AFUERA Y ADENTRO 

 

La agenda pública del debate político en la Argentina está centrada en lo que hace o deja de hacer el gobierno, pero es manejada por los que están afuera de él: estamos todo el tiempo discutiendo lo que dicen los medios (en su mayoría, francos opositores), analizando lo que hace o dice la oposición y su base social y electoral, y enterándonos de lo que opinan y hacen los que están fuera del gobierno, mayormente en contra de él: jueces, empresarios y grupos económicos poderosos, y hasta algunas embajadas extranjeras.

La Argentina «visible y audible» no es la que se expresó en el voto mayoritario en las urnas del año pasado depositando al peronismo de nuevo en la Casa Rosada, en primera vuelta, tras los cuatro años de macriato. Es, en ese estricto sentido, como si la elección no hubiera ocurrido y no es casual: esa es precisamente la idea que intentan instalar, para condicionar al gobierno y que este no puede desplegar su propio programa, sino el de ellos, los que perdieron.

Claro que a ese fin contribuye no pocas veces el propio gobierno cuando duda, y sopesa toda medida posible en términos de la «correlación de fuerzas», o las oposiciones que podría despertar, que si nos ponemos a ver, son siempre las mismas, y sabidas de antemano: ni la oposición, ni el núcleo duro de sus apoyos electorales y sociales, ni los medios hegemónicos se avendrán a apoyar ninguna medida del gobierno, a menos que sean las que exigen ellos, y a veces, ni siquiera eso. Y de los grandes empresarios y jueces ya sabemos lo que podemos esperar, y lo que no, ahora y siempre.

La pregunta que cabe hacerse es que pasaría si empezáramos a ver las cosas de otro modo, más «hacia adentro», es decir hacia nuestra propia base social, y los sectores que construyeron el «Frente de Todos» y el triunfo electoral de octubre de 2019. Porque lo que se puede ver es al presidente y los funcionarios peléandose con los medios (¿vieron que importan, inciden y juegan y no era una obsesión kirchnerista?), a los legisladores y referentes políticos del FDT cruzándose con los mascarones de la oposición parlamentaria, a nosotros mismos cruzándonos con el gorilaje en las redes sociales, o a  todos atentos a la reacción de algún juez o empresario poderoso, para medir donde estamos parados.

Uno puede entender que la pandemia impone restricciones a la acción política como la movilización callejera (impedimento que solo nosotros, desde nuestra racionalidad de hacer prevalecer el bien común, parecemos dispuestos a respetar), y hasta cierto punto al debate o la discusión política. Pero lo cierto es que aun con las limitaciones del «afuera» y con las propias autolimitaciones, cuando el gobierno se propuso avanzar en serio con algo, lo consiguió.

Como pasó con el recorte de la coparticipación a la CABA, o con la revocación de los traslados a dedo de jueces dispuestos por Macri, claro que en ambos casos con la participación decisiva de Cristina y la aceitada maquinita en la que se han convertido el Senado bajo su presidencia, y el disciplinado bloque oficialista. Pero veamos las posibles reacciones adversas en ambos casos: en el recorte de fondos a la CABA la iniciativa cuenta con buenas chances de avanzar en el Congreso, y a Larreta solo le queda el pataleo en la Corte por el recorte ya operado por decreto, con resultados dudosos, considerando los precedentes de Macri.

Y en el caso de los jueces «carapintadas», repetidas instancias del propio Poder Judicial ya les han soltado la mano, y la Corte también está en un atolladero: o falla conforme a sus propios precedentes y le termina dando la razón al gobierno, o para contrariarlo, debe contradecirse a sí misma. En uno y otro caso, al grueso de la sociedad las medidas no le importan, o las apoya: tiene otros asuntos más urgentes de los que preocuparse.

El decreto que declaró servicios públicos esenciales al cable, la telefonía celular e Internet solo obtuvo oposición de los directos afectados, pero de nada sirve si no se lo complementa con regulaciones concretas, que excedan un congelamiento transitorio de las tarifas. La gente común podrá apropiárselo -como pasa con cualquier política pública- en la medida que perciba que va en beneficio de sus intereses concretos; razonamiento que por supuesto excluye al núcleo social que adversa al gobierno y al peronismo en general, por motivos estrictamente ideológicos: otra vez, saber distinguir lo que está «adentro», de lo que está «afuera».

Vemos que pasa ahora con el llamado «impuesto a las grandes fortunas»: el gobierno lo demoró por meses hasta que se decidió a dar luz verde para que aterrice en el Congreso, y está en el exacto punto en el que estaba cuando se anunció por primera vez: con los mismos apoyos, las mismas oposiciones y las mismas chances de prosperar o no. Y si algo cambió al respecto, es que se logró acercar posiciones al interior del propio «Frente de Todos», lo cual nos lleva al mismo punto que planteábamos antes. ¿no será de dejar un poco de estar tan pendientes por lo que pasa «afuera», y empezar a prestarle oídos a lo que sucede «adentro» del bloque social y político que sustenta al gobierno?

Una perspectiva tal abriría un ancho cauce de temas de agenda posible, que conectan con dos cuestiones a nuestro modo de ver relevantes siempre, y más en la coyuntura presente: dar estricto cumplimiento a las promesas de campaña y al programa electoral votado, y atender las cuestiones más urgentes que acucian a la mayoría de los argentinos como el empleo, el salario, los consumos o el nivel de actividad. Las condiciones objetivas y materiales de existencia, se diría en otros tiempos.

Si en esas cuestiones centrales estamos de acuerdo «adentro» tendremos espaldas para aguantar lo que venga «de afuera», porque las relaciones de fuerzas son dinámicas, y se construyen, con acción política. O en todo caso empezar a pensar el «afuera» como parte del paisaje, o de un ruido molesto, que no nos debería distraer de las tareas esenciales que tenemos por delante.

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