El título no está haciendo referencia al latiguillo habitual de los medios, cuando quieren resaltar la obvia trascendencia electoral de la provincia de Buenos Aires, que representa el 38 % del padrón total del país. Tampoco al episodio en sí de la reforma tributaria propuesta por Axel Kicillof y trabada primero y desvirtuada después, por la oposición en la Legislatura, aun cuando es ciertamente revelador del contexto político general que se viene en los próximos años en el país, y ahí si nos queremos detener.
El contundente triunfo de Axel en la disputa por la gobernación bonaerense frente a María Eugenia Vidal tiene más de un significado relevante en términos políticos, que en otras oportunidades hemos destacado: por ejemplo y para empezar, el de la militancia política entendida y practicada al estilo y usanza tradicionales, frente a un producto del márketing publicitario aplicado a la política, y completamente carente de contenido real.
En las condiciones más desventajosas posibles en ese plano, Kicillof ganó, y ganó muy bien, lo que constituye una señal para el conjunto del sistema político en general, y del campo nacional y popular en particular: hay que animarse a explorar otras formas de hacer política, que no son más que las tradicionales, adaptadas a los nuevos tiempos que corren.
Por otro lado, el fenómeno Kicillof resulta en sí mismo interesante porque representa la irrupción de un dirigente nuevo, con condiciones innegables (aunque siempre cuestionadas o discutidas, desde el propio peronismo), magnetismo personal y caudal electoral propio, más allá de su innegable identificación con Cristina y el proceso kirchnerista. Rompió con el mito de que el kirchnerismo no podía «transferirle electorabilidad» a sus candidatos provinciales.
Y un dirigente con una gran proyección a futuro, en la medida en que logre realizar una buena gestión de gobierno en Buenos Aires, en circunstancias muy difíciles: la desastrosa gestión de Vidal le dejó tierra arrasada, con un endeudamiento descomunal, y una oposición fronteriza con el golpismo, dispuesta a sabotear la gestión desde el primer día, como lo comprueba el caso de la reforma tributaria.
Pero es precisamente esa discusión la que resulta interesante analizar, en cuanto es reveladora de cuales son los hilos reales que mueven a la política en la Argentina, detrás de bambalinas y más allá de las estructuras políticas y los sellos partidarios: tal como lo señala Kicillof en el hilo de tuits de apertura, la oposición bonaerense (que fue el oficialismo provincial y nacional hasta el mes pasado) fungió de gestora de negocios de los principales grupos económicos y factores de poder real del país y la provincia, tal como hizo cuando le tocó gobernar.
Bancos, grupos exportadores, grandes propietarios rurales, laboratorios farmacéuticos, operadores de cable (o sea, Clarín): no hubo casi ningún grupo económico más o menos importante, que no haya podido permear con sus demandas a radicales y macristas, para que estos se ofrecieran gentilmente a vehiculizarlas en el sistema institucional, y conseguir que paguen menos impuestos, o sigan gozando de privilegios fiscales. Fue todo muy burdo y visible, a la luz del día, para el que lo quisiera ver.
Y fue también, ni más ni menos, que la reedición de la postura que esos mismos sectores políticos tomaron entre 2003 y 2015, en los gobiernos de Néstor y Cristina, cada vez que se discutieron en el Congreso temas estructurales: las retenciones móviles, el conflicto con los fondos buitres, la ley de abastecimiento, la ley de medios o la reforma a la carta orgánica del Banco Central; solo por citar algunos ejemplos.
Uno puede comprender que, en el marco de la idea de «la unidad con todos hasta que duela», y el entusiasmo por haber vuelto al gobierno, no se le preste la debida atención a estas cuestiones, pero eso tiene un límite, que es de las condiciones de gobernabilidad: cuando cierta gente advierte que apretando se afloja, o que tiene quienes aprieten por ellos, no se detendrá jamás, hasta conseguir lo que quiere. Y siempre quiere algo más.

Pero para decirlo de una buena vez, fuerte y claro: fue fundamentalmente la valoración social y electoral de la actitud del kirchnerismo frente a estas cuestiones cuando le tocó gobernar, y el contraste con la experiencia macrista en tanto expresión político-electoral del «país atendido por sus propios dueños», lo que nos trajo hasta aquí, es decir a ocupar de nuevo la Casa Rosada. En torno a ese núcleo duro de ideas se construyó el núcleo duro de adhesiones sociales al «Frente de Todos», sobre el que se orquestó la unidad amplia que trajo la victoria.

De otro lado, le pese a quien le pese, la cuestión tampoco puede ser analizada desde el ángulo mezquino de la interna futura, como sin dudas hacen algunos haciéndose bien los boludos mientras piensan para sus adentros «dejálo al rusito que se estrole peleando contra los molinos de viento, así sale de carrera un competidor peligroso». Negar que estas cosas existen tampoco ayuda a entender el panorama, porque hoy vienen por él, y mañana vendrán por vos, está en su naturaleza; como la fábula del escorpión y la rana.
En la provincia de Buenos Aires y en la gestión allí de Axel Kicillof, en las condiciones descriptas, se juega buena parte del éxito de la nueva experiencia política de signo nacional y popular inaugurada en el país el 10 de diciembre pasado. Bien harían todos los que tienen responsabilidades políticas importantes en la conducción de ella en tomar nota del asunto, más allá de la opinión personal que tengan sobre el gobernador de Buenos Aires, o la mayor o menor simpatía que les cause.

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