Hace unos días atrás proponíamos en esta entrada reflexionar sobre algunas políticas del segundo gobierno de Cristina, en clave actual. La idea era poner en cuestión ese «consenso» instalado de que había sido malo, y como tal causante directo del triunfo de Macri en el 2015; y en rigor el propósito de la reflexión era ése, aunque la reivindicación del segundo mandato de CFK surgía implícita: ahora que -por ejemplo- hay que volver a poner restricciones al acceso a los dólares y empiezan a aparece de nuevo voces que alertan que eso antes salió mal en tanto contribuyó al malestar social que cimentó el triunfo de la derecha en las urnas, parece oportuno pensar si las cosas son así de sencillas y mecánicas, y condenadas a repetirse.
Parece claro que tratándose de procesos sociales no es así, pero esto a veces se omite; tanto como está claro que muchas veces en los análisis se confunden los deseos propios, con los datos de la realidad. Nadie -ni siquiera nosotros- puede declararse exento de ese riesgo, pero hay que hacer el esfuerzo por despejarlo.
Y los hechos de la realidad marcaron que muchas lecturas «autocríticas» de la derrota del 2015, más que intento por reflexionar sobre prácticas políticas equivocadas para evitar repetirlas, tenían por objeto crear un clima de justificación intelectual de otras prácticas políticas que se iban a desplegar, como el colaboracionismo más o menos abierto con el régimen macrista al cual se le auguraba larga vida y un ciclo prolongado de hegemonía, bajo el rótulo de «oposición responsable y constructiva».
Un segundo elemento a analizar es en que medida el comportamiento electoral del 2015 obedeció a factores estrictamente coyunturales (y por ende vinculados sí a la gestión del gobierno de entonces), y en que medida a tendencias estructurales de nuestro comportamiento social, tanto en el plano político como económico.
Al comienzo hablábamos de las restricciones a la compra de dólares, tema hoy de prevalente atención en la agenda, una vez más: se podrá discutir el acierto o no de las medidas que al respecto se dispusieron en el segundo mandato de Cristina, pero no se podrá negar que la cosa no es tan sencilla de resolver como algunos pensaban, y por supuesto la eliminación de todas las restricciones trajo resultados infinitamente peores.
Dado entonces un rasgo estructural, en éste caso de nuestra estructura económica y productiva (la restricción externa), amén de pensar en las medidas específicas para resolver o atemperar el problema en términos estrictamente económicos, hay que pensar estrategias políticas de contención de determinados apoyos sociales, que no incluyan el acceso irrestricto al ahorro en dólares para todo el que lo desee, porque una generosidad tal no la toleran ni el conjunto de la macroeconomía y los equilibrios que se deben preservar, ni las reservas del Banco Central.
Eso siempre y cuando se convenga en que el humor social (y por ende electoral) de ciertos sectores realmente depende de que puedan o no acceder a ahorrar en dólares: luego de las PASO del 2019 Macri impuso el «cepo» aun vigente, y para las generales recuperó dos millones de votos. Dicho de nuevo y de otro modo: en estos asuntos las cosas no son mecanicistas como a veces se nos explican.
Lo mismo cabe para los factores estructurales de orden estrictamente político: bastante superficial es ya analizar los resultados de la elección presidencial del 2015 sin tener en cuenta las condiciones reales en las que se dio la campaña electoral (disputa con los fondos buitres, «fake news», muerte de Nisman), como para dejarlos de lado.
Así por ejemplo se le atribuyó a los «modos» de Cristina (las cadenas nacionales, los patios militantes) la profundización de la «grieta», y el alejamiento de sectores medios «independientes» del apoyo al kirchnerismo. A cinco años vista y con todo lo transcurrido desde entonces en mente, queda  más que claro -en nuestra opinión- que la verdadera «grieta» política y hasta social que divide a la sociedad argentina (peronismo/antiperonismo) viene desde 1945, antecede a Cristina y al kirchnerismo, y los excede ampliamente. En todo caso: hay gente que odia a Cristina no por sus modos, sino porque es peronista, lo que comprueba que el «peronómetro» más confiable, es el odio gorila.
Lo mismo cabe para el rol que juegan los medios hegemónicos y los principales grupos de poder económico, que son parte de una y misma cosa. Podemos comprobar a diario la respuesta que tuvo el llamado de Alberto Fernández a «enterrar el hacha», y dar por terminada la disputa. De hecho, el propio presidente lo ha comprobado y está obrando en consecuencia: ahí están el DNU sobre los servicios de Internet, cable y telefonía celular, y sus críticas en público a la «meritocracia» y la la fijación explícita de prioridades para la compra de dólares para comprobarlo: un giro discursivo y de políticas concretas impensado hasta hace poco, apuntando al corazón del discurso que construyó el macrismo, y del dispositivo de construcción de sentido que lo apuntala.
Y la referencia final, para las disputas al interior del peronismo, o si se quiere una mirada más amplia, hacia el conjunto de las fuerzas nacionales y populares: no basta con comprobar que en el 2015 se perdió porque ese bloque se partió y Massa restó votos esenciales que facilitaron el triunfo de Macri, y que el movimiento inverso en el 2019 nos dio la victoria. Hay que intentar indagar por qué ambas cosas sucedieron.
Es posible que existan -de hecho las hay- ambiciones personales y especulaciones políticas puramente pragmáticas que determinan esos giros, no solo de Sergio Massa sino de otros dirigentes y sectores del peronismo. Pero lo que hay también y sobre todo, es un peronismo como «territorio en disputa» permanente, donde las disensiones reales son sobre el rumbo político a futuro: puede que algunos se hayan «bajado» del kirchnerismo en algún momento del recorrido por haber sido excluidos de posiciones de poder (autocríticos de cargos deseados, digamos), pero eso sería simplificar las cosas.
Las razones más profundas tienen que ver con hasta donde cada uno está dispuesto a llegar en la búsqueda de transformaciones de la realidad con sentido positivo a través de la acción política, que peleas está dispuesto a dar, con que intereses concretos teme o no confrontar, o afectarlos.
Y en ese sentido retomar el kirchnerismo donde lo dejó Cristina en diciembre del 2015 para profundizarlo, no es simplemente una postura política o una opción que puede o no seguirse, sino una estrategia de supervivencia del proyecto nacional y popular, frente a la magnitud y espesor de las acechanzas que aparecen y aparecerán a su paso; con Cristina en la Rosada o sin ella, como estamos pudiendo comprobar.

Comentarios Facebook