El voto sobre Venezuela y la ONU, con todo y su importancia, trasciende la anécdota del tema en sí: se proyecta hacia las condiciones de la discusión interna en una coalición oficialista, la del «Frente de Todos», que como todas las coaliciones es heterógenea, y no tiene uniformidad de miradas entre todos sus miembros, sobre todos los temas. Ni mucho menos.

Para nosotros el voto -por decir algo- aun mirado desde una perspectiva estrictamente pragmática- es un error: el gobierno compra la agenda de otro (y no cualquier otro, y no cualquier agenda) a cambio de un supuesto apoyo en negociaciones críticas (las que se vienen con el FMI), o por presunta devolución de atenciones del canje cerrado con los acreedores. Dudoso en un caso, incomprobable en el segundo. Y todo al costo de generar tensiones internas que son inocultables. Pero eso es nada más que nuestra opinión.

Dicho esto, hay que saber sacar del caso las enseñanza correctas, que en nuestra opinión tienen que ver no solo con como procesar las diferencias internas, sino como definir la línea política correcta para que lo que fue una exitosa coalición electoral, se transforme en el soporte político del mejor gobierno posible, dadas las difíciles circunstancias en que se debe desenvolver, que nadie ignora.

Visto desde allí, el voto en la ONU parece ser más de lo mismo que se puede ver en otras decisiones del gobierno: las concesiones a un determinado factor de poder (externo o interno, lo mismo da) en la convicción que de ese modo se lo puede utilizar a otros fines, o neutralizarlo en su capacidad de daño. El problema con el exceso de pragmatismo es que está más obligado a exhibir resultados concretos positivos que la defensa «dogmática» (como se dice en tono despectivo) de las posiciones previas, en todos los temas: pragmatismo sin resultados es como peronismo sin acto del 17 de octubre en las calles (ups, perdón, se nos escapó).

Nadie -al menos nadie «importante»- está planteando hoy fracturar la coalición oficialista o abandonar el «Frente de Todos», ni siquiera los que están expresando en público desacuerdos con las decisiones del gobierno. De modo que el argumento «No hagamos olas porque nos dividimos y vuelve Macri» es como mínimo facilista y de pereza intelectual, por no decir intencionadamente falso.

Sin dejar de reiterar lo dicho acá sobre que nos debemos una discusión en serio sobre la derrota del 2015, si hiciéramos una mirada retrospectiva a la última vez en que la división del frente nacional (en especial del peronismo) facilitó el triunfo de la derecha veremos en línea de tiempo que los críticos de entonces (empezando por el propio Alberto) y los que ensayaron armados electorales por fuera de lo que entonces era la «marca oficial» (el «Frente Para la Victoria») como el massismo, hoy marcan la pauta de la acción de gobierno: toda posible disputa interna se resuelve, casi invariablemente, en favor de sus posiciones, que son justamente las más conciliadoras.

Lo que supone que, si uno se pusiera en psicólogo berreta, podía suponer que hay gente que proyecta lo que harían ellos, en determinadas circunstancias, porque ya lo hicieron. Ni tanto ni tan poco: los problemas políticos no se resuelven negándolos ni barriéndolos bajo la alfombra, sino con una discusión y debate franco, que parta de un piso mínimo de respeto mutuo entre quienes al fin y al cabo votaron de la misma manera hace un año atrás.

Y ese respeto exige -por ejemplo- dar por sentado que no hay iluminados que ven bajo el agua de un lado (capaces de «explicarlo todo»), y tarados incapaces de discernir hasta lo obvio del otro, incapacitados para entender nada. No debe haber una sola persona más o menos interesada en los asuntos políticos nacionales que simpatice con el FDT, incluso aunque no lo haya votado, que no entienda las circunstancias en las que Alberto Fernández debe llevar a cabo su gobierno.

Por otro lado, si la menor crítica interna -incluso de los militantes de a pie, no hablemos ya de los dirigentes con cierta responsabilidad- pone en riesgo la existencia de la coalición conformada para desplazar a la derecha del gobierno, eso solo puede significar una cosa: que su fragilidad -y por carácter transitivo la del gobierno al que debería respaldar- es tan grande, que no puede soportar la más mínima presión en su contra.

Que es precisamente la idea que quieren instalar los que trabajan para destituir al gobierno, o reducirlo a la impotencia política y llevarlo a la traición del programa votado, para aplicar en su reemplazo el que perdió en las elecciones. Es como para decirles a muchos que se apuran por ser más papistas que el Papa y arrojarse sobre cualquier granada (incluso las que pierden la espoleta por torpezas inocultables del presidente o sus funcionarios), «no ayuden más muchachos, está bien, déjenlo así.».

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