Es cierto, el golpe fue inesperado y al mentón. Esa depresión de «sentir» que todo lo hecho no había valido de nada. Esa angustia de tener que volver aquellos tiempos que creíamos enterrados. Volver a escuchar esas frases hirientes, por su inhumanidad, por lo que terminaron justificando. Resignación, sentirse «quebrado» política y emocionalmente. Y sí encima, te toca vivirlo en carne propia, la «cosa» toma otra dimensión, más brutal. Es simple, te preguntas: ¿para qué? todos aquellos que abrazamos la vida con un compromiso social y qué nos negamos ser automatizados, trabajar. comer, auto 0, casa, sin poder gozar, protestar, sin sueños, poesía, creer que uno también es el otro, equilibrar las injusticia, equilibrar los derechos, que no existe una sola rosa que florezca sobre campo arrasado, quedamos noqueados. Escapar a la rutina de mierda del consumismo desenfrenado, del exito monetario pisando cadaveres, que nos convoquen a la hazaña.
Morir, secarse interiormente. Así me sentí hasta el martes, no soy de simpatizar con el sindicalismo argentino, sobre todos los burocratas, gordos enriquecidos. Pero fue esa marea de gente, me sentí abrazado, entendido, emocionado, que, más allá de tiempos de acornocamientos de parte de la sociedad, en la lucha y los sueños está el regreso de la alegría, de ganas de volver a vivir. Qué surgirá un laburo, que esto fortalece. Qué valió la pena, en la dictadura tardamos hasta Malvinas en reaccionar la mayoría de la sociedad, qué soportamos 10 años de Menem, ahora en menos de 3 años la gente reaccionó, llegó la marea verde, la paridad, el repudio masivo al FMI y los ajustes, que los jovenes en su mayoría no van a resignar los derechos conquistados en esos 12 años. Y como siempre, nadie nos prometió un jardín de rosas solo la maravillosa sensación que estamos vivos.

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