorrón conceptual cariñoso a los entusiastas que plantean como consigna «Ella le gana»; porque la cuestión no es ganarle como desafío puramente personal, sino comprometer a todos o a la mayor  cantidad posible en la empresa colectiva de reconstruir el país; dando a entender que sin ese compromiso, su candidatura carece de sentido.
Y finalmente y porque el tema obsesiona y desvela a muchos, Cristina viene construyendo, con paciencia y habilidad que desmienten a los que le cuestionaban que «no sabe armar», una coalición política y social bastante más amplia de lo que en su momento Asís llamó despectivamente el «Frepasito tardío»; mientras otros juegan al juego de la silla, y a sacarse fotos. Tuit relacionado:

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