Jack Nicholson dejó una frase histórica en «Algunos hombres buenos» («Cuestión de honor» en la Argentina), una de sus mejores películas. Su personaje era un muy duro coronel del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos llamado Nathan R. Jessep, responsable de la base de Guantánamo y acusado de haber permitido un castigo extraoficial a un subordinado que le provocó la muerte. El militar es llevado a juicio marcial y, en un monólogo final, se defiende sosteniendo que por el puesto que maneja y por las responsabilidades militares que debe sostener, es imposible que la sociedad conozca toda la realidad. Y que mantener esos secretos es necesario para dejar limpios a sus superiores porque, a veces, «no se puede manejar la verdad». El mensaje era claro. No siempre se debe conocer la verdad porque, a veces, ésta es inmanejable. Y sus consecuencias, imparables. El problema para el personaje de Nicholson fue que la verdad se conoció, lo que desató una crisis final.

El Gobierno vivió en los últimos días, incluyendo ayer, en un dilema similar al del coronel Jessep. Como el militar, decretó el Ejecutivo que el país no debe conocer la verdad de la crisis económica, porque no sería capaz de manejarla en toda su dimensión. En consecuencia, se decidió que bastaban para llevar tranquilidad a los operadores financieros algunas frases brumosas y plagadas de términos de campaña acuñados en el mejor estilo duranbarbista. El jefe de Estado se tomó el miércoles un minuto treinta segundos en explicarle a la población que entendía las preocupaciones, y que la solución a la falta de credibilidad llegaría con un nuevo acuerdo con el FMI que adelantaría los dólares del 2020 al 2019. Poco tardaron los operadores en conocer la verdad. El Fondo había sido contactado un día antes, y el dinero llegaría pero luego de un exhaustivo examen del board del organismo y con nuevas exigencias de un menor déficit fiscal del comprometido para el 2019 de 1,3% del PBI. En otras palabras, Macri se guardó parte de la verdad. El acuerdo eran negociaciones abiertas y con nuevos, y seguramente más rigurosos, contenidos de ajuste fiscal. Las consecuencias fueron duras. Una devaluación del 7,5%, un dólar a $34,48 y un riesgo país a 728 puntos.

Ayer fue el turno de Marcos Peña. El jefe de Gabinete, un hombre honesto y aparentemente experto en campañas políticas, se puso al hombro las explicaciones oficiales y lanzó una máxima temeraria que seguramente lo perseguirá por años: «no estamos frente a un fracaso económico». Descartó además cambios en el Gabinete y no adelantó medidas, ideas o propuestas para enfrentar la jornada que comenzaba. Sólo ratificó el rumbo haciendo un rápido vuelo por las cuestiones que llevaron a la actual situación económica y financiera. Otra vez, la suposición fue que no es necesario que se conozca toda la verdad; porque, de hacerlo, las consecuencias serían peores. La respuesta de los mercados fue lapidaria. El dólar trepó 15,63%; llegó a los 39,87 pesos (luego de coquetear con los $42) con un riesgo país que se mantuvo en 776 puntos básicos.

Cualquier Gobierno sensato y profesional llegaría entonces a una conclusión: ha llegado el momento de la verdad. Y de demostrar condiciones para manejarla. Y esa verdad parte de una realidad ya difícil de ocultar: el problema del Gobierno de Mauricio Macri es hoy político, no económico. Y, en consecuencia, imposible de solucionar con medidas económicas, fiscales y financieras, por más acertadas que están pudieran estar. De hecho, la propuesta de acelerar 12 meses los desembolsos del FMI no es una decisión desacertada, incluyendo las nuevas imposiciones de ajustes que haga el organismo. El problema es que ninguna decisión genera ya un mínimo de confianza en que el programa de Macri pueda sobrevivir; en principio, porque ya no sólo se duda de la idoneidad de las medidas y sus creadores, sino de la capacidad política de ejecutarlas. Esta verdad, otra más, no sólo fue reflejada públicamente por los principales economistas y analistas del país; además de, obviamente, la oposición. La agencia Bloomberg publicó un informe al mundo donde sin eufemismos decía que «los mercados perdieron la confianza en Macri». Y, como se sabe, sin confianza fracasa el mejor plan económico.

