«¿Yvos, qué sos?». Muchas veces la violencia llega así, camuflada en la forma de una pregunta supuestamente inofensiva. Años de prejuicios comprimidos en cuatro palabras que representan, para Mérida, la punta del ovillo de la exclusión. Nació en Guaymallén, Mendoza. Tiene 26 años y sus ojos grises, clarísimos, contrastan con el pelo, casi negro. En 2015, puso en palabras la forma en que se autopercibía: como una persona no binaria. «Cuando digo que no soy ni hombre ni mujer, muchas veces me preguntan: qué sos. Y les respondo: no soy ‘qué’, soy ‘quién’. Soy un ser humano«, resume Mérida.

Desde su infancia dice que sintió que no encajaba. Los casilleros de «femenino» y «masculino», le resultaron siempre incómodos. Insuficientes. Cuando nació, explica, le asignaron un género con el que nunca se identificó y un nombre que prefiere dejar atrás porque duele demasiado. Que se respete su derecho a la identidad es un desafío que enfrenta a diario: desde que la gente use el nombre que asumió y no el que aparece en su DNI, hasta que incorporen su pronombre, el neutro elle. «Se piensa que las personas no binarias no existimos. Por eso es tan importante nombrarnos. Muches seguimos viviendo en secreto», sostiene Mérida.

La estigmatización e invisibilización siguen siendo los principales prejuicios a los que se enfrenta la población LGTBIQA+. Según los referentes consultados por LA NACION, las nuevas generaciones continúan siendo expuestas a violencias de todo tipo. «Las leyes son apenas la losa sobre la que hay que empezar a construir. Los cambios culturales vienen después y llevan más tiempo», señala Silvina Maddaleno, coordinadora del Programa de Diversidad Sexual del Inadi, en referencia a la legislación pionera con la que cuenta la Argentina y que busca reparar una vulneración histórica en el acceso a derechos, como la de Matrimonio Igualitario, la de Identidad de Género, la de Educación Sexual Integral o el reciente decreto de cupo laboral trans.

Respecto al arcoíris de identidades de género y orientaciones sexuales detrás de la sigla LGTBIQA+ (lesbianas, gays, trans y travestis, bisexuales, intersex, queer, asexuales, entre las muchas otras a las que hace referencia el signo +), Andrea Rivas, abogada y cofundadora de la asociación civil Familias Diversas, reflexiona: «Algunos sostienen que las ‘etiquetas’ encorsetan a las personas. Yo no estoy de acuerdo con esa postura. Si existimos, si somos, también es importante poder nombrarnos«. Para ella, visibilizarse es fundamental para acceder a más derechos y hacer valer los que se consiguieron. Porque la palabra resignifica, visibiliza e incluye. O todo lo contrario.

«Es muy importante tener la etiqueta que realmente vos sentís que te está identificando. Pero no puede ser un límite: no es que vos te tenés que adaptar a la etiqueta, porque la identidad de género y la orientación sexual son dinámicas. Desde la asociación siempre decimos que hay tantas identidades como personas en el mundo«, agrega Andrea.

«El clóset», ese sentir que uno se tiene que ocultar y avergonzar de quién es, para la cofundadora de Familias Diversas, resulta «sumamente violento». «En mi experiencia, cuando me visibilizo como lesbiana me doy cuenta de que ayudo mucho a que otras personas que están ahí, en el armario, queriendo salir, puedan hacerlo», cuenta Andrea. Sin embargo, aclara que algunas ni siquiera ven esa posibilidad como una opción: el riesgo a la exclusión del hogar o a perder el trabajo, por ejemplo, se llevan todo el peso en la balanza. «Por eso -advierte-, nadie puede sacar del armario a nadie: es una decisión absolutamente personal e intransferible».

Múltiples prejuicios

A Mérida gran parte de la infancia se le borró a los golpes. El olvido fue su mecanismo de defensa. De lo que sí se acuerda bien -porque la violencia le quedó grabada- es cómo intentaron «hacerlo macho». «Me dijeron puto desde antes de que entendiera qué quería decir esa palabra», cuenta Mérida. Y agrega: «Mi progenitor me pegaba y yo no entendía por qué. Era para que me adecuara de alguna forma a lo que era ‘ser normal’. Es decir, lo que esperaban de una persona que nació con pene». Dice que años más tarde, el silencio se convirtió en el código que le impuso su familia: en casa y delante de otros «de eso no se habla». «Eso» era su identidad de género, su orientación sexual, su mundo íntimo.

