Del peronismo se ha dicho hasta el cansancio que antes que un partido político o un movimiento, es un formidable aparato de poder, desprovisto de ideología, y de exacerbado pragmatismo; dispuesto a hacer cualquier giro o contorsión con tal de acceder al poder si no lo tiene, o conservarlo si lo posee. Un socio o aliado circunstancial, que te acompaña hasta la puerta del cementerio, pero nunca entra.

La caracterización por supuesto, por supuesto, la han hecho los gorilas y la oligarquía, que como decía Cooke, en un país colonial son las dueñas de todo, hasta de los diccionarios. Pero eso no significa que en algunos casos no sea en parte cierta, o que algunos que se dicen peronistas no la compren, y crean que el peronismo se reduce a eso.

De hecho, desde que asumió Macri para acá, muchos peronistas (gobernadores, senadores, diputados, dirigentes sindicales e incluso analistas políticos) han explicado desde allí la “colaboración” de un sector de la oposición al gobierno con los planes de éste, desde aquella “manito” inicial de validar el acuerdo con los fondos buitres, a la aprobación del presupuesto del año que viene, que algunos se aprestarían a perpetrar ahora.

En éste último caso nos queremos detener: hemos hablando mucho acá del tema, y nos hemos cuidado bien de juzgar a los “pragmáticos realpolítikers” en sus propios y estrictos términos, es decir, según los resultados que obtuvieron de su aporte de “gobernabilidad” al nuevo experimento oligárquico que gobierna la Argentina desde diciembre del 2015.

Lo concreto es que no pueden exhibir muchos resultados que justifiquen el pragmatismo, porque el gobierno no sólo no ha cumplido la palabra empeñada en cuanto pacto, acuerdo o rosca accedieron a cerrar con él, sino que acto seguido  busca la forma de sorprenderlos desprevenidos para pasarlos a degüello, como las tropas mitristas en sus expediciones de policía al interior del país, en el siglo XIX.

Basta recordar lo que pasó con el presupuesto del año pasado (tirado al canasto por el propio gobierno a las 12 horas de haber sido sancionado), el financiamiento de los déficits de las cajas jubilatorias, o las contraprestaciones pactadas por haber bancado la ruinosa (para los jubilados) reforma previsional. El presupuesto del 2019 está lejos de ser la excepción a la regla, sino más bien es su plena confirmación.

El libelo remitido por Macri al Congreso luego del ajuste pactado con el FMI (el primero) ya ha sido analizado acá en varias oportunidades, y a ellas nos remitimos; pero nos permitimos recordar algunos aspectos significativos que los pragmáticos dispuesto a votarlo parecen haber deglutido: la eliminación del fondo sojero y su reemplazo por una contribución excepcional, menor y discrecional, por única vez; la insistencia en rebajar jubilaciones y asignaciones familiares a las provincias de la Patagonia, la eliminación de los subsidios al transporte, la paralización de la obra pública nacional en las provincias, el intento (aun no concluido) por eliminar la tarifa social de la electricidad transfiriéndoles a los gobiernos locales su financiación y más recientemente (en el Boletín Oficial de ayer, ver acá), la eliminación de la bonificación por menor consumo en las tarifas del gas, y la rebaja de los descuentos en sus tarifas para las provincias de la Patagonia.

Eso, ateniéndonos estrictamente a las disposiciones del presupuesto que tienen que ver con la relación entre la nación y las provincias, y sin considerar las otras cláusulas del mismo que lo hacen invotable: los cambios en Ganancias de resultas de los cuáles más jubilados y trabajadores pagarán más del impuesto, el intento de dejarle las manos libres al gobierno para reincidir en un mega canje de deuda, otro manotazo a las utilidades del Banco Nación, solo por citar algunos.

Sin embargo y como da cuenta la imagen de apertura, el “peronismo racional”·representado en el Senado por el bloque de Pichetto, y en Diputados por el interbloque “Argentina Federal” que reporta a algunos de los gobernadores, acompañaría con sus votos el presupuesto, a cambio de algunos retoques menores. Lo mismo harían los diputados del Frente Renovador con algunas excepciones a confirmarse (Felipe Solá, Daniel Arroyo, Facundo Moyano), pese a las ambiguas promesas promesas de Sergio Massa a los sectores más combativos del sindicalismo; y en ambos casos habrá que estar atentos a oportunas ausencias o abstenciones.

Todo eso pese, también, a que el nuevo acuerdo que el gobierno acaba de concluir con el FMI (que al igual que el primero tampoco pasará por el Congreso) impacta sobre el presupuesto, al punto de convertir sus proyecciones en papel higiénico: contempla un dólar en promedio a $ 40,10 para el año que viene, cuando la propia “tablita” que comenzará a aplicar el Banco Central lo sitúa pasando los 48 $ para diciembre de este año, y los 57 $, para el año que viene. Eso, sin considerar el doble destrato institucional de sombrerera al Congreso en una discusión que constitucionalmente le corresponde, y las consecuencias sociales del mega ajuste con las que deberán lidiar si ese presupuesto se aprueba tal cual fue enviado.

Así las cosas y a esta altura del partido, corresponde que uno se pregunte cuan pragmática es una oposición (peronista) que acompaña a un gobierno que marcha al cementerio, y decide entrar con él, compartiendo su suerte hasta el final; y si fuera cierto que creen ser la alternativa para sucederlo, condicionando la suya propia con compromisos política y socialmente incumplibles y económicamente lesivos, y una bomba de endeudamiento que surgen de los pactos con el FMI.

Acaso los “realpolítikers” estén en realidad y en definitiva, respondiendo a convicciones ideológicas profundas, desde las que eligen no cuestionar el rumbo que lleva al país a la quiebra, porque en su fuero íntimo piensan que es el correcto. Algunos incluso lo han blanqueado, como Schiaretti o Urtubey; quizás porque lo ven parecido a otro peronismo con el que se sintieron más a gusto, que es el que le gustaba a la gente que no es peronista: el peronismo de Menem en los 90’, con Cavallo, María Julia y don Alvaro subidos al bote, para colaborar en la concienzuda destrucción de la Argentina peronista; ese peronismo que se reconciliaba con Isaac Rojas. O el de Ricardo Zinn funcionario del gobierno de Isabel, ya muerto Perón, en los 70’.

Si hubiera que apostar, diríamos que muchos de ellos sufrieron el kirchnerismo, como una especie de infiltración izquierdista en el movimiento (muchos parecen conservar “los viejos odios” como decía Borges, pero en este caso de las peleas internas de los 70’), que toleraron mientras hacerlo les reportaba caja, obras y votos para ganar elecciones, y de la cual el triunfo de Macri vino a liberarlos; y por eso le quieren retribuir apoyándolo. Tuit y video relacionados:

Miguel Ángel Pichetto@MiguelPichetto

Argentina necesita un proyecto político que supere el pasado y que sea capaz de devolverle las ilusiones a los Argentinos

20:42 – 27 sept. 2018

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Publicado por La Corriente Kirchnerista de Santa Fe en 0:

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