Es una historia qué, lamentablemente, se ha naturalizado en la sociedad más allá de todos los avances en concientización sobre la materia. Ella se caso joven, resigno sus estudios universitarios, se hizo dependiente sentimental y económicamente de él.

Griselda, tenía el modelo de su propia familia: Mamá en casa, papá trayendo la plata. Desconocía otro tipo de relación. Porque en los albores del nuevo milenio todavía era así. Se miraba mal a quién se divorciaba, mucho más a quién «convivía» sin casarse («Como Dios manda) con otro hombre, sea cuál fuese la situación sentimental de cada uno.

«Gris» le empezaron a decir, cómo ella se empezó a sentir, tal vez. Todos e inició con una escalada de exigencias domésticas. hasta el extremo que él (el amor de toda su vida) empezaba a pasar el dedo por muebles para ver «si había limpiado bien».

El alcohol, otras mujeres, celos, fueron los condimentos explosivos para que la violencia verbal pasase a una escala peor aún. Los golpes. Una cachetada, un tirón de pelos, un empujón.

Ella se sentía extraña, alejada de sus amigas, de sus familiares, llorando a escondidas de sus hijos, ultrajada sicológica y fisicamente hoy reconoce que «aún así creía que era mi culpa».

Ya era vivir para evitar la golpiza. Para evitar que sus hijos también sufriesen sus puños. Los vecinos la miraban entre preocupados e indignados algunos (los pocos) la lástima (otros) y «los de por algo será».

Un día se le plantó. Algo en su interior dijo BASTA. No era ya temor a los insultos, golpes, dependencia económica. Se dio cuenta que no merecía vivir, ni morir así.

Con su maleta, sin sus hijos, salió a la calle, a buscar un refugio en todo sentido. A empezar con más de 40 de nuevo. Qué podría ser peor? se preguntaba. Volvió a ser Griselda

Ella que venía de la alta alcurnia, que no le perdonaba que se haya ido de la casa, sin  amigas ni estudios empezó a limpiar casas.

Una piecita en una pensión, un abogado conocido gratis, un divorcio en trámite, volver a ver a sus hijos.

Su propia plata, su propia y única vida. Todo se resumía en ese domingo a la atardecer, en el Parque Garay. hasta que volviendo se lo cruza a él. De nada servía la «perimetral», de nada sirvieron sus gritos.

De nada sirvieron tantos años de lucha interior para vencer al «macho» violento, dominador, abusivo.

Él no reparó que en su vientre había vida, producto de una fallida reconciliación paliza de por medio y una violación silenciosa adónde entre «llantos» le pedía por millonésima vez «que no lo iba a volver hacer». Ella pensó en abortar, pero no era seguro, tampoco tenía la plata, además «si yo tengo una segunda oportunidad, el bebe (no sabía el sexo) también»

Ella pensó en abortar, pero no era seguro, tampoco tenía la plata, además «si yo tengo una segunda oportunidad, el bebe (no sabía el sexo) también»

El resto es un crónica que se transformo en un «femicidio» más. Un titulito en algún diario, en algunos otros medios, el reclamo feroz del colectivo femenino, y la cobardía de no poder enjuiciar al «macho» porque se quitó la vida.

Mientras sentía que se iba retumbaba las palabras que él le había repetido mil veces, «no grites porque puede ser peor». Y nada puede ser peor que la humillación constante, los golpes, la esclavitud, ni siquiera él cuchillo matador.

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