Cuando Evita vivía y protagonizaba la política argentina -y vaya si la protagonizó- no se hablaba de «grieta», pero existía más que nunca: la acusación cualunque de «la contra» (como le gustaba decir a ella) al peronismo era que había introducido la política en las casas, dividiendo a las familias.
Y Eva era «la grieta», o frente a ella se abrió un abismo: la amaron y la odiaron con igual intensidad, exactamente por las mismas razones: lo que para algunos fue bálsamo, alivio, redención y esperanza, para otros fue insolencia intolerable, digna del insulto, el agravio y la vejación: se metió con cosas con las que no había que meterse, porque siempre habían sido así, y así debían ser.
El odio a Eva de algunos fue tan grande que no se detuvo ante su enfermedad -allí quedó como registro de la infamia aquella pared que vivaba al cáncer-, ni ante su muerte: la odiaron más allá de ella como la odian aun hoy, porque en realidad odian lo que representa.
Y por eso ocultaron su cadáver y lo vejaron, por odio y también por miedo al amor de su pueblo, sin entender que Evita ya no estaba en una tumba o un mausoleo, sino en cada corazón humilde, y de allí jamás podrían robarla para ocultarla o desaparecerla.
Porque Evita fue, más de veinte años de la última dictadura, la primera desaparecida; con esa obsesión enfermiza de los gorilas con la muerte y los cuerpos, con ese odio enfermizo que los consume cada vez que comprueban que el peronismo, ese objeto de sus desvelos, sigue allí cuando se despiertan, pese a sus innumerables intentos por -otra vez- desaparecerlo.
Eva escribió -o escribieron para ella- un libro: «La razón de mi vida», que fue texto escolar y que evoca a la abanderada de los humildes de las estampas. También, claro, escribió «Mi mensaje», ese otro texto silenciado porque mostraba a la Evita del rodete enérgica y apasionada, que azotaba a latigazos verbales a la olgarquía infame y explotadora, tanto como los que ella llamaba sin tapujos, los traidores de adentro.
Los que la odiaron y odian, no distinguieron entre su ternura y su pasión militante -porque Eva era eso: la primera militante, fanática e incondicional, de Perón y el peronismo-. Y el título del libro era lo mejor, porque era lo más exacto: Evita encontró en la causa de los humildes, la razón de su vida, y dio testimonio de ello hasta el fin, dando eso, su vida. Y por eso la amaron, y la lloraron como la lloraron cuando «transitó hacia la inmortalidad» (esa frase ideada por un burócrata de la comunicación oficial, que por una vez fue precisa), como dan cuenta los videos que se suelen reproducir para esta fecha.
Muchos años después Cristina -que nació después de que Eva muriera, un día como hoy, hace 68 años- llegó al mismo lugar que ella, no a la misma altura, claro: la propia CFK fue siempre la primera en descartar la comparación, señalando que Evita era -como fue- única e irrepetible.
Y ese mismo lugar no fue tanto el del protagonismo político que sin dudas tiene: es la figura política más importante del país, esté donde esté, hace más de una década, aunque la dieron por muerta innumerable cantidad de veces. Pero vuelve otras tantas, porque al igual que Eva, hay un lugar del que nunca se fue: el corazón de muchos argentinos y argentinas, en especial los más humildes.
Sin embargo, el «otro» mismo lugar de Eva al que llegó Cristina es el odio, persistente enfermizo, obsesivo e irracional de los mismos que odiaron a Evita, porque odian lo que las dos representan: la dignidad y los derechos para las clases populares, la «subversión» de un orden social que entienden inmutable, propio del orden natural, y que es sacrílego intentar siquiera alterar. Y también la convicción enorme de sostenerse frente a viento y marea, y sin aflojar en defensa de lo que creen justo, aunquee vinieran degollando.
Claro que los que las odian no dirán que es por nada de eso, y en consecuencia preferirán hablar de cadenas nacionales o carteras caras, como antes hablaban de las joyas, o los juguetes de la Fundación. El odio siempre encuentra atajos para esconder sus verdaderas razones; lo que le cuesta más, en cambio, es esconder su objeto, el destinatario de ese odio visceral: hasta se diría que no se proponen ocultarlo, se enorguellecen de odiar y se definen a partir de lo odiado.
Es un odio tan intenso que no puede existir sin el odiado, sin mencionarlo, sin tenerlo en la boca todo el tiempo. Pasó antes con Evita, pasa hoy con la misma furia e intensidad, con Cristina: que si habla porque habla, que si se calla porque se calla, que si -como acaba de decir Beatriz Sarlo- sus palabras son inquietantes, más perturbadores son sus silencios.
Frente a cada avance del odio (y vaya si el odio avanzó en éste país) muchas veces nos cuestionamos si -como dice siempre Cristina- el amor es una fuerza superior, capaz de vencerlo. Sea cual fuere la respuesta, el cierto que el odio es una fuerza motivadora poderosa que no puede menospreciarse, pero que no puede construir nada perdurable sino el mismo odio. Más allá de sí, se deshace en impotencia, y acaso la comprobación de ese hecho, sea lo que realimente el odio.
De los que odiaron y odian a Evita se podría decir lo mismo que de los que odian a Cristina: que al tiempo que las odian, las necesitan, más incluso que los que las aman. Es como si Eva antes o Cristina ahora fueran -en un sentido trágico.  y parafraseando a la propia Evita- la única razón de sus vidas.

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