Cuánta tristeza y dolor. Pareciera ser que a veces la vida es una calesita adónde no terminamos de aprender nada. Leo las noticias que en distintas partes del mundo, pero que acá también todavía hay quiénes se niegan a enterrar a seres humanos que fallecieron por enfermedades infecto/contagiosas.

Esto no es nuevo para mí (habrá seguramente muchos más ejemplo en la historia de pandemia). Recuerdo cuándo allá por los 90 a quiénes tenían SIDA se los discriminaba ferozmente, «no lo beses», «no lo abraces» «no lo toques».

Pero lo peor era (cómo ahora, ignorancia, miedo y poder) cuándo una persona fallecía se negaban NO SOLO A ENTERRARLO, SINO HASTA PARA PREPARARLO PARA EL VELORIO y hasta negaban salas para hacerlo.

Y ahí tenían que llamar a Walter Corsano o a Carlos Piva (los maravillosos médicos que trabajaban en el subsuelo del hospital Cullén, habitación chiquitita) en enfermedades de transmisión sexual.

Los llamaban para que ellos los embolsaran y trasladaron, porque nadie quería hacerlo, hasta para prepararlos y así poder velarlos en una casa de familia. Ignorancia CRUEL y despiadada para los familiares y seres queridos de las victimas.

 

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