CUANDO UN AMIGO SE VA

Durante los meses que llevamos de pandemia varias veces dijimos acá que la «amistad» de Horacio Rodríguez Larreta le iba a costar cara a Alberto Fernández, porque era una sociedad a pura pérdida para el gobierno nacional: el jefe de gobierno de la ciudad donde se originaron los contagios que se dispararon al resto del país obtenía flexibilizaciones  a cambio de nada. Si de resguardos sanitarios hablamos, o de compensación a los sectores aportados por la cuarentena, eso aportó Larreta: nada.
Y si lo que el presidente buscaba mostrándose en público con «el amigo Horacio» en los anuncios de cada fase de la administración de la pandemia era exponer el ejemplo de un «opositor racional y con responsabilidades institucionales», tampoco logró demasiado: si tal cosa existiese en el núcleo duro de la oposición al gobierno nacional, no había anclaje ni político ni social para «palomas» pacificadoras.  Tanto no lo lo hubo, que cuesta encontrar en todos los meses de pandemia (y del mandato de AF, en general) gestos del jefe de gobierno porteño desmárcandose de los desbarrancos permanentes de sus socios políticos.
También se dijo que teniendo a Larreta a su lado, lo que buscaba Alberto era dividir a la oposición y aislar a los «bolsonaristas» comandados por Macri y Patricia Bullrich, y hasta elegir ya, a más de tres años vista, el candidato de la oposición para el 2023 con el que prefería que compitiera el actual oficialismo. Parte de ese «pacto de no agresión» (suponemos) era el tantas veces anunciado y otras tantas dilatado recorte de la coparticipación a la CABA, para quitarle los privilegios que le otorgara Macri.
Esa medida que finalmente se terminó concretando este miércoles con el Decreto 735 (completo acá), nacido al calor del conflicto de la policía bonaerense con el gobierno de Axel Kicillof, pero en cierto modo anticipado por el presidente unos días antes a la vera del Paraná, cuando habló de la «opulencia porteña». En ese sentido, el decreto se inscribe en un cambio de rumbo político del gobierno -que acá celebramos- del cual fue otro ejemplo el DNU 690, que declaró como servicios públicos a Internet, el cable y la telefonía celular congelando sus tarifas, en respuesta a los movimientos especulativos del grupo Clarín a través de su controlada Telecom, para hacer subir el dólar.
Nace así la imagen de un gobierno y un presidente dispuesto a devolver golpe por golpe, o por lo menos a dejar sentada su autoridad en momentos en los que la estrategia opositora se reduce a crear la idea de un vacío de poder, sobre la base de aprovechar cualquier tensión social existente y donde no existe, crearla. Otro matiz respecto al rumbo preexistente. que acá no podemos sino celebrar.
Tras el decreto que recorta los fondos coparticipables a la Ciudad Autónoma, la reacción de Larreta no se hizo esperar, y se tradujo ayer en una puesta en escena propia del líder de la oposición o un futuro presidenciable, proyectado sobre la plataforma de la jefatura de gobierno. Como De La Rúa y Macri antes, la derecha argentina y el establishment parecen creer que pueden vendernos un tercer buzón gestado desde lo que Asís llama «el artificio porteño»: desde que la reforma constitucional de 1994 consagró la autonomía porteña, dos de los Jefes de Gobierno electos en su consecuencia fueron presidentes, con los resultados conocidos.
Frente a esta escenografía montada por Larreta, no faltan los analistas de café y redes sociales que advierten que, eligiendo confrontar con él, el kirchnerismo/peronismo volvería a cometer el mismo error del 2015: elegir un adversario al que termina potenciando, tanto que lo termina venciendo. Claro que ese análisis tan mecanicista obvia un detalle importante: entre una y otra «elección del enemigo», medió el gobierno de Macri -el «enemigo elegido»- con los resultados conocidos.
Desde acá entendemos, modestamente, que se sobreanaliza demasiado complejizando una cuestión que es bastante más simple: aventurar hoy, a tres años de la próxima elección presidencial, quien será el candidato opositor y con que resultado es, en la Argentina, ciencia ficción. Por otro lado suponer que Rodríguez Larreta, con dos mandatos de gobierno en el distrito vidriera del país y sin posibilidad de una nueva reelección, es «elegido» por Alberto o el gobierno como prospecto presidenciable, y no considera el intento  como posible por sí mismo y sin ayuda de nadie, es entender bastante poco.
Más cuando la elección presidencial del 2019 (con un 89 % de los votos en primera vuelta  entre las dos fórmulas más votadas) y la dinámica política transcurrida desde entonces incluyendo lo que va del mandato de Alberto y Cristina, no han hecho sino acentuar la polarización; angostando aun más la «ancha avenida del medio» y haciendo que ya ni siquiera existan ensayos visibles de una «tercera vía»; lisa y llanamente porque no tiene anclaje social consistente.

Sin hacer nada más que usufructuar los generosos recursos de que dispone (más que ningún otro mandatario con responsabilidades de gestión ejecutiva), y sacarle provecho al espeso blindaje mediático que ha comprado con parte de ellos, Larreta «es» presidenciable tanto como tenga ganas de serlo, o como lo acepten en esa condición en su propio espacio político, del cual no tiene ni ha manifestado ninguna intención de salir.

Y no hay mucho que Alberto o el gobierno puedan hacer o dejar de hacer al respecto, porque Larreta o un escuerzo, lo mismo da para los argentinos que jamás votarán al peronismo, en ninguna de sus variantes, salvo que no se parezca en nada al peronismo, como pasó con Menem: acá recordábamos en su momento las cifras históricas del nada despreciable «piso gorila» del electorado nacional.

En donde sí el gobierno tiene un amplio margen de acción es en mantener cohesionada la alianza social que lo llevó a la victoria en octubre del año pasado, evitando desgajamientos de voto volátil que puedan migrar hacia un polo opositor de derecha antiperonista pura y dura, que hoy no le está hablando más que a los convencidos.
Y para eso, para no perder la capacidad de conservar su núcleo duro de apoyos electorales, y los apoyos adicionales conseguidos hace casi un año en las urnas, no tiene más que atenerse al programa votado, y gobernar en consecuencia. Aunque se enoje el «amigo» Horacio, sus votantes o sus sostenedores mediáticos. Tuits relacionados:

Comentarios Facebook