La verdad que debe manejar de manera urgente Macri es simple: debe realizar un movimiento político fuerte dentro de su Gabinete, si quiere que los mercados y la sociedad vuelvan a creer en que lo que viene es mejor que lo que se está viviendo. Y que los malos momentos actuales y futuros se justifican porque lo que vendrá será superador. El Presidente debe manejar la verdad, y actuar en consecuencia, aunque probablemente deba perder a varios de sus hombres de confianza, incluyendo alguno en los que puso mucho de su esperanza de cambio y éxito en su gestión. Estos cambios eran pedidos casi a gritos por los operadores. El Presidente parecería no aceptar esas presiones, y considerar que sería una pérdida de autoridad en momentos complicados. Algunos colaboradores incluso explicaban en off que la razón verdadera de no aceptar esta verdad, era la convicción que si pierde a los alfiles cuestionados «después vendrán por mí». Por el contrario, avaló a Marcos Peña a hablar ayer y al ministro de Hacienda Nicolás Dujovne a preparar un nuevo y superador paquete de medidas que presentará el lunes en sociedad en Washington; y del que el personalmente haría algunos avances este fin de semana. Y que con esto, ahora sí, cambiará la mala onda con que todos sus movimientos son recibidos por los ingratos mercados.

Mientras tanto, desde otros ministerios y reparticiones la agenda económica parece tener vida paralela. El Banco Central elevó la tasa de interés a un demoledor 60% anual, hasta diciembre. El ministerio de Energía elabora el porcentaje final de incremento tarifario, tomando la nueva realidad devaluadora como referente. Las petroleras, comenzando por la estatal YPF, espera el guiño final para un nuevo incremento en las naftas que podría comenzar a aplicar, ya, este mismo fin de semana. En consecuencia, medidas inflacionarias y recesivas, que harán la vida del ciudadano más difícil. Lo contrario de lo que Peña y Dujovne prometieron.

Alguna pista de la situación la reconoció amargamente el antecesor de Dujovne, Alfonso Prat Gay. El miércoles por la noche, en una entrevista mano a mano ante Alejando Fantino, describió parte de su paso por el Palacio de Hacienda como «un quilombo». Se refería a que mientras él tenía la orden presidencial de hacer un ajuste y bajar la inflación; en otro ministerio se decidía dar vía libre a una suba de tarifas de más del 80%, en otro se liberaban los precios de los combustibles y desde el Banco Central se le imponían metas inflacionarias restrictivas. La situación continúa casi inalterable hasta hoy. Y es ya otra verdad que debe manejar el Presidente: la atomización de la administración de la economía fracasó. Se reclama ahora de manera urgente un hombre fuerte que se haga cargo de un plan creíble y que le permita a los actores económicos pensar con optimismo hoy perdido. Para un Presidente que considera inviable la idea de empoderar a un funcionario por debajo de él, manejar esta nueva realidad debe ser duro. Muy duro. Pero, otra vez, inevitable.

Mauricio Macri se imaginaba a esta altura en otra situación. Estaba convencido que a dos años y medio de gestión, su económico estaría cubierto de momentos gratos con anuncios de aperturas de mercados, de acuerdos comerciales con la Unión Europea, de inauguraciones de plantas industriales de alto valor agregado y de una inflación de un dígito. También se imaginaba presentando la catarata de datos económicos positivos que la economía aportaría, incluyendo bajas de la pobreza y el desempleo y alzas sostenibles en el salario y el consumo. El déficit comercial debiera estar a punto de equilibrio y, el fiscal, manejado. Dejaría a su atomizado Gabinete disfrutar de algún momento de visibilidad; pero, al final del día, sería él quién se llevara el rédito. No pudo ser. El último escenario que imaginó es administrar una crisis de las dimensiones épicas que se desató en abril y que esta semana llegó a una situación terminal. Esta es una de las verdades más graves que debe manejar. No es la peor. La más dura será que mientras no cambie su suerte económica, es muy probable que sus números macroeconómicos finales terminen siendo peores a la mayoría de los que heredó de Cristina Kirchner. Internamente, este es el peor fantasma del Presidente.

Algunos de sus aliados no lo ayudan. Y caen en la tentación de siempre para estos casos. Pensar que las corridas cambiarias son fruto de los golpistas de turno que no están dispuestos a aceptar los cambios venturosos que se vienen. El miércoles Elisa Carrió decidió lanzar una catarata vía Twitter con su particular estilo denunciante, identificando los aparentes golpistas dentro del mercado financiero local y extranjero. Habrá que avisarle rápidamente a la diputada que muchos de los bancos apuntados tuvieron entre sus filas hasta hace sólo meses a varios de los funcionarios que hoy están combatiendo el alza del dólar.

Comentarios Facebook