VOLVER AL PUNTO DE PARTIDA

En realidad el punto de partida de todo no fue el anuncio de la fórmula presidencial por Cristina en el video de apertura, hecho del cual se cumplió hace poco un año. En todo caso el anunció terminó de cerrar la estrategia electoral del «Frente de Todos», cuando todo indicaba -como lo dijo el propio Alberto al agradecer la nominación- que Cristina ganaba sola. Porque -recordemos- el macrismo venía por entonces de perder nueve elecciones provinciales consecutivas, de modo que no estaba tan claro (como dijo el lunes Santiago Cafiero) «que era imposible ganarle a Macri».

Pero volvamos al punto de partida de todo, que en realidad no fue uno sino un proceso: el de toma de conciencia opositora de la necesidad de lograr una unidad lo más amplia posible para ganarle a Macri, pero sobre todo para gobernar un país devastado por su herencia. Y en ese proceso lo primero (mucho antes que la fórmula) fue la unidad de los agredidos por sus políticas, empezando por los que se opusieron a ellas desde el principio, aun cuando antes hubieran tenido desencuentros entre sí.

Después se sumaron los «desencantados» o «decepcionados» con Macri, o con sus apoyos iniciales al macrismo, no importó: lo importante era sumar, ganar y volver a gobernar; y acumular masa crítica -social y política- para respaldar el proceso. Sin olvidar nunca el verdadero punto de partida: a quienes aspirábamos a representar, esos que reaccionaron en bloque contra la reforma previsional, en diciembre de 2017.
Y el otro punto de partida, que aunque no se lo mencione a diario (lo que quizás sea un error) no puede obviarse: el desastre que dejaba Macri; que era de una magnitud tal que no se necesitaba una investigación de Verbitsky o una nota de Navarro para dimensionarlo: se lo palpaba en la calle, en cada Pyme que bajaba sus persianas, en cada telegrama de despido, en cada factura de luz o gas.

En tanto la estrategia política fue inteligente como para alinearse con el hartazgo social y ser su catalizador electoral se ganó, llegamos y acá estamos; pero en política nada es definitivo: ese apoyo hay que revalidarlo a diario, desde el gobierno, con hechos concretos.

Cierto es que se sabía que la cosa no era fácil, y el virus vino a complicarla aun más: negar cualquiera de las dos premisas sería necio o simplista. Tanto como negar que desde el principio y antes de la pandemia, hubo cosas que no cerraban.

Como que nunca terminamos de hacer realidad aquella promesa de optar por los jubilados por sobre los bancos, o que la crisis y la deuda la tendrían que pagar los que la generaron: es difícil entender (y por eso es difícil explicar) que una idea como el «impuesto a la riqueza» no se haya planteado de entrada, al asumir el gobierno, en la ley de emergencia y sin tener que andar penando entre la Corte y el Congreso por sesiones remotas o virtuales. Y sin tener que aclarar que es «excepcional y por única vez».

La cuestión es que hoy, a un año del anuncio de la fórmula y a cinco meses y días de gobierno, estamos discutiendo si está bien o mal pagarles los sueldos a Clarín y Techint, o si a los jubilados se les aumentó poco o mucho o congelamos la movilidad hasta fin de año, mientras les garantizamos a las petroleras un «barril criollo» de 45 dólares: algo no cierra. Eso sin entrar a analizar cuanto hemos cumplido de la premisa de «sustentabilidad de la deuda» en el arreglo con los acreedores, porque aun no se terminó de cerrar.

No se puede alegar sorpresa con el estilo conciliador de AF, porque precisamente por eso Cristina lo eligió como candidato. Los interrogantes vienen más bien por el lado de saber hasta donde hay decisión real de avanzar en determinados rumbos, cuando eso supone chocar contra poderosos intereses creados.
Para ponerlo en ejemplos: no pedimos que vuelva la ley de medios, queremos saber por qué hay que pagarles los sueldos a empresas del Grupo  Clarín; no reclamamos el IAPI o la reforma financiera para terminar con la ley de Martínez de Hoz o nacionalizar los depósitos, nos preguntamos por que tantas dudas y vacilaciones a la hora de regular el «contado con liqui» o el «dólar bolsa» para frenar la especulación para forzar una devaluación, o porque pedimos disculpas por subir tres puntos las retenciones para que sigan estando por debajo de donde las dejó Macri. No exigimos que vuelva el artículo 40 de la Constitución del 49′, sino queremos entender por qué faltan recursos para aumentarles más a los jubilados, pero sobran para seguir  subsidiando petroleras.

Y lo más importante: nos preguntamos cómo estamos tratando al macrismo real, al macrismo social y económico, el que sustentó la experiencia macrista; o cuanto hemos avanzado en revertir la colonización del Estado por intereses facciosos, la fuga de capitales, la valorización financiera o la concentración económica. Queremos saber por qué pasamos de no pagarle la pensión a Boudou, a pagarle el sueldo a Escribano, el del pliego de condiciones a Néstor.

No faltará quien diga que hay que observar las correlaciones de fuerza, para medir las posibilidades reales de avanzar, lo que nos lleva a otra pregunta incómoda: ¿cuanto hicimos por modificarlas, que intento de empujar los límites tenemos acreditado como para decir que probamos, y fracasamos?Preguntamos en serio, para entender.

O para concluir, y visto desde otro lugar: ¿qué lugar están ocupando hoy en el diseño de las políticas de nuestro gobierno, el que militamos, votamos y apoyamos, los que formaron la coalición social que expresó el FDT? Si nos hacemos esa pregunta y para responderla volvemos al principio, al punto de partida, no nos vamos a equivocar.

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