«Sí la tocan a Cistina…, que quilombo se va a armar!». ¿Se acuerdan del cantito? Bueno, no se armó ningún quilombo, y eso que la tocaron, eh: la multiprocesaron, la citaron a 11 indagatorias el mismo día, le allanaron la casa en Buenos Aires, le revolvieron la ropa y las bombachas, le rompieron las paredes de la casa de El Calafate, estuvieron a nada de abrir el mausoleo de Néstor y el féretro, le embargaron la pensión de ex presidenta le denegaron el cobro de la de Néstor, casi la lincha una turba en Santa Cruz cuando estaba junto con Alicia y su nieta.
Y nada. No saltamos, no se armó quilombo, no hicimos nada, y la mina se bancó todo, hasta la enfermedad de la hija. No solo se lo bancó: sin tener la obligación de hacerlo porque políticamente esta hecha («amortizada» diría Perón) se puso al hombro la tarea de construir una oposición al régimen macrista cuando otros predicaban la resignación, y anunciaban el inicio de una década larga de hegemonía política de la derecha en el país,
Construyó un candidato de la nada, y lo llevó a la victoria, porque ganamos por ella: cuando decían «con Cristina sola no alcanza, sin Cristina es imposible» muchos, que hasta dos minutos antes de aquel video del sábado 18 de mayo del año pasado se ilusionaban con «el deseo Lavagna» (el último de una serie de fetiches electoralmente inviables), preferían enfatizar el primer término de la fórmula, para bajarle el precio al segundo.
Porque en el fondo la siguen subestimando, desconociendo que sin ella, simplemente no estaríamos donde estamos, habiendo recuperado el gobierno -no el poder- salvando a la Argentina de otros cuatro años de oprobio macrista; y esto no lo decimos solo nosotros: el primero en reconocerlo es el propio Alberto Fernández.
A veces tenemos la sensación de que Cristina prefiere el silencio para que los que creen que el problema era ella, que es conflictiva o hinchapelotas, hagan solos su propio aprendizaje: anuncian el fin de las hostilidades, entierran el hacha, hablan con Héctor y con Marcelo, en la creencia de que así podrán gobernar en paz, y salir adelante. Sin conflictos, sin quilombos, sin épicas. Pero también sin grandes resultados.
Y la realidad se encarga de desmentirlos, una y otra vez: los medios con los que no se quieren pelear siguen peléandose con nosotros, seguimos siendo su blanco y su objetivo. Esos medios y los demás voceros de los intereses del estalibshment -como Duhalde- le piden en público al presidente que se pelee con Cristina, que no la deje influir en el gobierno, que afirme su autoridad; cuando en realidad esa autoridad la pone mucho más en juego Paolo Rocca cuando despide 1450 empleados pese a que existe un DNU que prohíbe los despidos o el gobierno retrocediendo con el anuncio de la expropiación de Vicentín, que cualquier cosa que pueda hacer o decir Cristina.
Una Cristina que es el centro y la madre de todas sus obsesiones: si habla porque habla, si calla porque calla y «no se pronuncia» sobre la rotura de silos bolsa, o la separación de Tinelli. Cristina, siempre Cristina, aunque el gobierno, sus acciones, sus políticas, de Cristina tengan poco: la idea es agitarle el fantasma de Cristina de modo de paralizarlo y que no haga nada que vaya en contra de sus intereses, con el simple recurso de adjudicárselo a una maquiavélica idea de Cristina, la que -dicen- no puede vivir en paz; aunque en realidad no los deja vivir en paz a ellos, con su sola existencia.
Ahora acaban de arrojarle de modo brutal otro muerto a sus pies, buscando otro Nisman. Vano es todo intento de discutir, razonar, argumentar o reflexionar con gente que ya pensaba que a Fabián Gutiérrez lo mató Cristina, incluso antes de que apareciera muerto. El caso será la excusa para redoblar la ofensiva contra Cristina y el kirchnerismo justo -pero justo, vea, señora- cuando se destapó toda la mierda de las cloacas de los serviperiodistas, y los estaba tapando a todos.
Sin embargo, el problema no es lo que son capaces de hacer ellos que ya es harto sabido, y si alguien pensaba que iban a parar porque el presidente es Alberto y no Cristina, le erró fiero: le van a seguir pegando duro y parejo simplemente porque Cristina representa un límite, un recordatorio presente de que la política puede elegir otros caminos que la simple administración de una crisis tras otra, jugando a cambiar algo para que nada cambie. Un desafío virtual y real al poder real, que no están dispuestos a tolerar.

El problema, decíamos, es lo que vamos a hacer nosotros; porque hasta acá, parece que no a todos les molesta (de este lado de la grieta, esa que muchos prefieren hacer como que no existe) la ofensiva constante y permanente contra Cristina. No les importa que se metan con ella, y ni siquiera amenazan verbalmente con «hacer quilombo» si lo hacen. Acaso piensen que es una víctima propiciatoria necesaria que ofrendar, en mérito a la «gobernabilidad».

La tibieza del gobierno se transforma en algo peor, cuando frente a un comunicado lisa y llanamente golpista -sí, golpista- de los partidos que conforman «Juntos por el Cambio» atribuyéndole responsabilidad en el crimen, se toma varias horas para reaccionar, a través de un hilo de tuits incomprensibles en el contexto, del Jefe de Gabinete, como si fuera ajeno al problema. Eso en medio del silencio estruendoso del Frente Renovador y Sergio Massa -como si la agresión a Cristina no lo fuera al espacio oficialista en su conjunto- cuya opinión al momento de subir estas líneas se desconoce; y del nulo desmarque de Larrteta, el «opositor racional» privilegiado por el presidente, de los exabruptos de los mismos que lo espiaban.

Algo así como una reformulación del cantito tribunero, que quedaría más o menos de este modo: «Si la tocan a Cristina, no me tocan a mí y zafo». Y Cristina pasaría de ser la constructora del triunfo electoral del «Frente de Todos» (cosa que hay que remarcar todas les veces que haga falta, porque muchos quieren que nos olvidemos), a una especie de enorme pararrayos que absorbe todas las descargas de energía negativa lanzadas contra el gobierno.
Un enorme error, porque de ese modo no se «compra» gobernabilidad, sino que se afila el hacha con el que te van a cortar la cabeza: hoy es por Cristina, mañana es por todos. Y una inmensa injusticia, porque como si fueran pocos los agravios que Cristina recibe y seguirá recibiendo, ya no tenemos derecho a pedirle que haga más nada por nosotros -más precisamente, desde aquel fatídico 27 de octubre de 2010-, si no estamos dispuestos a hacer algo por ella. Tuits relacionados:

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