Cuando todo esto pase -porque va a pasar, más tarde o más temprano- no tratemos simplemente de olvidarlo, espantando los recueros de la pandemia como se espanta una mosca. Hagamos un ejercicio de memoria y recordemos, para que nos haya servido. Y en ese ejercicio recordemos:
# A esos seres maravillosos que abrieron sus casas para familiares, amigos, algunos hasta desconocidos para pasar la cuarentena (Gracias Carina)
* A los que se la pasan puteando todo el tiempo al Estado y sus trabajadores, para quejarse por cualquier cosa reclamando porque «yo pago mis impuestos», suponiendo en su supina ignorancia que los impuestos funcionan como una especie de jubilación privada  o seguro de renta: lo que yo pago (si lo pago) queda acreditado en una cuenta a mi nombre, y en función de lo que pago, es lo que puedo exigir, como si fuera un servicio privado.
* A los que, por el contrario (aunque no pocas veces suelen ser los mismos) llegan hasta a cortar rutas para no pagar un impuesto, o ante cualquier disconformidad con el gobierno predican la rebelión fiscal, o evaden, o apelan a un contador ingenioso para pagar menos de lo que que les corresponde, y cuando hay problemas reclaman ambulancias, patrulleros, enfermeras, camas en los hospitales, servicios.
* A los Espert  Milei, Broda, Boggiano y demás «libertarios», para los cuales la solución siempre, en cualquier contexto, es no gastar, cobrar menos impuestos, no emitir moneda, no regular, dejar que cada uno haga lo que quiera y como quiera sin injerencia del Estado, y dejar todo en manos de la mano invisible del mercado. Porque van a volver y seguir con sus idioteces, como si nada de todo esto hubiera pasado.
* A sus primos hermanos del infantilismo trosco, que en medio de una crisis de proporciones descomunales y de proyecciones indeterminadas, se miran el ombligo y amenazan con marchar el 24 de marzo aun contra la opinión de las Madres y las Abuelas, se oponen a que las Fuerzas Armadas o de seguridad hagan tareas de apoyo en la emergencia, o piden que sesione un Congreso en el que solo tienen tres diputados y ningún senador, al solo efecto de tener pantalla y visibilidad en medio del desastre, como si fueran Bart Simpson.
* A los que aplauden a los trabajadores de la salud pero votaron al PRO que desfinanció la salud pública, cada vez que enfrentaron una urna, o que piensan replicar el aplauso con otros trabajadores por su rol en la emergencia, pero los putean si reclaman por sus salarios o derechos laborales, o hacen huelga para conseguir lo que piden.
* A esos trabajadores como los cajeros y repositores de los supermercados, los que fabrican lo que comemos, los que atienden en las farmacias, en fin, todos los que en estos días siguen teniendo que trabajar con riesgo de contagiarse, porque sus tareas son imprescindibles. Acordémonos de ellos siempre, no solo para calcular cuanta plata pierde el país porque no van a trabajar en un día de paro general.
* La importancia de la solidaridad, lo que significa y lo que reclama de nosotros, que a veces es hacer lo necesario y más, otra simplemente hacer la parte que nos toca y otras (como ahora), simplemente no hacer nada y quedarnos en casa. Más voluntariado para ayudar donde, como y cuando hace falta y podemos ser útiles, y menos voluntarismo creyendo que ayudamos haciendo lo que queremos o lo que nos parece que hay que hacer, aunque sea exactamente lo contrario que la situación aconseja y reclama, o se nos pide.
* Aprender a distinguir, en concreto y en cada caso, que es lo crítico y esencial en una sociedad y que es lo que no lo es, quien y como lo define, cuáles son las prioridades en un país y como se establecen. Recordarlo la próxima vez que alguien proteste porque se restringen actividades o comportamientos en los que no nos va la vida, como poder comprar dólares o viajar al exterior.
* Revisar permanentemente la visión que tenemos del mundo y sobre nosotros mismos, para no manejarnos con réprobos y elegidos determinados de antemano, ser cuidadosos con los modelos de otros países que proponemos como ejemplo a seguir y, sobre todo, desterrar la idea de que somos un país de mierda. En todo caso, tendremos alguna gente de mierda, que es otra cosa.
* Reivindicar nuestro sistema político y nuestras instituciones, en especial el presidencialismo, que se replica hacia adentro y en escala local en los gobernadores y los intendentes. Hagámoslo cada vez que alguien vuelva a plantear delirios parlamentaristas, o se queje de la excesiva concentración de poderes en una persona. Y pensemos también en los que estuvieron a la altura de las circunstancias y los que no, los que hicieron lo que les correspondía y más, y aquellos a los que, en plena crisis, les tembló la mano para cerrar un shopping o un casino por miedo a perder votos, o a la queja de los empresarios.
* Y ya que hablamos de empresarios y para concluir: recordemos a los que hoy, mientras todos estamos angustiados y preocupados, aumentan los precios, especulan con insumos críticos, despiden empleados, desabastecen y luego (y antes y después, y siempre) piden rebajas de impuestos, reglas de juego claras para invertir y se alzan como voces autorizadas para decirle a los gobiernos que es lo que tienen que hacer.

Comentarios Facebook