Lo que pasó ayer en la CABA con la represión de la policía de Larreta a los que se manifestaban exigiendo justicia por Santiago Maldonado en el tercer aniversario de su desaparición, y exigiendo la aparición de Facundo Castro, no puede sorprender a nadie que analice como funciona el aparato represivo al servicio de la derecha en el país.
A menos que algunos se hayan terminado creyendo el cuento del «amigo» Horacio, la existencia de una «oposición razonable con responsabilidades institucionales», y otros relatos de ficción: Larreta es esto, es el PRO, el PRO es esto, lo vienen siendo desde el 2007, y no piensan cambiar. El problema es lo que vamos a hacer nosotros, o lo que vamos a permitir que hagan ellos.
Porque no se trata de poner en juego la libertad de protestar por algo (por ejemplo contra la cuarentena) versus otro algo (la desaparición de Maldonado), porque ayer mismo y en la misma ciudad el puñado de psiquiátricos que se juntan los sábados a protestar por algo en lugar de salir a correr, protestaron contra la reforma judicial, sin que les tocaran un pelo.
Se trata de que estamos en medio de una pandemia, tratando de que el virus no nos lleve puestos, ni se propaguen los contagios evitables, por actividades no esenciales, o que se pueden postergar. Tan sencillo como eso.
No se puede estar restringiendo la circulación de gente que está en la calle porque es su modo de ganarse de vida changueando o vendiendo algo (en un país con un gran porcentaje de su economía en la informalidad), y permitir que otros que tienen la vida resuelta protesten por todo.
Y esto no incluye a los que reclamaron justicia por Santiago, porque ahí hubo reacción de causa y efecto: habrán pensado -con cierta dosis de ingenuidad algunos- si no reprimieron a nadie que protestaba en medio de la cuarentena, no nos van a reprimir a nosotros. Bueno, se equivocaron si pensaron eso.
La represión ordenada por Larreta ayer es injustificable, por su saña y por lo que no hizo antes. Pero no olvidemos que es el mismo Larreta que el viernes volvió a estar sentado junto al presidente en Olivos, y que acaparó la atención de los medios nacionales aprovechando esa circunstancia, para contarnos a todos una Narnia imaginaria donde todo está bien, el virus está controlado, no crecen los contagios, la gente se cuida, no hay más muertos, el sistema de salud responde y no está tensionada su capacidad, y se aprestan a habilitar nuevas actividades.
Y tampoco nos olvidemos que, cuando frente a las manifestaciones de psiquiatrismo anticuarentena (anti peronismo, bah) se le exigió al gobierno nacional que actúe, la ministra de Seguridad dijo que no podía hacer nada para asegurar el cumplimiento de una norma federal dictada por el presidente y avalada por el Congreso nacional, porque los manifestantes estaban ejerciendo un derecho constitucional.
Por si algunos todavía no se dieron cuenta (incluso en el propio gobierno), el horno no está para bollos, la pandemia está lejos de haber sido dejada atrás, y la situación del AMBA ha ido expandiéndose hacia el interior, complicando a las provincias.
Todo lo cual reclama que los funcionarios hagan algo más que comentar la realidad como si fueran los Macaya Márquez de la política, o indignarse en las redes sociales.

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