Juran en San Pablo que nunca vieron una cosa así. Ni siquiera los grandes de la Argentina trajeron semejante multitud. Fueron alrededor de 5.000 almas –estimación policial- que estallaron de júbilo por semejante victoria. Algunos viajaron cerca de 36 horas en micro para llegar algunas horas antes del partido y volverse a Santa Fe apenas terminado, otras 36 horas viajando. Otros se gastaron los pocos ahorros en estos tiempos de “mishiadura” para subirse a un avión. Todo sea por Colón, por la pasión, por ese amor que no tiene límites ni fronteras. Asustaba el sólo hecho de pensar que cualquier cálculo, hasta el más optimista, podía quedar pulverizado. Los mismos dirigentes de San Pablo se encargaron de tranquilizar a los de Colón: “Nosotros creemos que de los nuestros, irán 35.000. Así que no se hagan problemas. Habrá entradas y lugares para todos ustedes”, le dijeron. Y los colmaron de atenciones y hasta de sorpresas. “No sabés la cantidad de información que tenían de nuestros jugadores… ¡Hasta del tucumanito Galván nos hablaron!”, le confió un dirigente al enviado de El Litoral.

“Son 30 los micros”, decía Patricio Fleming. “Che, ¿podrá ser que tantos se larguen en esta época y en días laborables?”, se preguntaban otros. Cualquier cálculo, por exagerado que sea, era superado de inmediato por otro que surgía sólo de ir recabando datos. Por ejemplo, este enviado de El Litoral tomó el vuelo que salió de Aeroparque el miércoles a las 6.40. “¿Te diste cuenta que de los 120 pasajeros que había en el avión, 60, por lo menos, eran hinchas de Colón?”, decía Gabriel Rossi, un porteño que es más santafesino que porteño. Y que allí andaba, contando anécdotas de tantas tardes inolvidables en tiempos de vacas flacas y de canchas lejanas en la B, que él vivió y que seguramente le habrán servido para alimentar su amor por Colón. “¿Y Marcelo, tu hermano?”, preguntó El Litoral. “Se quedó allá, en Buenos Aires… ¡Alguien tiene que laburar, viejo!”, contestó Gabriel, con una sonrisa de oreja a oreja.

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