CUANDO LO MODERNO ATRASA

Lanata y Pergolini son, por excelencia, los ejemplos de los presuntos «progres» de los 90′ «desangelados (según la feliz expresión de Luis D’Elía) por el kirchnerismo: los «niños terribles» y rebeldes del menemato, que con el paso del tiempo ganaron años, y se mostraron tal cual eran, siempre.
Básicamente unos garcas que adscriben en pleno al corpus de ideas dominante del establishment argentino (al cual sirven), y que en determinado momento de sus trayectorias asumieron la presunta defensa de ciertas causas políticamente correctas (como los derechos humanos), pero que si se los raspa un poco, se cae en la cuenta de que no creen en ellas, y lo hicieron por conveniencia.
Como por ejemplo cuando -los dos- despotricaban contra la concentración de medios o el grupo Clarín, y hoy trabajan para ellos sin problemas, o se asocian en negocios, según sea el caso. Por eso no sorprende que en una entrevista en radio Mitre (una de las naves insignias del grupo) a la que pueden acceder completa acá en Infobraden engre los dos -y con un aporte ocasional de Martín Tettaz- desarrollen el combo completo de gorileadas, ignorancia, prejuicios y lugares comunes de la derecha argentina sobre las leyes laborales y la problemática del empleo, a partir de la sanción de la ley de teletrabajo.
Como otros empresarios, Pergolini salió a cruzar de plano la ley con insultos de variado calibre hacia los legisladores que la votaron, pero sin demasiados argumentos concretos: lo que queda claro es que en realidad, lo que le molesta a él y a Lanata y a los otros empresarios que se quejaron, es que el Estado regule, y que exista una ley; no sus alcances o artículos puntuales. Es decir, en palabras de Héctor Recalde, una visión decimonónica que en realidad reniega del concepto mismo del derecho laboral, en tanto conjunto normativo pensado para defender  la parte más débil de la relación, que es el trabajador.
Lanata y Pergolini hace tiempo ya que son empresarios, y no de los mejores, aunque sí de los más genuinos en términos del empresariado promedio del país: reniegan de las regulaciones y controles estatales, protestan por la presión fiscal, evaden impuestos, aprovechan todos los resquicios y recovecos de las leyes para su beneficio, precarizan gente, y quieren poder despedirla sin pagar indemnizaciones, como de hecho han hecho; dejando tras de sí un reguero de juicios laborales, de los que -por supuesto- se quejan porque son «una industria».
Es decir, conceptualmente no tienen ninguna diferencia con Cristiano Ratazzi, Paolo Rocca, Magnetto o cualquier garca de la Mesa de Enlace (tanto que Lanata evoca con nostalgia las reformas laborales flexibilizadoras de los 90′), pero en un punto son funcionales a éstos: que ellos digan determinadas cosas, puede permear ese discurso en determinados sectores, que los creen «distintos». Ese es el rol que cumplen, y lo hacen bien.
Basta escuchar el reportaje de Lanata a Pergolini sobre la ley de teletrabajo para advertir que el tipo tiene muy claro que lo que hacen los que trabajan para él bajo esas condiciones es «trabajo», pero lo que no quiere es que ese trabajo esté regulado por el Estado, con las pautas del derecho laboral. En una parte desliza la idiotez común de «hay empresas que son como una comunidad», como si eso disimulara que en esas empresas -como cualquiera- hay algunos que son los propietarios de los medios de producción, y otros que les venden su fuerza de trabajo, generando plusvalía.
Y por supuesto, no dejan pasar el lugar común de que al empresario hay que sacarle de encima el peso de las regulaciones legales del Estado porque «da trabajo», como si una empresa fuera una ONG, y no una organización con fines de lucro, pensada al solo efecto de ganar guita, utilizando a esos fines los distintos factores de la producción, entre ellos la fuerza laboral: los empresarios la toman de quien la ofrece, a cambio de un salario, que tratará de que sea lo más bajo posible, para incrementar su ganancia.
En el diálogo se lo menciona también -como un empresario modelo, ejemplo a seguir en esto de «abrir mentes» y «ensanchar los límites»- a Marcos Galperín, y la mención por supuesto, no es casual. Estos chantas (y garcas) trafican la idea de que son poco menos que Bill Gates o Steve Jobs, que -se piense lo que se piense de ellos- usaron las neuronas para crear o inventar cosas, las desarrollaron y las pusieron en marcha.
No simplemente se limitaron a organizar los factores de la producción con otras pautas, pero respetando la principal: la maximización de los beneficios deviene de la reducción de los costos, y el salario es un costo, que debe ser reducido todo lo posible, para maximizar las ganancias. Aunque la mona se vista de seda (de «emprendedorismo» o «nuevas plataformas»), mona queda; y sobrevuela sobre todo esto el espíritu de la economía de plantación.
Tan claro está que Lanata se asombra de que la ley haya salido con el consenso de los sindicatos, y contra la opinión de los empresarios: claro, Jorge, como todo el derecho laboral. Que petulancia la del Congreso y los legisladores que votaron la ley, como van a hacer una norma que regula una modalidad de trabajo, consultando a los representantes de los trabajadores, habráse visto.
Si se toman el tiempo de escuchar el reportaje, podrán extraer otras perlas, como las ideas que ésta gente tiene de como funcionan en definitivas la democracia y el sistema de representación político, pero lo más relevante es lo antes dicho: desde una presunta modernidad y aggiornamiento a los avances tecnológicos, la idea que tienen del mundo del trabajo y los trabajadores, no difiere mucho de los que explotaban minas de carbón en Inglaterra cuando Marx escribió «El Capital».

Comentarios Facebook