Se lo dije cuándo lo denuncié en el 2014, se lo volví a decir cuándo deambulaba por el Hotel Castelar violando su libertad domiciliaria, tarda pero llega:

Manuelita era una tortuga encantadora, pero tenía un pequeño defecto: se enfadaba con facilidad, y cuando se enfadaba, se ponía tan nerviosa que comenzaba a gritar y a patalear sin parar. Ella lo pasaba muy mal, y el resto no sabía cómo ayudarla.

Manuelita cuando se enfadaba era capaz de hacer cosas que no quería, como romper papeles en medio de la clase o incluso intentar pegar a alguno de sus compañeros. Luego se arrepentía mucho, pero no era capaz de encontrar la solución. Así que a Manuelita, cada vez le costaba más ir al colegio, y su rabia crecía y crecía sin control.

También le pasaba en su casa, con sus padres. Hasta que un día, les visitó su querida abuela Margarita, que llevaba mucho tiempo sin verla. A Manuelita le encantaba hablar con su abuela. Era muy vieja y sabía muchas cosas. Y su abuela, que notó que Manuelita estaba un poco tristona, le preguntó. La tortuga le explicó lo que pasaba, y su abuela, le dijo con dulzura:

– ¡Ah! ¿Es eso? Pues tienes suerte, porque la solución a tus problemas la llevas encima.

– ¿Encima? ¿Cómo que encima?- contestó extrañada Manuelita- ¡Yo no veo nada!

– Claro que lo ves: es tu caparazón.

Lo que Manuelita tenía que hacer cada vez que se enfadara

Manuelita miró a su abuela con algunas dudas:

– ¿Mi caparazón? ¿Y qué tiene que ver? No lo entiendo…

– Muy fácil, Manuelita- dijo entonces su abuela- Cada vez que te enfades, solo tienes que meterte dentro del caparazón y contar hasta diez. Cuando salgas, las cosas te parecerán diferentes y notarás que tu enfado es menor.

– ¿En serio?- contestó con los ojos muy abiertos la tortuga.

 

 

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