A propósito de la carta que Macri publicó hace unos días «rompiendo el silencio» en La Nación, decíamos acá: «Por otro lado, la idea de que el voto popular del año pasado y sus consecuencias políticas pierdan peso específico como factor de importancia para ordenar la situación política, es música para los oídos de los que nunca se someten a las urnas pero siempre conservan el poder, en todos los gobiernos, como el empresariado nucleado en la AEA.».

«O los que quieren aleccionar a la Argentina por la «excepcionalidad» -en el contexto regional- de haber encontrado una salida a su crisis por medios electorales, para desplazar a la derecha en el poder: allí andan los Estados Unidos, que en plena pandemia y proceso electoral interno, se hicieron tiempo para entronizar en el BID al «broker» del gobierno de Trump que le consiguió a Macri el gigantesco préstamo del FMI, como aporte de campaña para su fallido intento de reelección.».

No es casual que por estos días hayan reaparecido, cada uno a su turno, Eduardo Duhalde primero y Ernesto Sanz después. Los dos tienen muchas cosas en común: escasos votos, aureola de estadistas, y «hombres de Estado, propensión a los grandes «pactos de la Moncloa» con los factores de poder, predisposición para sugerir «soluciones excepcionales». Y cada uno presume de poder alinear detrás suyo al PJ o la UCR, como para darle un cariz de institucionalidad partidaria a su venta de humo.

Y por esas razones son figurines que no juegan solos, ni por las suyas: son comodines de lo más poderoso del establishment local, nucleado en la AEA. Más cercano a Paolo Rocca y el grupo Techint Sanz, más próximo a Héctor Magnetto y el grupo Clarín, Duhalde. Unos forzando una devaluación y los otros tratando de frenar el DNU sobre los servicios de cable, telefonía e Internet, ambos -y toda la cúpula de la AEA- preocupados por las restricciones al acceso a las divisas para el pago de deudas en el exterior, o el impuesto a las grandes fortunas. Nada es casual.

Hemos dicho varias veces acá que las protestas «anticuarentena» y los cada vez más módicos cacerolazos urbanos son la forma en la que los votantes de Macri en el 2019 -o al menos parte de ellos-expresan su frustración por el resultado electoral. Algo parecido sucede con la cúpula de nuestro empresariado, contrariada porque el país logró salir de la crisis generada por el macrismo («su» gobierno), en clave electoral y con un triunfo opositor contundente en primera vuelta.

De allí que desde el primer minuto de gobierno de Alberto Fernández se dedicaron sistemáticamente a meter una cuña entre él y Cristina, y cuando fracasaron en eso, a mostrarlo como un presidente débil manejado por su vice, al que «hay que hacer entrar en razones», para que les haga caso «a los que saben», y gobierne en consecuencia. O sea, en contra de lo que la gente votó.

Las referencias de Duhalde a De La Rúa no son casuales, y no solo por lo que la metáfora (brutal) representa en el imaginario social argentino, como expresión de la debilidad de la figura presidencial: lo que sobrevuela allí es la salida excepcional, por fuera de las instituciones o en sus límites, burlando el claro pronunciamiento de la voluntad popular, hace menos de un año atrás. Del mismo cuño es el  insólito llamamiento del irrelevante en términos electorales Ernesto Sanz, a «formar un gobierno de unidad nacional».

Políticos con varios papelones y deserciones electorales en su haber, planteando que un gobierno y un presidente elegidos por amplia mayoría en primer vuelta necesitan su apoyo para poder fortalecerse. Es decir, los anémicos de votos pretendiendo hacerle a Alberto una transfusión de gobernabilidad. Con la idea de que un gobierno «débil» no puede tomar medidas drásticas, estructurales o que afecten intereses poderosos; y a la inversa, aun gobierno en esas condiciones se le pueden imponer ciertas medidas que en otras circunstancias no serían aceptadas: basta correr del medio a los millones de votos que pusieron a ese gobierno en su lugar, y la crisis o las urgencias harán el resto.

Por fuera de estas mascaritas sueltas con poderosos valedores en la trastienda. juega la oposición «institucional» su propio partido, con bizarros choques de guiones: por momentos el presidente es un mero títere de los deseos y caprichos de Cristina, y por el otro, un férreo dictador; y a veces las dos cosas al mismo tiempo. Y Cristina, la tantas veces jubilada y remitida al ostracismo político, es la principal árbitro del escenario nacional, cuando no la protaqonista excluyente, tanto que parecen más opositores a ella, que al gobierno mismo,

No parecen advertir que de ese modo solo les hablan a los propios, porque para los que votaron a Alberto, su alineamiento con Cristina es signo de fortaleza, no de debilidad: del liderazgo de ella es que surgió la candidatura, y por su presencia en la fórmula le llegaron la mayor parte de los votos. Y cuanto más se parezca su gobierno -salvando las diferencias que imponen las circunstancias de hecho- a los de Cristina, más chances tiene de conservar el núcleo duro de sus apoyos electorales.

Demasiadas cosas sin metabolizar, para opositores de todo calibre y pelaje, políticos o económicos: la vigencia política de Cristina, el fracaso estrepitoso de su modelo cuando les tocó gobernar, la derrota electoral. Pero al mismo tiempo demasiados problemas para el gobierno (la pandemia y sus efectos, la crisis heredada del macrismo, el contexto internacional y regional, algunas flaquezas propias), como para tener que lidiar al mismo tiempo con estos ensayos destituyentes, o con llamamientos a la desobediencia judicial, para generar conflictos de poderes.

Es curioso -o no- como los que viven reclamando todo el tiempo «respeto por las instituciones» y «reglas de juego claras y estables», tiran permanentemente del mantel institucional, para generar situaciones de excepcionalidad, de las que sacar provecho. Ni que hubieran sido los soportes civiles de las dictaduras.

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