DEL DICHO AL HECHO…

Al gobierno de Alberto le está pasando lo que le pasó a Néstor Kirchner en su momento: le corren el arco todos los días con los «deberes» que tiene que hacer, para «generar confianza en los mercados». En aquel entonces la secuencia era acordar primero un programa de ajuste con el FMI, y luego arreglar con los acreedores privados la deuda en default; hoy se ha invertido: primero se le exigió el cierre con los bonistas, y ahora viene el FMI.

En ambos casos las exigencias se plantean y plantearon como pre-requisitos imprescindibles para sacar la economía del estancamiento y hacerla crecer, y en ambos casos las exigencias vienen con otras adicionales: ajuste del gasto público, reforma laboral flexibilizadora, «señales de precios» a las distintas fracciones del capital para alentar inversiones, aperturas y desregulaciones varias: comercio exterior, sistema financiero, flujo de capitales.

Nunca -ni antes ni ahora- importó que fueran precisamente ese paquete de medidas (generalmente recomendadas por el FMI, o directamente acordadas con él) las que provocaron, una y otra vez, las peores crisis económicas del país; la última de ellas durante el macrismo: los apologistas del paquete neoliberal se levantan del porrazo, miran para todos lados para asegurarse de que no los vieron, se sacuden el polvo y silban bajito un rato, para seguir con la misma cantinela de siempre.

En ese contexto de indulto mediático (y ojalá que no social) a ideas fracasadas cada vez que se pusieron en práctica, acá y en todos lados, no podemos menos que celebrar las palabras de Martín Guzmán rechazando la necesidad de un ajuste tradicional vía recorte del gasto público, así como de una reforma laboral: por extraño que parezca y si uno repasa los medios, lo suyo es contracultural; aun cuando la visión que expone es la que se impuso en las urnas el año pasado.

No pasó aun un año del doloroso ejemplo práctico que demostró el macrismo, del fracaso en serie de las premisas centrales del dogma neoliberal: la inflación es un problema exclusivamente monetario y se resuelve dejando de emitir moneda, hay que resolver el déficit fiscal (en pesos) como principal problema del país y para eso hay que endeudarse (en dólares), hay que generar estímulos a la oferta para atraer inversiones, generando aperturas estas vienen solas aunque no haya demanda que satisfacer, el crecimiento conducido por la oferta derramada en bienestar y redistribución del ingreso; y otras paparruchadas por el estilo. Todas, una tras otra, desmentidas por la realidad y por los datos duros de la economía.

Sin embargo, el ministro y el gobierno que parecen tener todo tan claro en lo conceptual, están muy por detrás de el marco teórico, en los hechos concretos: es tan cierto como que el ajuste del gasto público es contraproducente en medio de una recesión, como que el gobierno no ha reajustado el valor del IFE, y ni siquiera ha definido si habrá una cuarta cuota del mismo, aunque siga la pandemia. O que el proyecto de Presupuesto 2021  remitido al Congreso no brinda pautas sobre el mecanismo que se aplicará para actualizar las jubilaciones, pensiones y asignaciones familiares, que representan la mitad del gasto público total del Estado nacional.

Es tan veraz que el país no necesita una reforma laboral para salir adelante, como que este año los salarios terminarán perdiendo contra la inflación, las paritarias están frizzadas y recién ayer se conoció la demorada convocatoria al Consejo del Salario, para reajustar el Mínimo, Vital y Móvil en una cifra que no ha trascendido, pero nada indica que vaya a ser importante, o permita recomponer ingresos.

En la negociación con los acreedores privados Guzmán trazó un sendero realista de reducción del déficit fiscal para converger en años hacia el equilibrio de las cuentas públicas, haciendo hincapié además en que para lograrlo se deben recomponer los ingresos del Estado, más que reducir sus gastos. Sin embargo, el reciente paquete de medidas anunciadas para seducir a los exportadores a liquidar divisas comprende rebaja o eliminación de retenciones, es decir una reducción de la presión tributaria sobre los sectores con mayor capacidad contributiva.

Aun cuando las medidas lograran el objetivo de aumentar la oferta de dólares genuinos con la que atender -entre otras necesidades- los pagos de la deuda, esa reducción de ingresos del fisco se traduce en un aumento del déficit, o en una reducción de las funciones del Estado, o un poco de ambas cosas. Nadie discute que para crecer, es necesario estimular la oferta de determinados bienes, servicios o sectores industriales, sobre todo si tienen capacidad de generar divisas genuinas. Lo que está borroso, por no decir ausente, son los estímulos al consumo y la demanda agregada, que explican lagran mayoría de un posible crecimiento.

El gobierno ha tenido hasta acá éxito en financiarse en pesos en el mercado local de capitales, y eso siempre es mejor que tomar deuda en el exterior, en divisas. Pero mejor aun es, si de buscar la solvencia fiscal se trata, hacerlo gravando a los que pueden pagar más; con lo que la prometida reforma tributaria se vuelve una herramienta imprescindible de la política económica a futuro. Tuit relacionado:

En éste panorama uno se pregunta hasta que punto el gobierno, que parece tener una visión rupturista con el pasado inmediato en lo conceptual de su programa (lo que en definitivas le dio el triunfo electoral del año pasado) está dispuesto a pasar del dicho al hecho, y no quedar entrampado de la misma lógica que le quieren imponer. Vaya como necesario complemento de estas reflexiones el editorial de Roberto Navarro en El Destape que figura abajo, que plantea con crudeza los dilemas que enfrentan Alberto Fernández y el gobierno del «Frente de Todos». Tuit relacionado:

 

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