Se podrá discutir si, en términos económicos y sociales, el macrismo fracasó, no logró hacer lo que vino a hacer. Nosotros nos inclinamos por la segunda opción, pero todas las opiniones valen. Lo que es indudable es que terminó fracasando rotundamente en términos políticos, y eso tuvo expresión electoral en la derrota del 27 de octubre: no logró estabilizar un consenso social mayoritario en torno a un núcleo de ideas que expresan un modelo de país, en el que la inmensa mayoría de los argentinos no tiene cabida.

Y se precipitó en ese fracaso luego de haber logrado aprobar la reforma previsional del 2017, que era el puntapié inicial de aquel «reformismo permanente» que Macri anunció en el CCK, luego de haberse impuesto en las elecciones legislativas de medio término, en las que apeló a «anabólicos» económicos y sociales, para ganar votos: no es casual que su triunfo entonces haya coincidido con el único año de crecimiento de los cuatro de su gobierno.

Luego de eso quiso ir a fondo con su libreto, y terminó chocando la calesita, la historia es conocida: resistencia social a las reformas que terminaron amalgamando a la fracción más significativa de la oposición (que luego lo derrotaría en las urnas), cierre del financiamiento de los mercados de deuda, acuerdo con el FMI y desbarranco final, levemente repuntado entre las PASO y la elección general. La lección es clara: ajustando, recortando derechos y hundiendo al país en una profunda recesión con inflación, es muy difícil ganar una elección, como hasta el propio Durán Barba terminó aprendiendo, por las malas.

El Frente de Todos recorrió el camino inverso: construyó la unidad en el rechazo a las políticas del macrismo (tras la colaboración inicial clave de algunos de sus sectores con su despliegue) que apareció primero en las calles con la reforma previsional, para dar luego paso a los acuerdos políticos, el armado de la oferta electoral y el triunfo del 27/1O, con la decisión estratégica de Cristina de correrse de la candidatura principal.

Sin embargo, es necesario no perder de vista una caracterización correcta del proceso, y no caer en la sobrevaloración de la importancia de los acuerdos dirigenciales: el FDT y su triunfo electoral fueron más resultado del hartazgo social con el macrismo, y de los decepcionantes resultados de su gestión en materia económica y social, que de la inteligencia y generosidad con que se construyeron acuerdos para expresarlos, aunque una cosa no pueda funcionar sin la otra. Con la economía funcionando, generando empleo y consumo, otra hubiera sido la historia, por más amplitud en los acuerdos opositores que se haya logrado.

Las reflexiones son aplicables al presente: es clave y estratégico para el futuro del gobierno del «Frente de Todos» sostener la unidad del peronismo (esencialmente) y de los distintos sectores que lo componen, sin que nadie saque los pies del plato; pero es decisivo el rumbo que tome el gobierno, en relación con los intereses cuya representación asuma priorizar, que no pueden ser otros que los que le confiaron su voto, para llegar adonde llegó.

Todos tenemos claras las graves restricciones heredadas para el despliegue de la acción de gobierno, y por supuesto que ganar las elecciones y acceder al gobierno no es equivalente a conquistar el poder, ni modificar sus relaciones y su balance; pero en política democrática es clave revalidar la legitimidad de origen en el ejercicio, para revalidarla después en las elecciones sucesivas: eso supone estabilizar consensos sociales entorno a determinadas políticas públicas, y ensanchar las espaldas del que las tiene que aplicar, frente a la posible reacción de los intereses afectados.
En las parlamentarias del 2021 el macrismo pone en juego lo ganado en el 2017, su mejor momento, y el 40 % que obtuvo en las presidenciales podrá estar dividido o disgregado, o carecer de un liderazgo indiscutido, pero dentro de él y de los propios votos del FDT, hay voto suelto que oscila en cada elección, al ritmo de la situación económica, como bien apunta acá Claudio Scaletta. También es posible que cierta decepción social con los resultados del gobierno peronista decanten no en voto opositor, sino en alguna forma de anomia al  estilo del «que se vayan todos», pero no cambia el meolllo del asunto, en lo que a nosotros como fuerza política respecta.

De allí que la dominancia del problema de la deuda (ciertamente importante) o del equilibrio fiscal, en el discurso y en la acción de gobierno, son erróneas económicamente (no se crece ajustando), y suicidas políticamente (nadie vota pensando en el superávit fiscal): hay que prestar atención a los dichos de Cristina en Cuba cuando habla de pagar la deuda creciendo, y crecer con el Estado estimulando la economía, inyectando recursos, porque en recesión el capital acentúa su natural cobardía, y es reacio a invertir, hasta que no ve crecimiento y demanda que atender.

Invertir el orden de esos factores, precisamente, fue lo que llevó al macrismo al fracaso económico (en términos de comportamiento económico, no necesariamente de gestión de sus intereses de clase), y a la derrota electoral y política. Nada indica que nosotros estemos exentos del mismo riesgo. Y conexo a ello, cuando Cristina habla de revisar la deuda y establecer quien se benefició con ella, lo que está haciendo es trazar la hoja de ruta que lleva hacia los que la tienen que pagar; esa pregunta incómoda con la que viene insistiendo desde antes de las elecciones, y no tiene aun respuesta.

Si el gobierno encara una reestructuración exitosa de la deuda, que permita liberar recursos y energías económicas y sociales para crecer y distribuir, y pone el peso de pagar los vencimientos de la deuda reestructurada donde tiene que estar (en los que medraron con ella, fugando capitales), no solo será consecuente con sus promesas de las promesas de campaña y con los intereses que representó políticamente el «Frente de Todos», sino que se estará asegurando la revalidación de su legitimidad de origen, y estabilizando un consenso social mayoritario en torno a otro modo de organizar la sociedad, y repartir las cargas; distinto al que encarnó el macrismo. Que de eso se trata, al fin y al cabo.

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