Entre las más impresionantes escenas de la descomposición final del régimen macrista, están sin dudas los garrochazos de los empresarios que hasta ayer nomás apoyaban (y financiaban) el proyecto de reelección de Macri, y hoy están desesperados por tender puentes con Alberto Fernández.
Empresarios que en muchos casos se forraron ampliamente los bolsillos en estos años de padecimiento para las mayorías, pero también están aquellos a los que les fue mal, pero su conciencia de clase (garca) y sus anteojeras ideológicas pudieron más, y lo siguieron bancando. Hasta que la certeza del estrole del proyecto reeleccionista contra la realidad era absoluta e inmodificable.
En todo el recorrido, los tipos jamás cambiaron el discurso: el rumbo era el correcto, pero había que ir más rápido y a fondo, y los problemas del país se soluclionaban achicando el Estado, reduciendo o eliminando impuestos y flexibilizando las normas laborales. El mismo núcleo duro de ideas con que esa misma clase sostuvo a Martínez de Hoz, Cavallo y todos los golpes de Estado producidos desde 1955 a la fecha.
No existió ni existirá (por ende es inútil esperarlo) el más mínimo atisbo de autocrítica, o revisión de sus esquemas mentales: por el contrario y tal como hacen los econochantas liberales que por estas horas vuelven con la cantinela de que no fracasó el modelo sino sus ejecutores, los empresarios más importantes del país ahora intentan asociar al futuro gobierno de Alberto Fernández con el fracaso de Macri (que es el de ellos también), para así asegurarse de que no pueda tomar ninguna medida que lesione sus intereses, o les haga pagar los costos de la crisis.
Así por ejemplo aparecen las apelaciones al «patriotismo» y a dejar de lado los intereses sectoriales, como cuentan acá en La Politica Online que hacen los empresarios nucleados en IDEA, reservorio de garcas si los hay; donde hace pocos días recibieron a Macri como si nada hubiera pasado.
El gobierno de Macri ha sido tan desastroso que incluso destruyó el valor de las empresas, y así como algunas de ellas ganaron muchísimo dinero, muchas (incluso de las más importantes) se endeudaron en dólares (otra característica de este tipo de modelos: promover irresponsablemente el endeudamiento privado) y vieron caer en picada el valor bursátil de sus empresas al compás de la crisis, poniéndolas a tiro de que cualquiera con moneda dura disponible las compre por centavos.
Son esos problemas, y no ningún súbito brote de patriotismo cuya noción desconocen, lo que mueve a estos muñecos a ensayar ahora llamados a los grandes acuerdos nacionales entre el gobierno al que apoyaron (porque gobernó para sus intereses de clase) y aquellos que hasta ayer nomás catalogaban como la encarnación misma del mal.
Porque en esta eterna transición hasta el 10 de diciembre en que asuma el nuevo gobierno lo que está en disputa es hasta cuanto se agravan la crisis y sus consecuencias, y sobre todo, quien paga los platos rotos: nuestra «clase dirigente empresarial» tiene vasta experiencia en ese rubro, para hacérselos pagar a otros.
De hecho, en las situaciones de crisis se mueven como peces en el agua, y siempre aprovechan para obtener beneficios que en circunstancias normales les costaría más conseguir: condonaciones, pesificaciones o estatizaciones de deuda, rescates estatales, moratorias, blanqueos, seguros de cambio, la lista es más o menos conocida. Y en eso andan ahora, como siempre.
Si verdaderamente tuvieran patriotismo y generosidad como dicen, no tendrían problemas por ejemplo en pagar más impuestos (sobre todo los que pertenecen a los nichos favorecidos por este modelo agonizante) o resignar la fuga de divisas al exterior, pero si no se los obliga, nada de eso sucederá.

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