Cualesquiera sean los méritos que se le adjudiquen a Duhalde por su manejo de la transición post estallido de la convertibilidad (que como todo hecho histórico/político, es algo sujeto a controversias), el tipo parece empeñado en destruirlos haciendo papelones; desde aquel 2002 en que prometió que se retiraría de la política luego de ejercer la presidencia provisional, para quedarse a cuidar a sus nietos. Una promesa que por supuesto no cumplió.
Lo cierto es que emergió de aquel mandato auroleado con fama de «piloto de tormentas». hombre experto en los menesteres de la política, cuya opinión es importante sino decisiva. Mito que él, por supuesto, se encargó de alimentar desde entonces; y fue creciendo al amparo de cierta complicidad mediática (sobre todo de aquellos a los que salvó de la quiebra pesificando las deudas y con  la ley de bienes culturales. como Clarín), y de parte de la política.
Se nos pinta a Duhalde como un permanente constructor de Moncloas imaginarias, un estadista que eleva su mirada más allá de las rispideces de la coyuntura, y con sapiencia en lides electorales, algo que no resiste el menor análisis, a poco que se repase su trayectoria: desde que fracasó frente a De La Rúa en el 99′, no paró de enhebrar derrotas, por cifras abismales; él mismo en persona (como su propia candidatura presidencial en el 2011 «para frenar a Cristina»), o su mujer, que en el 2005 fue lanzada a una derrota cantada frente a la misma CFK.
Desde el 2003 para acá (es decir, desde el kirchnerismo), no hubo intento de construcción de un «peronismo sin mecla K» que no lo contara entre sus mentores o promotores; y desde De La Sota a Reutemann, pasando por Urtubey o Lavagna, no hubo prospecto de candidato «peronista presentable» para el establishment que no contara con su apoyo, haciéndonos saber (como si su opinión realmente importara) que el hombre en cuestión daba la talla, y él lo certificaba: una especie de ISO 9001 de presidenciables peronistas, en la que nunca se termina de saber muy bien quien lo convirtió.
Cada vez que Duhalde aparece y abre la boca, nunca escapa de tres o cuatro tópicos recurrentes: alertar sobre un posible estallido social (con lo cual se carga solo por probables saqueos), llamar a un gobierno de coalición o unidad nacional incluyendo a la UCR (como hizo en su interinato), pedir que no se moleste a lo hombres de negocios y se los deje ganar plata (como hizo ahora con Vicentín, o hablando contra el impuesto a las grandes fortunas) y denostar a la política argentina, diciendo que acá discutimos cosas que en otros países ya resolvieron hace décadas.
Un doñarosismo conceptual de una mediocridad apabullante, traficado como si estuviéramos en presencia de un estadista de proporciones; y una defensa objetiva de los intereses de los más poderosos de la Argentina, la línea política fundamental que ordena sus movimientos.
Y siguiendo con su costumbre de dar consejos no pedidos (esperemos que así sea en éste caso), ahora reaparece para decirle al presidente que, si el año que viene no quiere perder las elecciones, lo que tiene que hacer básicamente es desprenderse de Cristina y del kirchnerismo; o sea de quien lo ungió como candidato, y de quienes aportaron buena parte de los votos para que llegara a ser presidente.
Con lo cual a la intención de Duhalde se le ven las patas a la sota, que son más o menos las mismas desde que comprendió que a Néstor no lo podría controlar, para acá: vehiculizar los propósitos políticos del establishment (porque aun con pasado de puntero en Lomas, eso es básicamente Duhalde: una figura que juega la cúpula del poder real de la Argentina, cuando hace falta para defender sus intereses), abriendo una cuña en la coalición política que sustenta el gobierno, «arrastrando marcas» en la creencia que se lleva algo de sus votos.
Lo mismo que hizo (o intentó en vano) en el 2011 con su propia candidatura, o en 2019 alentando la de Lavagna, por ejemplo. No más que eso, pero menos tampoco.

Comentarios Facebook