EL MECANO DE BRADEN

Falta un montón para las elecciones, y Dios sabe como llegaremos para entonces, pandemia y crisis económica mediante. Pero aunque sea por zoom, ya hay contactos para perfilar la oferta electoral del año que viene, como de los que da cuenta esta nota de La Política Online a la que corresponde el tuit de apertura; que habla de acercamientos de Larreta para sondearlo a Lifschitz, y sumar al menos una parte del socialismo a su proyecto presidencial.

Larreta es el niño mimado del momento, y cada vez disimula menos sus ambiciones, del mismo modo que los medios que lo quieren instalar -sobre todo Clarín- intentan disimular menos el intento. El propio hecho de saturarnos con notas sobre la presunta interna opositora y las discusiones sobre el rol de Macri o el reemplazo o no de su «liderazgo» tienen el propósito de generar la sensación de que la oposición se ensancha, y ocupa buena parte del escenario político; o más de la que realmente ocupa.

Un propósito al que no pocas veces contribuyen los medios «del palo» hablándonos de una inexistente división entre  «halcones y palomas» en el bando macrista», y que a su vez es contrapesada con la obsesión de los medios opositores al gobierno nacional con Cristina, que no hace más que aumentar su centralidad política.

Los contactos de Larreta -nos cuentan- sorprendieron a Lifschitz en uno de sus pasatiempos favoritos (el otro es jugar al TEG desde la Legislatura, imaginando que aun es gobernador de Santa Fe), desde hace años: charlar sobre «la construcción de una alternativa progresista»con Margarita Stolbizery Tumini. Debe ser porque ya ni Lavagna le atiende el teléfono. Que Larreta confluya con los socialistas santafesinos o con el socialismo en general no debería sorprender: ya lo hicieron en la Alianza que nos legara el gobierno de De La Rúa, y lo hace hoy en la CABA con el socialista «made in USA», Roy Cortina.

Mientras el oficialismo nacional y provincial afronta las dificultades de la doble crisis (la heredada de Macri y la provocada por la pandemia) sin fisuras visibles en la coalición que lo llevó al gobierno, y sobre todo sin la que todos esperan -entre Alberto y Cristina- la oposición se parece a un mecano en el que las piezas sueltas no terminan de encastrar, y abundan las figuritas sueltas.

El ancho mundo de «los peronismos» parece mayormente contenido en el «Frente de Todos», mientras quedan buhoneros transhumantes que venden dosis de peronismo al mejor postor (como Pichetto, Monzó, Yoma, Puerta, Guelar y todos los nostálgicos del menemismo), o dan rienda suelta a despechos personales midiendo con el peronómetro al gobierno; como Moreno.

Para complejizar aun más el panorama opositor, los «libertarios» amagan construir un canal natural (o varios) de dispersión de voto de derecha, antiperonista, con figuras como Milei o López Murphy cuyas chances electorales -por más menguadas que sean- no pueden sino ser funcionales al gobierno, al que no le disputan votos.

Aun con una elección legislativa (en la que el voto se suele fragmentar habitualmente) por delante, es evidente que la dinámica polarizadora domina y dominará el panorama nacional, con réplica en las provincias: si hay acercamientos de Larreta al socialismo, debiera pensarse que los podría hacer con el PRO local con miras a la elección provincial del 2023; teniendo a la vista que la división del voto antiperonista hace 15 meses atrás facilitó el triunfo del peronismo en Santa Fe, y su regreso al gobierno tras 12 años de administraciones del Frente Progresista.

Siendo como es el más liberal de un socialismo liberal como el santafesino, Lifschitz no debería tener demasiados remilgos en coincidir con Larreta: después de todo su «mono-diputado» en el Congreso nacional (Enrique Estévez) comparte bloque con Graciela Camaño, y tanto el socialismo como los «progresismo sueltos» que suelen satelizarlo hicieron campaña por Urtubey vicepresidente.

Es que desde 1945 el autodenominado «progresismo» argentino vive condenado a repetir el mismo drama: el peronismo les «roba» agenda, pero ellos no le pueden disputar votos, porque se nutren de la misma clientela gorila y antiperonista de la UCR, la UCD, Cavallo o el PRO, tales las sucesivas encarnaciones electorales de la derecha liberal más o menos asumida en el país.

Ese «progresismo» solo pudo crecer pero hasta cierto punto, cuando el peronismo estaba en crisis de identidad y dejaba de ser peronismo para convertirse en su opuesto, como pasó con el menemismo. E incluso entonces, no pudo acumular lo necesario para liderar porque al voto peronista desencantado lo captó el Frepaso de Chacho Alvarez (del cual fueron parte), y a todos los terminó hegemonizando el voto gorila expresado en De La Rúa.

Cuando el peronismo vuelve a sus orígenes -como pasó con Néstor y Cristina- ellos retroceden al exacto mismo punto del 45′, cuando terminaron en la Unión Democrática bajo los auspicios de Braden: ponérsele enfrente haciendo como que «se tapan la nariz» para «salvar la república y las instituciones», o algo por el estilo; cuando en rigor de lo que se trata es de no seguir perdiendo electores cada vez más escasos (que no les perdonarían una alianza con el odiado peronismo), y tratar de obturar el retorno del movimiento creado por Perón al poder. La candidatura de Lavagna que apoyaron el año pasado fue una variante de ésta última estrategia, en el formato de una «tercera vía» a todas luces inviables, en un escenario electoral marcadamente dominado por la polarización.

Pero además de todo eso, partido provincial como es por su peso electoral específico (y con riesgo de convertirse en municipal, como el PDP), para el socialismo una convergencia con el PRO en la figura de Larreta, le supondría retomar los contactos en Santa Fe para -como se dijo- rearmar la versión local de la «Unión Democrática» que acá ya conociéramos como «Alianza Santafesina»; la precursora de la Alianza nacional que terminó en helicóptero, y del «Frente Progresista Cívico y Social» en deconstrucción.

Y allí se encuentran con dos inconvenientes adicionales: los radicales santafesinos (divididos desde 2015 entre socios minoritarios del PRO en el gobierno nacional, y damas de compañía del socialismo en el gobierno provincial) creen que ha llegado su turno de conducir la oposición provincial al peronismo; mientras que el partido de los amarillos en la provincia no está mayormente conformado -como en la CABA- con requechos sueltos del PJ y la UCR (aunque los hay) sino con fachos bolsonaristas puros y duros, como Federico Angelini y Roy López Molina.

Después de haber hecho campaña por Urtubey hace apenas un año como se dijo, les resultaría difícil a los socialistas santafesinos explicarle a su base electoral «progre» tal alianza, mientras dicen que están enfrentando al gobierno de Perotti porque representa «el menemismo privatizador de los 90′» y cosas por el estilo. Quizás deban apelar al viejo y querido gorilismo antiperonista, sin demasiadas pretensiones dialécticas.

Pensar que hace solo cinco años (cuando el peronismo era derrotado por Macri en el balotaje, y Lifschitz enhebraba el tercer triunfo socialista al hilo en la provincia) muchos «analistas» decían que se le habrían innumerables posibilidades al partido de la rosa, que vivía «una crisis de crecimiento», y hasta se hablaba de una postulación presidencial del entonces gobernador y actual presidente de la Cámara de Diputados provincial. Hoy volvieron al 45′: ser apenas una pieza, y ni siquiera la más importante, del mecanismo bradenista que se arma cada cuatro años.

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