Arrancaron yendo a Davos a “mostrarle al mundo” que la pesadilla kirchnerista se había terminado, y el país “volvía a los mercados” para quedarse por mucho tiempo: Macri lo paseaba a Sergio Massa presentándolo como el líder del peronismo post kirchnerista, y de la oposición “racional y constructiva”.
Un papel que Massa -y otros con él- aceptaron con gusto, y en el que interpretaron la parte que les tocaba: aportar votos en el Congreso para votar el acuerdo con los fondos buitres, el blanqueo de capitales, la “reparación histórica”, los contratos de “participación pública privada” y la “ley del arrepentido”; mientras se sacaban el sombrero por el levantamiento del “cepo” y estuvieron a nada de aprobar el voto electrónico.
El modelo de valorización financiera para la fuga de capitales se desplegaba en toda su dimensión con un gobierno oxigenado políticamente por su triunfo electoral, la complicidad del sindicalismo enquistado en la CGT, la “oposición responsable” dadora de gobernabilidad, y el confinamiento de Cristina y el kirchnerismo a los pasillos de tribunales, o la cárcel.
Cuando las urnas les sonrieron en las elecciones legislativas del 2017 (antes de las cuáles ya Macri había empezado a tomar distancia de Massa acusándolo de “ventajita”), muchos anunciaron el inicio de una larga hegemonía macrista; y el propio Macri desde el Centro Cultural Kirchner convocaba a un acuerdo amplio (si, ya entonces) para la agenda del “reformismo permanente”, que naufragó en el primer paso (la reforma previsional), aprobado con un despliegue represivo impresionante para contener la protesta social que asomaba.
De ahí para acá la historia es más cercana y conocida: crack financiero, ida al FMI, profundización del ajuste, cambios al acuerdo stand by, endeudamiento veloz, hasta llegar al punto en el que el propio Fondo, con la venia del gobierno de Trump, liberó el grifo de los dólares para que se fueran por la canaleta de la fuga de capitales.
En términos políticos pasamos de la triple reelección asegurada (Macri, Vidal y Larreta) a pedirle a Macri que se corra para que no naufrague el barco, las elecciones desdobladas, la seguidilla de derrotas en las provincias y el retorno del fantasma de Cristina, que pasó del “no vuelven más” a “tenemos que hacer lo que sea para que no vuelvan». Sin olvidarnos del ensayo Lavagna, aun vigente; y de los mil y un intentos del “peronismo alternativo” por pergeñar algo parecido a un candidato votable.
Detrás de este minué que combina altas y bajas en el ánimo y la imagen de Macri y su gobierno (hoy asistimos a un intento de instalar una inviable “resurrección”, en el enésimo «relanzamiento»), están las líneas constantes del proceso, que permanecen inalterables desde diciembre de 2015: guerra al salario, retroceso en la distribución del ingreso en perjuicio de los trabajadores y jubilados, ensayos e intentos de flexibilización laboral, apertura indiscriminada de la economía, cierres de empresas y despidos, ajuste del gasto público, recorte de funciones del Estado, timba financiera y fuga de capitales, saqueo de los recursos naturales, persecución judicial a los opositores políticos y sociales, alineamiento incondicional con los objetivos estratégicos de la política exterior de los Estados Unidos; aun al riesgo de constantes papelones internacionales.
Con o sin “invitaciones al diálogo”, con presidente enojado a los gritos en el Congreso o enviando cartitas conceptuosas a opositores “escogidos”, con “Plan M”, V, H o L eso es lo que viene pasando en la Argentina hace 41 meses, y lo que vienen padeciendo la mayoría de los argentinos; sin que el gobierno (y buena parte de la oposición) tengan la solución, y en el caso del gobierno, sin que le interese ni siquiera buscarla, porque vino a otra cosa, que es lo que está haciendo. Y ya dijo con todas las letras y de todos los modos posibles, que no piensa cambiar: «es por acá», «este es el rumbo», «no hay otro camino», repiten como un mantra. 
Sin ir más lejos, mientras Macri cultivaba el género epistolar, la Gendarmería allanaba el sindicato de Camioneros en represalias por el paro de la semana pasada, y en las góndolas de los supermercados los “Precios Esenciales” de los que ya nadie habla y fueron presentados hace un par de semanas como la panacea (“alivio” era la palabra de moda) brillan por su ausencia, tanto como la baja de la inflación o los “brotes verdes” que algún economista entusiasta creyó ver en medio del desastre. Y Pato Bullrich quiere cobrarles a los gremios que organizaron la protesta de la semana pasada, los costos del operativo represivo.
La prueba de que más allá de los sainetes payasecos que cada semana nos proporciona la factoría de Durán Barba (ahora ampliada a las iniciativas del «ala política») las tendencias permanentes son siempre las mismas, la constituyen los famosos “10 puntos” a los que se está convocando a “reflexionar” a opositores previamente escogidos, entre ellos y con la intención de hacerle pisar el palito, Cristina: sea que se los considere cerrados o sujetos a discusión, que sean concretos o abstractos, son un burdo intento de delimitar de que se habla, y cuáles son las prioridades del país; que -no casualmente-son las mismas del gobierno, del FMI y de sus apoyos en el mundo de las finanzas internacionales.

