LA GRIETA ES MÁS PROFUNDA

Parte del imaginario cultural argentina es seguir pensándonos como una sociedad de clase media, integrada, con perspectivas de movilidad social y «distinta» al promedio de las de América Latina. Muchos argentinos se siguen sintiendo en más de un sentido europeos, bajados de los barcos. De idéntico cuño es el mito de que no somos racistas, al menos en el sentido tradicional del término, porque como todo país que recibió inmigración aquí se adaptaron y conviven incluso razas y religiones que disputan agriamente entre sí en sus lugares de origen.

Claro que esa mirada «complaciente» pasa por alto que nuestras propias tragedias han hecho que ya no seamos así, y muchos lo celebren; del mismo modo que vemos a aflorar a diario racismos de nuevo cuño, nuevas formas de discriminación social y cultural.

La propia movilidad social ascendente que en otros tiempos nos caracterizara y era vista como un valor, a poco que la recuperamos -spoiler: cuando gobiernan los populismos que restauran derechos, y consagran otros nuevos- se percibe, fundamentalmente por sectores de las clases medias, como una amenaza a posiciones conquistadas y estatus adquiridos; y la reacción a esa amenaza son distintas formas de autoritarismo político y discriminación, verbal y concreta.

Se acentúan los prejuicios para ver al otro, al desconocido, al amenazante, y se cavan imaginarias fosas de Alsina para contener a los salvajes, al conurbano, a los excluidos: son los que «cagan en un balde», «se matan entre ellos», o «toman tierras».

Del mismo género que nuestras creencias erróneas sobre lo integrados, inclusivos y tolerantes que somos, es el falso consenso democrático que damos por sentado, como decíamos hace poco acá: apenas la democracia quiere ser más democrática (intentando por ejemplo reformar la justicia, o gravar con impuestos a los más rico),resulta que deviene autoritaria, y genera climas golpistas y discursos sediciosos, pero eso sí:  con discurso y épica de una «resistencia libertaria» contra un presunto autoritarismo. Así en el 55′, y ahora también.

Cuando el peronismo, tan bien definido por Cooke como el hecho maldito del país burgués, apareció a la escena nacional, lo primero que causó fue perplejidad: basta ver las crónicas de época sobre el 17 de octubre. La leyenda negra de «los 70 años de peronismo» que arruinaron un país que estaba entre los mejores del mundo, y que perdura hasta hoy, se construyó sobre el prejuicio de creer que lo que alguien elige no ver, no existe; y que si hasta entonces el país funcionaba bien para algunos, esos «algunos» éramos todos.

Hoy no es muy distinto de entonces: es la misma perplejidad de las clases medias en el 2001, cuando la implosión de la convertibilidad terminó con la ilusión primermundista, y reaccionaron indignados pidiendo «que se vayan todos», como una mala metabolización del hecho concreto de que los que se habían ido eran los de su gobierno, el que ellos habían votado, precisamente por el compromiso de sostener la ilusión, aunque ya fuera imposible. Cuando el derrumbe los alcanzó, hasta «comprendieron» por un breve lapso (el que tardó el denigrado populismo en garantizarles la devolución de sus ahorros) a los piquetes y las ollas populares.

La verdadera «grieta» entonces, es social, y preexiste a la política: si surgió de los conflictos del mundo del trabajo entre el capital y quienes le venden su fuerza de trabajo por un salario (como en cualquier país capitalista), en la Argentina y como en cualquier país promedio de América Latina de esos de los que nos creemos distintos, se entrecruza con elementos culturales, históricos y sociales, y como dijimos antes, con nuevas formas de racismo. Hoy y hace rato «somos Venezuela», sobre todo por la oposición que tenemos, y por la conducta social de los sectores a los que expresa.

Al peronismo -expresión política de las transformaciones sociales del país que estaba dejando atrás «el granero del mundo»- se lo estigmatizó desde sus mismos orígenes como «aluvión zoológico», y se lo odia hasta hoy porque consagrando los derechos que consagró, propios de cualquier sociedad moderna, inclusiva e integrada, dejó en claro que en la Argentina ideal que muchos aun hoy añoran faltaban, y a nadie -o casi nadie- le importaba demasiado.

El conflicto social siempre preexiste a su expresión política, y esta tarde o temprano debe asumirlo: de allí el fracaso de las «terceras vías» cada vez que se intentaron, porque la dinámica polarizadora parte de la base de la sociedad y en tiempos de crisis tiende a profundizarse, llevándose con ella los intentos de «integración». Por allí anda Sergio Massa comprobándolo amargamente en cuero propio, como consecuencia de simplemente haber cumplido el rol institucional para el que fue electo, tras aportar a la construcción de la alternativa electoral que desplazó a Macri del gobierno sepultando su intento de reelección.

De allí que sea una simplificación mentirosa echarle en cara al peronismo que «dividió a las familias al meter la política en los hogares y la mesa diaria», o al kirchnerismo haber «inventado» la grieta a partir del 2003: fueron en su tiempo expresiones de la política surgidas de interpelaciones de la sociedad, que demandaban respuestas; y hubo alguien que tuvo en cada caso la lucidez de advertirlo, y dárselas.

Hoy en la pandemia se entrecruzan las lacerantes desigualdades sociales, con las preferencias políticas y los sistemas de ideas y de valores que existen en la sociedad, las restricciones necesarias para intentar contener al virus, con las necesidades y las prioridades. De allí que pretenden que creamos que son lo mismo las ferias informales del conurbano y los bares de Palermo, la «necesidad» de recuperar los pasatiempos del ocio recreativo, que la changa y la pelea por la subsistencia de los estragados por el virus, y por la malaria económica.

Nos quieren poner a justificar y defender las libertades de los que tienen la panza llena, mientras alientan la represión de los que pasan necesidades apremiantes; incluso suponiendo absurdamente que su posición social los pone a salvo de los riesgos del virus, tanto que se pueden dar el lujo de no respetar ninguna norma o indicación de las autoridades sanitarias, o quemar barbijos en el obelisco.Por eso la respuesta a la crisis más que sanitaria, es política: tener la decisión de asumir los conflictos que sean necesarios, para ejercer la representación política de los que nos votaron. Porque si algo está claro es que, lo hagamos o no, los conflictos vienen igual.

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