CADA UNO EN SU LUGAR

Finalmente el martes se trataría en Diputados el llamado «impuesto a las grandes fortunas», en una sesión especial convocada por el bloque del «Frente de Todos» con la firma de Máximo Kirchner. Si el proyecto no se trata antes del 30 de éste mes, caduca el dictamen de las comisiones que le dieron despacho favorable, habilitando el tratamiento en el recinto.Sea por eso o porque «alguien» (mucho más importante que cualquiera de nosotros) al interior del oficialismo se calentó con algunas de las últimas medidas del gobierno (como dar de baja el IFE), la iniciativa será por fin discutida en el Congreso, y cabe suponer que si se pide una sesión especial, están dados los números del oficialismo y sus aliados para aprobarlo: ¿una respuesta a ésta nota/operación de Lejtman en Infobraden?

Como era de prever, la oposición se opone: desde «Juntos por el Cambio» anunciaron que votarán en contra, y desde el FIT que se abstienen, porque la crisis la tienen que pagar los capitalistas pero no así, no ahora, no de éste modo y coso. Lo que a nosotros nos parece perfecto: hace rato que venimos diciendo hay que plantear una agenda de temas que, además de atender prioridades urgentes y repartir las cargas de un modo justo, pongan a cada uno en su lugar, en el mapa político.

La década kirchnerista estuvo atravesada por grandes debates y discusiones en el Congreso, en torno a cuestiones centrales: la captación de la renta agraria diferencial vía las retenciones, la ley de medios, la deuda y el acoso de los fondos buitres, la reforma a la carta orgánica del Banco Central, la ley de abastecimiento y los abusos de los formadores de precios, el voto joven, la liquidación del sistema de jubilaciones privadas, las reformas al sistema de inteligencia, Argentina Digital, entre otros.

El Congreso se convirtió así en caja de resonancia de lo que los medios hegemónicos llamaban «la crispación kirchnerista», pero que en realidad era la osadía de Cristina de plantear ciertas discusiones en torno a determinados temas considerados «tabúes», avanzando sobre terrenos en los que la política (tal como se la entendió y definió en los 90′) no debía meterse. En todos esos casos, la propia Cristina llamaba a la oposición a sumarse a los avances en temas que significaban profundizar y consolidar la democracia en esos «territorios» a los que no llegaba, pero casi nunca obtuvo respuesta.

El núcleo duro de la oposición que hacia 2015 terminaría conformando «Cambiemos» (la UCR, el PRO y la Coalición Cívica) se opuso sistemáticamente a todas y cada una de esas iniciativas, y las votó en contra incluso aunque se tratara de cosas que ellos mismos habían propuesto durante el menemismo, como pasó con los radicales o Carrió con la eliminación de las AFJP, la ley de medios o la recuperación de Aerolíneas Argentinas. Y la izquierda se abstuvo siempre, o incluso votó en contra.

En un caso, las razones estaban claras: esa oposición se alista de inmediato como infantería parlamentaria de los más poderosos de la Argentina, para dar la batalla por ellos desde sus bancas, como lo va a a hacer ahora en defensa de los diez o doce mil tipos más ricos del país y sus fortunas. Y en el caso de la izquierda, la explicación podría remitir a los dominios de la sicología: ese infantilismo de sostener una revolución imaginaria que jamás concretarán, sobre todo porque nunca desarrollan algo parecido o cercano a la estrategia correcta para conseguir los votos y el caudal político que les permita llevarla a cabo.

Como sea, el impulso del proyecto favorece al gobierno en más de un sentido: le pone un tema de agenda más en línea con su discurso de campaña y con las necesidades de su propia base electoral, y le despeja el panorama político poniendo a cada uno en su lugar, y sobre todo, a los opositores en el que quieren estar, por decisión propia. No se dirá que éste gobierno y éste presidente no son de hacer gestos conciliadores a los adversarios, como cuando retrocedió en la expropiación de Vicentín.

Pero esos gestos, hasta acá, no han sido nunca correspondidos, y si la política argentina se desenvuelve en un clima de reñidero, no es por culpa del gobierno o del presidente: es el tono que ha elegido la oposición para hacer política, que es el mismo que empleaban con Cristina cuando gobernaba. Si la situación se parece a la de la relación del gobierno con los principales medios, no es causalidad: esos medios editorializan a la oposición, le marcan la agenda y le imponen la línea, y así viene siendo desde 2008 por lo menos.

De modo que bienvenida la discusión, bienvenido el impuesto (que salga, y luego quede permanente) y bienvenida la oposición de los que se oponen, porque ayuda a no confundirse y recordar como y por qué ganamos las elecciones el año pasado. Y no se trata simplemente de pelearse por pelearse, o negarse a buscar consensos: en política, aunque se quiera ignorarlo o disimularlo, siempre es cuestión de representar; la cuestión es a quien o quiénes. Tuits relacionados:

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