La semana que pasó los obsesionados con Cristina superaron su propia marca: sin que ella hablara, ni apareciera en público, ni tuviera alguna participación destacada en la última sesión del Senado, redoblaron los ataques contra su figura, desde todos los costados posibles.

Laura Di Marco anuncia un libro donde analiza (es un decir) su historia familiar y llega vaya uno a saber a que conclusiones, Morales Solá le echa la culpa del funcionamiento de la economía y la inflación, la oposición dice que en realidad es ella la que gobierna, Van Der Kooy le hace decir a la CGT y los gobernadores del PJ que hay que rescatarlo a Alberto de sus garras, para algunos está enojada por el voto contra Venezuela en la ONU, para Altamira ella fue la autora intelectual del voto.

Para otros Alberto es un títere en sus manos, y no faltan los que dicen que está enojada con la marcha del gobierno y pide cambiar medio gabinete. Hubo hasta alguien que hizo un programa entero con «la agenda de incógnito» de Cristina. Ella no habla, nadie habla con ella, pero todos dicen saber lo que dice, lo que piensa, lo que hace y lo que va a hacer.

Que para los anti K Cristina es un objeto de odio solo comparable a lo que en su momento fue Evita es sabido, pero no deja de sorprender el nivel de obsesión. Tanto que da que pensar -como pasaba con Eva- que trasciende a su persona, y se extiende a lo que expresa y representa.

Porque Cristina ya no se pertenece, y está integrada al imaginario vital de millones de personas, y allí están las raíces profundas de su liderazgo, que no depende de los roles institucionales que le toque ocupar. Algo que parecen no comprender muchos oficialistas, que siempre están buscando la forma de jubilarla, oscurecerla, desmerecerla, restarle méritos; olvidando que sin ella no estaríamos en el gobierno: tan simple como eso.

El fenómeno Cristina tiene aristas ciertamente individuales (sus propias y excepcionales condiciones políticas, que sobresalen en un horizonte de chatura), pero sobre todo políticas: Cristina representa un modo de entender la política, claramente disruptivo y contracultural, en los tiempos actuales. Cristina puede rosquear, pero no termina en la rosca, puede ser pragmática pero no renuncia a expresar ideas, y lo más importante: jamás desertó de la obligación de representar; y no le da lo mismo a quienes representa.

Por eso Cristina seguirá siendo Cristina, así como Perón siguió siendo Perón, por las mismas razones: en política nadie y nada desaparece con solo desearlo, sino cuando es superado, o son superadas las condiciones que lo crearon.

Hoy se puede ver un intento -larvado, no público ni evidente, pero intento al fin- de algunos oficialistas -que no fueron los que se destacaron precisamente en la oposición al saqueo macrista- por hacer como las elecciones del año pasado, y más que ellas, las condiciones en las que el FDT obtuvo el triunfo, no existieron, o fueron distintas a lo que realmente fueron.

Y entonces a Cristina se la esconde como se esconde al kirchnerismo, escondiendo lo que representan políticamente. No faltan incluso los teorizadores de la tibieza contemporizadora con el poder real, como la única salida racional disponible, como éste.

Cada vez que le preguntan a Alberto por su relación con Cristina, contesta que no se piensa pelear más con ella, y no lograrán que lo haga. Intenta así obturar lo que es hoy la principal estrategia política de la oposición: meter una cuña al interior de la fórmula ganadora, y desde allí hacia el interior de la coalición oficialista.

La respuesta presidencial es de manual, pero debe ir acompañada de hechos: no hay que aceptar que desde afuera te quieran marcar la agenda, descalificando ideas, decisiones, medidas, líneas de trabajo, con el mote de que son kirchneristas, se le ocurrieron a Cristina o es ella la que las fogonea.

Porque de ese modo además de ser funcionales a los planes del enemigo y convalidar su discurso que nos expulsa de los terrenos de la política democrática, estamos ignorando las preferencias concretas y el liderazgo real en el que se referencia la mayor parte de nuestra propia base electoral.

Ellos que sigan con sus obsesiones, nosotros a lo nuestro. Y lo nuestro necesita mucho de Cristina, no solo de su protagonismo personal, sino de hacer un gobierno parecido al que haría ella, en éstas circunstancias, aunque nos quieran convencer de que es más conveniente otra cosa.

Actualización: Lectura complementaria imprescindible.

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