Una trágica historia de violencia tras el crimen de la mujer hallada en un pozo

Los hijos de Elsa Mercuri, quien estaba desaparecida desde marzo, contaron ante la Justicia los padecimientos vividos los últimos 40 años.

José C. ahorcó a su mujer y la tiró al pozo que se haya junto a un viejo molino de su casa rural.

José C. ahorcó a su mujer y la tiró al pozo que se haya junto a un viejo molino de su casa rural.

00:00 hs – Sábado 30 de Noviembre de 2019

«Quiero que me explique porqué nos hizo buscar a mi madre por todas partes, desesperados, sabiendo que estaba en el pozo», dijo una hija de Elsa Noemí Mercuri cuando el cuerpo de la mujer de 61 años, que estuvo ocho meses desaparecida, fue encontrado el miércoles pasado en el fondo de un pozo de su casa rural de General Lagos. El reclamo estaba dirigido a su padre, José María C. El albañil de 64 años les había dicho a sus hijos que la mujer se había ido «a Brasil o a México». Pero esta semana confesó que la había matado y la había arrojado a un viejo molino en desuso. Un asesinato que, según los testimonios desgarradores de sus hijos, fue el final anunciado de una relación marcada por la violencia de género. El hombre fue acusado de un delito que prevé prisión perpetua y quedó bajo arresto preventivo por dos años.

El anuncio y el final

Según planteó ayer a la mañana el fiscal Miguel Moreno en la audiencia imputativa a José C., los hijos de la pareja presentían el desenlace de la pareja. A lo largo de cuarenta años habían visto más de una vez a su madre con la cara desfigurada a golpes y hace 26 años debió ser derivada al Hospital de Emergencias tras ser apuñalada con una cuchilla y por la espalda por su ex pareja.

Un año antes del femicidio, en una reunión familiar, dos de los hijos de José y Elsa habían escuchado a su padre hacer un comentario que anticipaba el final: «Yo agarro, la mato, la tiro adentro del molino y le echo una bolsa de cal. Total la cal mata todo». Y así fue.

Elsa Noemí Mercuri estaba desaparecida desde el 28 de marzo pasado. El 19 de abril, a pedido de su hijo, su ex pareja fue hasta la subcomisaría 13ª de General Lagos para dejar constancia de que la mujer se había ido de su casa, aunque no realizó denuncia por averiguación de paradero. La la vivienda rural que compartían, pese a estar separados, está a la vera de un camino de tierra a la altura del kilómetro 275 de la autopista a Buenos Aires sobre la mano este, lejos de testigos y vecinos.

El pasado miércoles a las 18.15, en el fondo de un viejo molino en desuso de la finca, la policía encontró restos óseos envueltos en prendas de vestir similares a las de la mujer. Junto al cuerpo había una soga con un nudo y un machete de 65 centímetros de hoja. El fiscal indicó que fue el propio José C. quien señaló hacia ese lugar cuando policías y bomberos de Rosario y Alcorta llegaron con tres perros rastreadores ante instrucciones del fiscal José Luis Caterina.

Entonces, según Moreno, el hombre dijo que «los restos de su pareja se encontraban en el pozo del molino. Que no recuerda el día, pero que tras una discusión en la que intercambiaron golpes, la rodeó con una soga en el cuello y ejerció presión hasta que cayó desvanecida». Además dijo haber creído que estaba desmayada. Y que luego de un par de horas, al constatar que no tenía signos vitales, colocó el cuerpo en una bolsa de arpillera y la arrojó al molino.

Una relación violenta

Esto, para la acusación, ocurrió «dentro de un contexto de género que tuvo lugar durante todo el curso de su prolongada relación de pareja». Tanto cuando vivían con sus hijos como cuando convivían pese a estar separados. «Así se generó una relación basada en el sometimiento» y de permanente ejercicio de la violencia física, «la cual se evidencia en diversos episodios en los que el acusado agredió con sus puños a Elsa delante de sus hijos. Dentro de tal contexto social se generó un ciclo que incluyó maltrato físico y psicológico contra su ex pareja», relató el fiscal.

