Uno no se da cuenta cómo crecen sus hijos. Yo no me lo dí. Perdí tiempo precioso pensando que siempre iban a estar ahí. Bajo mi protección. Bajo mi cuidado. Hoy hace 4 años que ya no dormimos todos juntos en una misma casa.

Escribo esto a minutos que mi hijo mayor cumpla 24 años. Los escucho desde abajo, a él (Sacha) y a su hermano (Lucas). Y no puedo dejar que me atrape la nostalgia. Hace 24 años atrás bajo un abril muy caluroso (ese 13 cayó sábado y la temperatura fue de casi 35 grados) ya estábamos internados con su mamá en el viejo Sanatorio Privado.

Sacha termino naciendo el domingo 14 al mediodía luego de una cesárea. Luego llegaría Lucas al año y medio. Me acuerdo que junto con Flor fuímos a hablar con el pediatra (El adorado Juan Carlos David) por si no era muy pronto. «Todo lo contrario, nos dice, así se van a criar juntos y cuidarse toda la vida».

No puedo hablar de Sacha sin hablar de Lucas, ni de Lucas sin hablar de Sacha. Eran terribles. Se vivían peleando por todo. Tan distintos entre sí.

No voy ahondar en cuestiones que ya he contado, todo lo que enfrentaron, mi divorcio tempranero, sus otros hermanos a los cuales amaron y aman, su otra pareja de papá. Su papá con sus infiernos y demonios. Su mamá y el dolor. Pero la felicidad según sus propias palabras por su lucha y de haberla «gozado» hasta cuándo la vida se los permitió. Estefanía, Rodrigo, sus sobrinos. Raquelita.

Colon y su pasión.

Ni sigo una línea de tiempo. Desde que no dormimos más los 4 juntos he tenido sueños con ellos. Qué seguimos juntos. «Tenes el síndrome del nido vacío, me dicen» No es el nido, es el corazón.

Sueños que terminaban en angustia. En dolor. Extrañando. en culpa. Cómo pretende la vida que aceptemos que ya no son nuestros bebés?

Tuvimos nuestros encontronazos. No es que dejamos de hablarnos, en estos tiempos alcanza con bloquearse en wasap. Nos escribimos de todo. Ahí me dí cuenta de una herencia maldita que tengo, qué he potenciado y perfeccionado. Ser muy ácido y jodido a la hora de insultar.

Interrumpo brevemente este relato, son las 12 hs, subo la escalera, le digo feliz cumpleaños, lo abrazo, hay más sentimientos contenidos que los demostrados, bajando se me pianta un lagrimón.

Esta en su compu, con auriculares, y su celu. Son tiempos así potenciados por el encierro. Llegué a la casa de ellos a la semana de la cuarentena hace exactamente hoy dos semanas. Con mi egoísmo e irresponsabilidad a cuesta. Tipo 1.30 hs de la madrugada. Con un bolso.

Una vez más subestimé que uno de mis hijos tiene factores de riesgo. Pero él no entiende lo que es mi capacidad de negación de aquello que me destroza. Una precoz enfermedad así lo hace. Me voy, paso la noche en una plaza, camino y camino. Al otro día vuelvo y me abren la puerta generosamente (ellos empezaron la cuarentena una semana antes) ellos?, te preguntarás, SÍ, porque el otro le hace la «segunda» al hermano.

Reglas de convivencia claras. Justo está Tiziano también con ellos. Cómo crecieron, no sólo fisicamente, en todo. «Che que lija», «broders», «amigo», «vieja», «tengo cupones gratis de no sé qué que se ganó no sé en donde, que le aparece en el celular». ¿hacemos un torneo de play ? Y los partidos vienen con relatos incluídos, cánticos tribuneros, abstinencia de tribuna real.

Discuten sobre series, peliculas. Uno cocina, el otro limpia, horarios diferentes pero «morsas» como yo para dormir. «El negro» siempre a su lado como hace años, cuándo su mamá lo recogió de la calle. Son hermanos, amigos, compinches y cómplices, todo junto en el momento justo, en el lugar justo y en la edad justa.

Me siento en paz como hace muchisimo tiempo no me sentía. Es raro, los padres deberían contener a sus hijos y no al reves.

Sólo algunos arrebatos de verguenza, ellos tienen poco y yo nada. Ellos pagan todo. No debería ser así. Maldigo mi pobreza, casi indigencia económica.

Su amor, generosidad, poniéndose por encima de esos momentos de discusiones, reproches, pases de facturas.

No tengo más pesadillas. Se puede ser feliz en tiempos de infelicidad ? pero esto también nos trajo la pandemia. No tengo plata. No hay regalos. No le importa. Ruego que entiendan, sepan y sientan que MI CORAZÓN LATE EN LOS SUYOS, cómo los SUYOS en el mío.

Pienso en su mamá, y más allá de cómo hayamos sido como padres/madres (ella mucho más cercana, yo más protector desde otro lugar) les dejamos el mejor regalo: «Qué se tengan los dos para SIEMPRE». Y eso NO TIENE PRECIO.

Y por eso estoy seguro que Flor también como yo estará feliz desde dónde los este cuidando.

 

 

 

 

 

 

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