Leíamos ayer con el gusto de siempre la nota de Claudio Scaletta en Página 12 en la que analizaba el primer mes de gobierno de Alberto Fernández, y los ejes principales de su programa económico y el contexto en el que estos se están desenvolviendo.
Señalaba Scaletta que esos ejes suponían un retorno al kirchnerismo versión 2003, en otro contexto: retenciones a las principales exportaciones (sobre todo del complejo agropecuario), desdolarización (o «pesificación») de los precios de la energía y las tarifas de los servicios públicos, desendeudamiento y estímulo a la demanda vía aumentos salariales y de jubilaciones de suma fija, a cuenta de las paritarias y la aplicación del régimen de movilidad jubilatoria.
Eso, en el plano económico. En el plano político, un gobierno que es el resultado electoral de una confluencia política trabajosa y paciente que buscó recomponer los pedazos del kirchnerismo original y sus agregaciones posteriores, suturando los desgajamientos que se fueron produciendo desde el 2003, en la gestión del Estado. Y un presidente concentrado en su rol de administrador de la crisis, y constructor de consensos sociales, económicos y hasta políticos, tratando de limar asperezas y evitar conflictos; mientras se endereza el barco y se le da rumbo -en lo inmediato- a la reparación de lo más gravoso de la herencia macrista.
A la hora de repartir las cargas en el esfuerzo, también hay bastante del kirchernismo original: la búsqueda de los equilibrios macroeconómicos (la idea no tan mencionada, pero presente, de los «superávits mellizos») poniendo el acento del esfuerzo en los sectores con espaldas (grupos exportadores, privatizadas de servicios públicos, bancos vía recorte de ganancias por rebaja de tasas más que impuestos a las ganancias extraordinarias obtenidas durante el macrismo (un error, en nuestra óptica), impuestos a sectores con mayor capacidad de ahorro y fuga, y con un ritmo de recuperación de los ingresos de los más postergados que no es el que todos desearíamos, pero es el posible en éstas circunstancias. Pasó entonces, se repite hoy.
Pero como dicen, nadie se baña dos veces en el mismo río, y volvimos, al mismo lugar del 2003, que ya no está como era entonces. Tampoco está -como hemos dicho otras veces- como estaba cuando cada una de las piezas del rompecabezas armado como «Frente de Todos» se bajó del kirchnerismo (algunos no se subieron nunca, y se suman ahora, y bienvenidos sean), por diferencias con el rumbo que adoptaban Néstor o Cristina.
Ese es un dato de la realidad que haríamos bien en tener cuenta todos, de Alberto Fernández para abajo, hasta el más simple y llano de los militantes; para no meter la pata, sea por exceso de prudencia o espíritu contemporizador, como por apresuramiento y ganas de tensionar, en los dos extremos del análisis.
Tomemos por ejemplo la política de retenciones, un instrumento del primer kirchnerismo revalorizado con el paso del tiempo en la necesidad de aportarle al Estado recursos en busca de su solvencia fiscal, útil para fijar diferentes tipos de cambio según el valor agregado a la producción y para desacoplar los precios internos de los alimentos de los del mercado internacional, en la lucha contra la inflación y por la recomposición de los ingresos reales de los sectores populares.
Los niveles de retenciones que el actual gobierno ha fijado, en especial a los sectores del campo, aun están por debajo de aquellos con los que se despidiera Néstor Kirchner del gobierno en el 2007, antes de que el gobierno de Cristina intentara establecer las retenciones móviles con la fallida Resolución 125, desatando el conflicto con las patronales agrarias. Y sin embargo, provocaron la misma reacción que la 125, con menor consenso social, pero con igual nivel de agresividad en el discurso de la dirigencia del sector.
Dicho esto porque precisamente Alberto Fernández terminó afuera del gobierno de Cristina en 2008, por no acordar con el modo como ella condujo el conflicto, y hoy se enfrenta a la misma disyuntiva. Lo mismo pasa en la relación con el Grupo Clarín: el kirchnerismo se decidió a romper con el hólding de Magnetto cuando AF ya no estaba en el gobierno, y cuando Néstor y Cristina comprendieron que el desafío de Magnetto comenzaba por negocios, pero iba más allá, comprendiendo la disputa misma del poder político.
Más de una década después y con el conflicto de la ley de medios, primero sancionada, luego judicializada y finalmente desguazada por DNU de Macri, Alberto dice admitir que la pelea tuvo el mérito de echar luz precisamente sobre ese aspecto: el rol político que juegan los medios, y como desde su influencia desafían al poder político en una disputa de poder. Sin embargo esa comprensión no parece ir por ahora más allá de lo teórico, e incluso ha dicho que no insistirá con la ley: nada de eso le valió un mejor trato del multimedios, ni que éste cejara en sus intentos de vertebrar la oposición a su novel gobierno, o a conducirla, incluso por encima de Macri.

Una mirada equilibrada del asunto reclama prestarle atención, aun cuando las respuestas -concediéndole este punto al presidente- podrían no ser las mismas que en su momento ensayó el kirchnerismo en los gobiernos de Cristina. Sin embargo, hacer como si no existiera y no disponer nada en consecuencia, podría ser un error fatal, porque nosotros ofrecimos enterrar el hacha, pero ellos no se dieron por enterados, ni lo harán.

¿Acaso la respuesta podría ser un esfuerzo del Estado por retomar y profundizar «Argentina Digital», aquel programa lanzado por Cristina a partir del despliegue de la TV digital y la fibra óptica por el esfuerzo de la gestión de Julio De Vido, preso político del macrismo que aun paga con su libertad tamaña osadía?

Esa sería una verdadera política pública democratizadora e igualadora de derechos, que facilite a todos los argentinos el acceso a Internet a costos razonables, y que por carácter transitivo, golpearía los negocios del Grupo de un modo decisivo, aun cuando conservara su posición dominante en materia de servicios de comunicación audiovisual. Claro que la medida exige decisión política, y alinear correctamente las fuerzas para no desgastarse en la partida, ni perderla.

Como ven, supone reconocer que el rival también juega, y que aunque uno se plantee no tener conflictos, si toma determinadas decisiones, los conflictos vienen solos, porque son consecuencia de la puja de intereses, no fruto de desbordes emocionales del que gobierna. Pero como este tema de «volver», a donde, cuando y como da para mucho, la seguimos otro día.

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