En la sala del Centro de Justicia Penal donde se llevó adelante la audiencia imputativa, tomaban nota dos integrantes de la Subsecretaría de Políticas de Género, que intervino en el caso. La imputación para José C. fue la de autor de un homicidio calificado por el vínculo y por mediar violencia de género, un delito que se pena con prisión perpetua. El juez Hernán Postma le dio curso al planteo fiscal y le dictó la prisión preventiva a José C. por el plazo legal de dos años. Rechazó el arresto domiciliario solicitado por la defensora pública María Celia Pasquali aunque dio curso a un pedido de examen psiquiátrico para saber si el acusado es imputable. El detenido, en tanto, no quiso declarar.

La evidencia se centró en dichos de los hijos de la pareja —son tres mujeres y un varón— contactados por la policía luego de que un portal de noticias diera cuenta de sus preocupaciones. En marzo Elsa había dejado de postear en las redes sociales, donde era muy activa, y dejó de llamar a su hijo, con el que se comunicaba a diario porque sentía «adoración» por su nieta. El padre les había dicho que a la mujer se le había roto el celular, compró uno nuevo y se fue. «Me llamó la atención porque ella nunca se separaba del móvil», dijo una de las hijas.

«Elsa no está en el campo. Se fue, no está más, no sé dónde está», le había dicho José C. el 7 de abril a su hijo, quien lo obligó a dejar una constancia de abandono de hogar ante la policía. «No le creía nada porque mi mamá no trabajaba, era obesa, sufría sedentarismo, era una persona que no salía, no caminaba», dijo ese hombre, quien se comunicó por última vez con ella el 29 de marzo vía WhatsApp.

Presentimientos

«Desde el momento de la desaparición de mi madre siempre presentí que algo le había hecho mi padre porque una persona no puede desaparecer sin dejar rastro, no se podía haber ido sólo con lo puesto. Incluso mi padre dio varias versiones —añadió una de las hermanas—. Yo presentía lo peor pero no quería creer. Presentía que algo le había hecho. Me dijo que para él, ella estaba en México o Brasil».

Al activarse la búsqueda, los hermanos contaron que sus padres mantuvieron una relación conflictiva los 43 años que estuvieron juntos: «Ambos eran alcohólicos. Cuando éramos chicos vivíamos situaciones de violencia constantes, a diario. Se ponían a discutir, comenzaban a recriminarse cosas y todas estas discusiones terminaban con golpes de mi padre hacia mi madre. Recuerdo varios episodios donde la arrastraba de los pelos hacia la habitación y la molía a palos. Le desfiguraba la cara, los ojos, la boca. Ella se iba y luego volvía. Al que más lo marcó esta situación fue a mi hermano Andrés, quien a los 16 años se volcó a las drogas y se suicidó a los 35».

Tras la desaparición de Elsa, su rastro se perdió por completo. Al poco tiempo el padre les contó a sus hijos que había quemado sus cosas porque en la casa, donde él convivía con su nueva pareja, había humedad. «Es una persona cínica y calculadora. Hace ocho meses que mi mamá estaba muerta en el pozo y él comiendo y viviendo en esa casa como si nada», dijeron.

Los hijos de la pareja buscaron en vano las cosas de su madre dentro de la casa pero no encontraron ropa, ni bolsos, ni calzado ni las estatuillas de hadas y ángeles que la mujer coleccionaba, «como si nunca hubiera vivido ahí». Sólo apareció una vieja libreta de identidad en un cajón. Hasta que el miércoles se encontró el cuerpo en el pozo, cerca del lugar donde la familia solía reunirse a la sombra de los árboles los días de verano.

en el lugar. José C. ahorcó a su mujer y la tiró al pozo que se haya junto a un viejo molino de su casa rural.

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