EL PROBLEMA NO ERA CRISTINA

Gobierna Alberto y no Cristina, no hay atril, ni dedito señalando, ni patios militantes, ni cadenas nacionales. Ahora hay filminas, reportajes individuales a los medios, tono más pausado al hablar y explicar y hasta conferencias de prensa, de vez en cuando.

El presidente no dice (o al menos no decía hasta hace poco) que Clarín miente o usa sus fierros mediáticos para confrontarlo, llama «Héctor» a Magnetto, no habla de los piquetes de la abundancia, y usa un tono más paternal si se quiere para dirigirse a la ciudadanía en general y a los distintos sectores.
No hay patios militantes, aunque sí hay un incipiente círculo de obsecuentes que quieren fundar el «albertismo». No hay ley de medios y el presidente ha dicho por todos los medios que no la habrá, al menos impulsada por él.
No hay retenciones móviles, sino un moderado aumento del 3 % que las deja fijas, e incluso por debajo de los niveles que llegaron a tener durante parte del gobierno de Macri. No hay quejas contra los fondos buitres, y hasta hubo una oferta de reestructuración de deuda en medio de la pandemia.
Lo que sí hay y sigue habiendo -como pasaba durante los gobiernos de Cristina- son piquetes del campo cortando rutas (los hubo hasta la semana misma en la que se desataba la pandemia), remarcaciones feroces de precios, y presiones para hacer reformas flexibilizadoras en el campo laboral.
Hay también ataques mediáticos descarnados, operaciones periodísticas de la peor calaña, denuncias opositoras de autoritarismo o crisis institucional, y hasta cacerolazos urbanos por cualquier cosa; incluso aquellas que no existen,  o no son responsabilidad del Poder Ejecutivo, como la suelta de presos.
Hay (hubo, habrá) quejas porque Cristina no hablaba, porque habló, porque habló poco, o por lo que dijo o dicen que dijo, pero eso ya es parte del paisaje: tal parece que algunos la necesitan más incluso que nosotros, para justificar su existencia, o darle un sentido.
La «grieta» no se ha cerrado y antes bien permanece cada días más abierta, y no precisamente por lo que haga o digan el presidente o su gobierno: valga una vez más el ejemplo de los presos para advertir que lo cuestionan por lo que hace, por lo que no hace y  por lo que ellos dicen que hace.
La conclusión entonces, sería y salvo mejor opinión, que el problema no era Cristina, sino que es bastante más complejo y más profundo. Y no se resuelve tan fácilmente como corriéndola a ella de la escena, como quisieran algunos  y como otros planteaban, en pleno macrismo, ésa como la condición necesaria para construir una unidad opositora amplia que posibilitara derrotar al macrismo por la vía electoral.

Acaso esa misma gente deba hacer lo que tanto nos pidieron a nosotros (autocrítica), y reconocer que tan equivocados no estábamos, o que ellos la pifiaron, bastante; y que por suerte Cristina entendía bastante más de política, que lo que ellos sostenían, de lo contrario hubiéramos tenido macrismo para rato. Y que no todo se resuelve con buenos modales.

Deberían admitir que no es -como solían decir- que nosotros buscáramos conflictos de puro quilomberos que somos, o por aburridos: acaso debieran reflexionar que el conflicto es consustancial a la existencia misma de la sociedad; y en todo caso el sistema democrático brinda las reglas para intentar resolverlo racionalmente, de un modo civilizado.
Que es justamente lo que no admiten ni nunca admitieron ni admitirán, los que decían -del otro lado- que el problema del país era Cristina. Que son, ellos sí, el verdadero problema, y bastante grave. Y si no tomamos conciencia de eso y obramos en consecuencia, nos van a llevar puestos.

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