IDIOCRACIA

Miguel A Boggiano@Miguel_Boggiano

Si le sacás $5000 a un tipo que trabaja y le das $1000 a 5 tipos que no trabajan, perdés 1 voto pero ganás 5. En el neto, ganás 4 votos. Esta es la estafa piramidal más grande de la historia: se llama socialismo.

Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

Cada uno es dueño de profesar la ideología (o religión, llegado el caso, porque por momentos parece que fueran una sola y misma cosa) que quiera, pero lo que resulta inadmisible es tener que discutir con gente con un nivel de desconocimiento básico de los conceptos que maneja y lanza al voleo, como socialismo, populismo, democracia o planes sociales; por caso.
Este tipo de analfabetos funcionales son muy afectos a traficar su ideología berreta y apolillada, disfrazada de pontificado moral sobre quienes son útiles y quienes no en una sociedad, sin que nadie los interrumpa para preguntarles desde donde ellos se colocan entre los que sí son útiles, o en todo caso cual es su aporte concreto; más allá de contribuir a ciertos niveles de consumo cultural irónico al que en realidad nadie toma demasiado en serio. Salvo unos cuantos pendejos (y pendeviejos) que todavía viven con los padres, y son mantenidos por ellos, y se creen algo así como células combatientes de una resistencia imaginaria de vaya uno a saber que cosa.
Simplificar el socialismo reduciéndolo a la distribución de planes sociales es algo propio de la ignorancia monumental de estos paparulos, comparable a llamar «plan social» cualquier cosa, como por ejemplo una jubilación de las obtenidas a través de la moratoria previsional, como si fuera lo mismo por ejemplo que la asignación universal. Ni hablemos del hecho de que tampoco nadie les pregunta nunca a estos cosos de que hablan cuando hablan de planes sociales, o cuantos son, o quienes los cobran y por qué.
Recordemos que hace poco éste zapato se autofelicitaba por el Día del Trabajador, considerándose parte de los que trabajan, y mantienen al resto de la sociedad; como si además de ser eso cierto (que él trabaja), existiera alguna sociedad en la que todos -absolutamente todos- trabajan, o no existieran sectores que están exentos de la obligación de trabajar (como los menores, por ejemplo), o que lo hicieron por años y ya no tienen el deber de hacerlo, como los jubilados: así de primate es el razonamiento, así de grande es el desconocimiento del funcionamiento real de las sociedades.
Desde esa ignorancia supina, esos mal llamados liberales (en realidad, y como se dijo, conservadores que no quieren pagar impuestos) se meten con cosas complejas que no entienden, como la democracia, para proponer como si fueran de avanzada, ideas absolutamente retrógadas como el voto calificado, a partir de circunstancias que ellos mismos (ignorantes como son de los procesos sociales, pero con ínfulas de reformadores) definen.
Y que no difieren mucho de ideas trasnochadas que ya fueron discutidas y dejadas de lado acá y en todo el mundo, a lo largo de la historia: recordemos las discusiones sobre los alcances del derecho al sufragio en el Congreso Constituyente de 1824 que dio lugar a la Constitución unitaria de 1826 (el debate entre Dorrego y el diputado Castro), o la idea de Echeverría de darle el voto «a la inteligencia y la fortuna» ya en tiempos de la llamada Generación del 37′. Claro que para saber eso, Boggiano debería haber leído alguna vez un libro, otro que no fueran las obras de Hayek, Mises o Friedman.
Es que éste es el drama de estos «libertarios»: siguen expresando ideas que pudieron haber sido de avanzada en su momento, en relación a la sociedad feudal, pero hoy atrasan siglos. Así ocurrió por ejemplo en la Inglaterra de la Revolución Industrial, en la que Adam Smith escribió su obra, fundacional en las bases teóricas del capitalismo.
La reforma electoral inglesa de 1832 significó una ampliación de derechos en sentido democratizador, aunque restringido, para incorporar a la Cámara de los Lores a los representantes de ciudades como Manchester o Liverpool, hijas dilectas de la Revolución Industrial que estaban excluidas de los asuntos políticos. Y los burgueses que estaban protagonizando esa Revolución entraron a gozar del derecho al sufragio, para discutir el rumbo del imperio británico a cuya grandeza contribuían de un modo decisivo, frente a la vieja nobleza feudal terrateniente.
Dos siglos después, estos farabutes proponen una regresión en el tiempo, sobre la base del prejuicio -que ya tenían los rivadavianos del siglo XIX para negarle el voto a los jornaleros, peones a sueldos, soldados de línea y empleados del gobierno- de que por percibir algún tipo de ayuda social, su voluntad está cooptada y no pueden decidir libremente como sujetos políticos.
Con lo que llegamos al absurdo de que resuelven la tensión permanente entre el capitalismo (que por definición excluye) y la democracia (que por naturaleza iguala e integra), excluyendo de la segunda a los que el primero excluyó previamente del mundo del trabajo, y la plenitud de derechos.

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