Cuando Cristina decidió el año pasado correrse del centro de la escena y declinar su candidatura en favor de la de Alberto Fernández, todos asumieron (mimos) que también se corría «hacia» el centro, planteando una alternativa más moderada, y capaz de captar «votos blandos sueltos» del otro lado de la grieta.
En todo caso lo que hizo fue sacarle al macrismo la excusa de centrar la campaña en ella, su figura, su estilo y el balance de sus gobiernos y del kirchnerismo en general, para ponerlo donde debía estar: en el balance de los cuatro desastrosos años de gestión de Macri, y sus consecuencias.
Los resultados electorales mostraron que la estrategia fue exitosa, y queda para una improbable comprobación contrafáctica si hubieran sido distintos, con ella como candidata. Desde acá sospechamos que no, pero esa es otra historia: lo cierto es que esos mismos resultados mostraron una aguda polarización, en una elección que se resolvió en primera vuelta pero con dinámica de balotaje; con dos coaliciones sociales buscando su representación política, o si se quiere, expusieron los anclajes sociales profundos de los que medios hegemónicos simplifican llamando «grieta».
Ya con Alberto en el gobierno, el discurso opositor (el de los medios hegemónicos, que son la oposición real tanto como vertebran y organizan a la institucional), viró hacia la búsqueda de disensos al interior del «Frente de Todos», y el intento de construcción del «albertismo», una supuesta nueva identidad política en la que el presidente lograba desembarazarse del lastre de su molesta vice, que ya había cumplido su rol aportándole los votos necesarios para llegar a la Casa Rosada. Ojo: no pocos de éste lado de «la grieta» compraron ese discurso, y aun hoy lo sostienen.
Pero como dijimos, «la grieta» expresa una realidad sociológica más profunda que una cómoda definición mediática, y en el ejercicio del poder hay que tomar decisiones, fijar prioridades, atender demandas y -aunque muchos no lo crean- afectar intereses. No existe cosa tal como «gobernar con todos y para todos».
De allí que cuando el gobierno hace lo que debe hacer (intentar reparar los estropicios causados por el macrismo, sin hacerles pagar el costo de la reconstrucción a los que fueron sus víctimas), el eje discursivo se corre de las presuntas disputas internas en el peronismo, y los acusan (al gobierno y al presidente) de kirchneristas: es así como aparece por ejemplo Rosendo Fraga (el presunto analista más lúcido de la derecha vernácula) explicándonos las medidas de Alberto como «un esfuerzo por contentar o contener a Cristina».
De ese mismo origen proviene esta nota de Aulicino en Infobraden, donde se invierte el orden de los factores, con la esperanza de invertir el producto resultante: es -una vez más- el kirchnerismo el pendenciero, el que estimula la grieta y el que busca pelea y conflictos innecesarios allí donde no los hay; como por ejemplo metiéndose con las jubilaciones de los jueces y diplomáticos, o amenazando con aumentar las retenciones.
No son (como es en realidad) los intereses afectados por esas medidas los que reaccionan, poniéndose al borde del sistema democrático: «el campo» extorsionando con cortes de ruta, piquetes y desabastecimiento, los jueces amenazando con una catarata de fallos contrarios a los deseos del gobierno, o la oposición vaciando el Congreso mientras denuncia que se lo atropella, cuando se estaba tratando un tema que ellos mismos pidieron tratar, solo semanas antes.
Si alguno encontró semejanzas entre el escandalete por la presencia de Scioli en Diputados con alguno de los muchos episodios similares sucedidos entre 2003 y 2015 (recordar la discusión de la ley de medios, o el voto joven), es porque son exactamente iguales. La oposición podrá cambiar de «razón social», pero su núcleo duro sigue siendo siempre el mismo, y se comportará igual cuando gobierna el peronismo, se llame kirchnerismo o no, estén Cristina o Alberto en la Casa Rosada.
Porque el trasfondo real de todo es que lo que llaman «grieta» en realidad es un conflicto de clase, dirimido políticamente desde hace décadas en el clivaje peronismo-antiperonismo, nuestra versión histórica del conflicto de clases; porque aun cuando nunca el peronismo se haya definido como un movimiento clasista, él y su némesis antiperonista encarnan políticamente desde siempre diferentes universos de representación: los trabajadores y los sectores populares por un lado, las clases privilegiadas y buena parte de las clases medias, por el otro.
Esos son, por supuesto y en trazo grueso, los núcleos duros de cada coalición social, con sectores fluctuantes en su humor electoral, al compás de cada coyuntura; y tomando nota por nuestra parte del hecho real de que las clases sociales en sí ya no son lo que eran en 1945.
Por eso cuanto «más peronista» sea el gobierno (como lo fue el kirchnerismo, sin dudas), es decir cuando se haga cargo con más decisión de su universo de representados, más conflictos y resistencias tendrá, más allá de los modos y estilos del que ocupe el despacho principal de la Casa Rosada.
Lo cual deja una enseñanza para el gobierno, y para el presidente: pueden perseverar todo lo que quieran en los modos y los estilos de gestión y construcción política con los que se sientan más cómodos, pero más importante aun, es que perseveren en el rumbo que atienda los intereses de los sectores sociales que aspiran a representar, que fueron a su vez sus apoyos electorales. En el excelente discurso de ayer en el Congreso, Alberto dio muestras de que va a hacer las dos cosas

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