Si vuelven a la enumeración de unos párrafos arriba, en la ejecución del plan de hambre y saqueo que viene desplegando Macri desde que empezó su gobierno ya estaban prefigurados los «10 puntos», que serían la confirmación de su continuidad, socializando el costo político con la oposición: no hay más plan económico que la apertura y valorización financieras para la fuga de capitales y un desarrollo desequilibrado y estrecho basado en enclaves extractivos (energía, agro, minería); así como no hay más plan político que un 55′ revisitado, con proscripciones, persecuciones y un constante «vigilar y castigar» de las agencias punitivas del Estado, sobre todo brote de resistencia o protesta social y política.
Suponer que la agenda del desastre puede ser la de la salida es tan absurdo que no merecería ni el menor comentario, si el gobierno y (otra vez) sectores de la oposición cada vez menos representativos, no insistieran en darle entidad y -peor aun- en presentarlo como una muestra de racionalidad y sensatez, cuando en realidad es exactamente todo lo contrario: no hay mayor muestra de locura, dicen, que insistir una y otra vez en las mismas fórmulas, esperando distintos resultados. Pichetto y Urtubey siguen tan entusiasmados con las líneas maestras del plan macrfista hoy (con sus resultados a la vista) como lo estaban en el 2015, cuando se ofrecieron gustosos a ser parte de su implementación, de allí el apuro por firmarle al gobierno otro cheque en blanco.

Y no solo ellos: entusiasmados con la perspectiva de ampliar la coalición de gobierno hasta convertirla (incluso formalmente) en una «Unión Democrática» antikirchnerista, todos los sellos de goma del empresariado y establishment vernáculo (a.k.a. «círculo rojo») se apuran a dar su conformidad para el «diálogo», y preguntan donde están los 10 puntos que hay que firmar. Tanto hablar de los 70 años de peronismo, y se quedaron anclados en los «Manifiestos de la industria y el comercio» contra Perón en el 45′. Spoiler: la película termina igual que su versión original.

Porque esto es política, es la Argentina, y estamos en democracia: después de quitarte tu salario, tu empleo, nivel de vida, consumos, expectativas, derechos, sueños, ahora te quieren sacar el voto, tornándolo inútil: te plantean que votés a cualquiera, total es más o menos lo mismo porque todos deberán seguir la misma hoja de ruta, gane quien gane. Al final terminaron haciendo el “Plan Del Caño”. Cuando justamente eso es lo único que no te pueden sacar, y por el contrario: aunque acumulen «acuerdos» y «apoyos» del otro lado a «los 10 puntos» y coso, la hendija de la urna deja el espacio suficientes para que pase el arma con la que contamos para sacárnoslos de encima.

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