«LA REBELIÓN DE LOS MANSOS»

La imagen de apertura es una captura de pantalla de la edición de ayer a la mañana del diario «El Litoral»: está reseñando las quejas de algunos -recalcamos: alguno- de los sectores afectados por las medidas de restricción que decretó Perotti el viernes pasado para Santa Fe y Santo Tomé. Las imágenes son de la plaza frente a Casa de Gobierno, de la peatonal San Martín y de edificios en construcción en la zona sur de la ciudad: todo en unas pocas manzanas alrededor, de una ciudad con medio millón de habitantes: mejor representación gráfica de la segmentación social de las quejas»visibles», imposible de conseguir. Y no deben diferir demasiado de lo que pasa en otros puntos del país.
Cuando arrancó la pandemia y se decretó en todo el país la emergencia sanitaria y la cuarentena en forma de «aislamiento social, preventivo y obligatorio», se definieron una serie de actividades esenciales que quedaban exceptuadas de las restricciones, porque se entendía que no podían paralizarse, sin causar mayores riesgos a la sociedad de los que causa la propia pandemia: trabajadores de la salud, empresas y comercios de rubros alimenticios, farmacias, recolección de residuos, personal de seguridad, prestación y mantenimiento de los servicios públicos esenciales.
Todo lo demás quedaba cerrado para restringir la circulación de las personas y con ellas del virus, pese a que ya entonces existían quejas y reclamos. Conforme esas presiones aumentaron (y en menor medida, cuando los números de la emergencia daban algún respiro), se fueron habilitando actividades pero tratando de respetar criterios epidemiológicos, es decir, primero aquellas que tenían menos potencial de producir contagios, y luego las demás, quedando pospuestas sin fecha aquellas que por sus características, eran las más riesgosas desde ese punto de vista, como las clases, los jardines maternales, los gimnasios o los salones de fiestas y eventos.
Cuando los números de contagios y muertes empezaron a crecer y se hizo necesario volver a restringir actividades tanto en Santa Fe como en el resto del país, acá Perotti lo explicó con una imagen didáctica: lo último que se había habilitado, debía ser lo primero que se debía restringir, y así sucesivamente. Se trataba de conciliar los cuidados sanitarios que exige la pandemia, con mantener el nivel de actividad hasta donde se pueda sin poner en riesgo el primer objetivo, porque el sistema de salud empezaba a estar cada vez más comprometido; y a la hora de poner prioridades, respetar o dividir lo que es esencial e impostergable para que la sociedad siga funcionando, de lo que no lo es.
Dicho esto, si uno mira el listado de actividades que estuvieron siempre habilitadas, las que a la inversa siguen estando inhabilitadas desde el principio, y aquellas que fueron y vinieron, verá que las restricciones pegan fuerte en los consumos culturales, económicos y sociales de la clase media, y en algunos de los rubros donde es más frecuente el «emprendedorismo»: el turismo, los bares, pues, restaurantes, cines, teatros, gimnasios, pilcherías, tiendas de regalos o electrodomésticos, guarderías, jardines maternales, peluquerías, cosmetólogas, salones de belleza, shoppings.
Súmenle a eso que las restricciones las dispone o decide un gobierno peronista (en la nación y acá en Santa Fe también), y tendrán un panorama bastante claro de los disparadores de las protestas; en las que por supuesto no se debe descartar la legítima preocupación por la caída de los ingresos con que cada uno se sostiene.
Con eso en mente, volvamos a Santa Fe, las medidas que entraron en vigencia el sábado y las reacciones en contra, pero siempre de perder de vista que lo que se diga no es una excepcionalidad, sino que aplica a otros lugares del país. En las notas a las que corresponden las imágenes de apertura, desfilan las quejas del Centro Comercial, la Cámara de la Construcción o la que nuclea a las inmobiliarias: los sellos de goma  tradicionalmente hegemonizados por el antiperonismo, para nuclear a los que -oh sorpresa- andan mejor cuando gobierna el peronismo, hasta que insisten en pegarse un tiro en los dedos gordos del pie votando a los gobiernos que les gustan, pero los terminan fundiendo. Y así sucede desde 1945.
En esos rubros además -no solo acá, sino en todos lados- abundan los salarios bajos, la precarización laboral y el empleo o las transacciones en negro: las empresas constructoras se quejan de que algunas no accedieron al ATP (porque tienen personal en negro), las inmobiliarias que no pueden realizar algunas transacciones online (porque ellos y los propietarios se niegan a dar un CBU aun bajo tortura), y así. La obra pública funciona desde el principio por ser actividad esencial, y se restringió la obra privada que involucre a más de cinco personas trabajando al mismo tiempo; o sea, los desarrolladores inmobiliarios que se financian con guita del campo, en buena parte en negro, para construir torres de edificios de departamentos que luego casi nadie alquila, y con certeza nadie puede comprar. Y en no pocos casos, en terrenos fiscales (como en el puerto), o vendidos por monedas en las subastas de la AABE al final del macrismo,
Al mismo tiempo, todos eso son sectores con alta visibilidad mediática de sus reclamos, ¿o acaso alguien ve muchas marchas o notas en los medios del personal que trabaja en casa de familia, o los que viven de changas, la venta ambulante o los distintos rubros de la economía informal? En retrospectiva: ¿como reaccionan habitualmente estos mismos sectores cuando protestan las organizaciones sociales, o los sectores más humildes?
Y esa alta visibilidad mediática facilita a su vez su capacidad de presión sobre el sistema político, en especial cuando éste no descansa en estructuras partidarias fuertes, sino en mascaritas sueltas de la «nueva política». Por ese profundo corte de clase de las quejas «visibles y atendibles» de la pandemia, no sorprende que con un récord de 600 casos diarios el domingo pasado y una ocupación del 95 % de las camas en terapia intensiva en Rosario, Javkin insista en habilitar las peluquerías, los salones de belleza y los bares al aire libre; o que mientras los casos crecen en Santa Fe, Jatón se haga el boludo y haga la vista gorda con la apertura de negocios en la peatonal, o las grandes avenidas: están respondiendo estrictamente a su clientela electoral y eventualmente, a sus aportantes de campaña. Como Larreta en la CABA, sin ir más lejos.
Creen que de ese modo van a escapar de la furia antipolítica que va creciendo en las cada vez más menguadas marchas y manifestaciones; con ese discurso bobo que cree que todo se arregla bajando los sueldos de los funcionarios (algo que en Santa Fe Perotti decretó hacer cinco meses, y ni se enteraron), o en otros tiempos, vendiendo el avión presidencial. Son tan elementales que acá en Santa Fe por ejemplo, protestan porque los empleados públicos siguen cobrando sus sueldos sin ir a trabajar, siendo que son su principal clientela.
En medio de la pandemia, con los contagios y muertos en ascenso, con la estructura y el personal del sistema de salud saturados y al borde del colapso, pensemos si como sociedad estamos para aguantar este nivel de berrinches de una clase media que en el 2001 pedía «que se vayan todos» porque fracasó el gobierno que votaron, y ahora, porque el que votaron perdió las elecciones, y no lo pueden aceptar. O que reclama por la democracia, con una remera donde dice que el 24 de marzo fue un día de gloria. Tuits relacionados:

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