 

 

«En muchas familias, cuando te mostrás tal cual sos se deja de hablar de tu vida y eso es supercomún. Solo podés hablar de cosas generales. No podés contar como sí pueden tus familiares -describe Mérida-. Te obligan a guardar silencio. Antes, ni siquiera en los medios, se hablaba de las personas no binarias: éramos las raras, las tóxicas, las enfermas«.

Para Adrián Helien, psiquiatra y coordinador del Grupo de Atención a Personas Transgénero (Gapet) del Hospital Durand, si apuntamos a una sociedad que verdaderamente conviva en la diversidad, la principal barrera a derribar es pensar «que todas las personas entramos en las categorías de ‘el rosa y el celeste'». Considera que se nos empuja desde que nacemos hacia esos colores, cuando en realidad somos un arcoirsis diverso. Por eso, el especialista asegura que naturalizar y despatologizar, entender que «la diversidad existe» es la clave para que las familias se saquen de encima la palabra «culpa», que se sacudan preguntas del tipo «¿qué habremos hecho mal?» y abracen el concepto fundamental: la aceptación.

 

 

«Todas, todos, todes tenemos que ser validados en nuestra identidad. Es el derecho más íntimo. La aceptación salva vidas», subraya Helién, quien al hablar elige -al igual que el resto de las personas entrevistadas en esta nota- la «e» para englobar todas las identidades por fuera del binario. Respecto a qué pasa hoy con los prejuicios en el mundo de la medicina, su respuesta es rotunda: «No hay formación que integre la diversidad en equidad de derechos y que despatologice. La formación médica sigue siendo binaria, por lo cual seguimos sembrando la semilla de la discriminación. Hay mucho trabajo por hacer».

Los prejuicios, consideran los especialistas, son las capas geológicas de la exclusión. Los mandatos sociales, las expectativas familiares, los estereotipos y roles de género se traducen en frases como: «Nunca vas a poder formar una familia», «¿Qué va a ser de tus hijos sin una mamá y un papá?», «Te vas a quedar solo: no vas a ser feliz», «¿No sos ni varón ni mujer? Eso no existe», «Es una etapa, ya se le va a pasar» o «Si queda puertas adentro, todo bien; te lo digo por vos», entre otras.

 

Alba Rueda es la responsable de la Subsecretaria de Políticas de Diversidad de la Nación, que depende del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad.
Alba Rueda es la responsable de la Subsecretaria de Políticas de Diversidad de la Nación, que depende del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad. Fuente: LA NACION – Crédito: Ricardo Pristupluk

 

Alba Rueda, subsecretaria de Políticas de Diversidad de la Nación, reflexiona: «Todavía debemos tomar conciencia del costo que significa socialmente asumir una identidad de género disidente o expresar tus relaciones sexoafectivas por fuera del mandato heterosexual». Sobre las violencias cotidianas y vulneraciones de derechos que siguen atravesando las personas LGBTIQA+ en determinados contextos, la funcionaria pone el foco en «las intersecciones», un concepto que hace referencia a cómo el género, cuando se cruza con otras variables como la orientación sexual, el origen étnico, la discapacidad, la educación o la clase social, incrementan la vulnerabilidad a las que están expuestas las mujeres o identidades disidentes. «El nuestro es un país federal con realidades muy diversas», subraya.

La semana pasada, una pareja, Pablo y Cristian, fue golpeada e insultada por besarse en las calles de Palermo. Quienes les tomaron la denuncia en la comisaría, detallaron que «solo se trató de un acto homofóbico». «No entienden ningún contexto, ninguna perspectiva, fue justamente eso, no nos fueron a robar, nos lesionaron por lo que somos», dijo Pablo tras lo ocurrido. En ese sentido, Rivas señala: «Todavía hay estigmatización respecto a nuestras orientaciones sexuales e identidades de género desde la patologización, como si no fuese un derecho y se tratarse de una perversión o enfermedad». Y explica que en gran parte del movimiento LGBTIQA+ se considera que es importante hablar de homoodio, lesboodio, transodio y biodio en lugar de fobia, «porque la fobia de alguna manera excusa a la persona».

 

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