A Marcelo Saín, el flamante ministro de Seguridad de la provincia, su reputación lo precede: nadie mínimamente informado puede desconocer como piensa respecto a las políticas de seguridad pública y el modo en el que el poder político debe manejarse con la fuerza policial encargada de llevarla a cabo operativamente, en el terreno. Esto es así desde su paso por el gobierno de Buenos Aires en tiempos de Felipe Solá, o en el gobierno de Néstor Kirchner donde fuera el creador de la PSA (Policía de Seguridad Aeroportuaria), la única fuerza de seguridad federal creada en democracia.
Su designación es una apuesta muy fuerte de Omar Perotti para intentar empezar a poner en caja uno de los problemas que más preocupan a los santafesinos, y en el que hizo foco en su campaña: la inseguridad. Y un problema del cual la fuerza policial provincial ha sido hasta acá parte principal, en lugar de contribuir a las soluciones.
El discurso del gobernador en la Legislatura en la apertura de su mandato fue muy claro al respecto, como para que nadie se haga el distraído: no hay incremento de la inseguridad y la violencia sin la presencia del crimen organizado, y no hay incremento del crimen organizado sin connivencia de la policía. Y no hay policía en convivencia con el delito, sin tolerancia o complicidad del poder político: esas fueron sus palabras, sin esas ambigüedades propias de un sermón arzobispal en un Te Déum, en las que todos creen que desde el púlpito se les está hablando a los otros, y no a ellos.
Tan claro fue Perotti que le pegó al chancho, y aparecieron los dueños: desde Pullaro a Farías salieron a responderle (Lifschitz guardó silencio obsequioso), pero no a desmentirlo, lo que no deja de ser llamativo. Se enojaron, pero no se defendieron.
Pullaro, a diferencia de Saín, no tenía una reputación que lo precediera cuando llegó al Ministerio de Seguridad, pero se fue de la gestión con un prontuario, y un reclamo de familiares de víctimas del delito para que no asumiera su banca como diputado, algo que debería llamarlo a la reflexión, y al silencio.
Sin embargo, cuando se conoció el anuncio de la designación de Saín prefirió incursionar en la chicana, diciendo que el nuevo ministro sería «el Che Guevara del gabinete conservador de Perotti»: el dardo estaba dirigido no a Saín o a Perotti (aunque así pareciera), sino al interior de la fuerza policial que debió (debió, en el sentido de que quedó debiendo) conducir hasta el 11 de diciembre: sabe bien las reacciones que ciertos personajes despiertan en los uniformados, y eso es lo que buscaba.
Reacciones como por ejemplo las sordas resistencias a la nueva política en seguridad de la que da cuenta esta publinota de La Politica Online, con información atribuida a un «experto en temas policiales». Un vocero de las gorras, bah. La nota trasunta todas las quejas/exigencias/planteos o como se los quiera llamar, de sectores de la policía santafesina, al nuevo gobierno, y a su flamante ministro de Seguridad.
Si se le preguntara al respecto a cualquier santafesino promedio, diría que la policía provincial debe dar, antes que pedir cualquier cosa. La misma policía que ya desde la reforma de Obeid en 2005 con la Ley 12521 viene resistiendo todo intento del poder civil de ponerla en cintura; para ejecutar con eficacia una política de seguridad pública en clave democrática , con bastante éxito durante los gobiernos del socialismo; tanto que lograron freezzar la reforma hasta el 2013 (cuando se produjo el tiroteo a la casa de Bonfatti), y tergiversarla por vía reglamentaria, desde entonces; con la tolerancia de los gobernadores socialistas.
De aquellas lluvias vienen estos lodos: si hay sectores de la policía santafesina que creen hoy, a menos de una semana de iniciado el nuevo gobierno, que se le pueden parar de manos a Perotti y a su ministro de Seguridad, es porque los 12 años de sociaslismo en el poder en Santa Fe los acostumbraron a que ese método funciona: un Tognolli no cae del cielo, ni es resultado de la casualidad. Y los que comían asados con Tognolli para que les anticipara data de los procedimientos policiales con los que el socialismo hacía como que combatía al narcotráfico, hoy se ofrecen a ser voceros de las gorras, en sus reclamos hacia la nueva gestión.
El desafío entonces para Saín, su equipo y el gobernador es mayúsculo, porque tiene que empezar por poner orden dentro del instrumento operativo con el que cuenta para garantizarle mejor seguridad a los santafesinos. Una tarea en la que deberían acompañarlo todas las fuerzas políticas y la sociedad, porque está en juego no solo la tranquilidad de los habitantes de una provincia que cuenta con los más altos índices de inseguridad y delito del país, sino porque supone una pulseada democrática entre el gobierno civil elegido por el pueblo, y la institución a la que el Estado le confía el monopolio legal de la fuerza que detenta, para el exclusivo (recalcamos: exclusivo fin) fin de hacer que los santafesinos vivan más tranquilos.

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