Lo que se palpaba en la calle en los días previos (y hasta en la tapa de La Nación del viernes) se confirmó en forma de urnazo: un vendaval de votos que superó las expectativas más optimistas, y se extendió a lo que hasta hoy eran  bastiones del oficialismo como Mendoza (donde el FDT se adjudicaba la victoria) o Córdoba, donde lograba reducir sustancialmente la brecha que el macrismo acumuló allí en elecciones anteriores.
Un golpe de nock out a la mandíbula del gobierno y de un Macri que apareció ayer, cuatro  horas después del cierre de los comicios, con el semblante de un presidente que estaba a nada de anunciar su renuncia. Un presidente y un gobierno que plantearon la campaña con eje en el riesgo para la democracia que suponía un triunfo opositor; pero que no pudieron garantizar la transmisión de datos del escrutinio pasadas más de cuatro horas de que la gente terminara de votar.
Habrá que ver ahora como se toman la derrota, siendo como son gente acostumbrada a ganar: es en la malas cuando hay que demostrar la madera democrática de la que cada uno está hecho; porque a ganar, aprende cualquiera. El asunto es aprender a perder.
Sin pecar de triunfalismo, los números de ayer parecen marcar que la elección de octubre está resuelta, o en todo caso y para ser más precisos: las incógnitas electorales se van despejando, en la misma proporción en la que crecen las incógnitas por el futuro político del país, y del gobierno: cuatro meses en éste contexto, e incluso once semanas hasta las elecciones generales, parecen una eternidad.
Con un modelo económico de valorización financiera y endeudamiento para la fuga de capitales, Macri enfrenta su peor pesadilla: que las fuerzas que liberó se lo lleven puesto, y pongan en entredicho el final de su mandato. Para evitarlo deberá hacer mucho más que gritar, y rifar reservas para contener el precio del dólar.
Claro que ya hemos dicho antes que las medidas elementales que la situación aconsejaba antes y con más razón ahora (reimplantar los controles de capitales, restringir el acceso a las divisas, obligar a los exportadores a liquidar, regular la intermediación financiera y los niveles de ganancias de los bancos, bajar las tasas), este gobierno no las puede tomar sin perder sus apoyos verdaderos: respectivamente, los bancos y fondos de inversión, el campo privilegiado, los exportadores, el FMI y eventualmente (si la crisis decantará en crack bancario), la clase media con capacidad de ahorro.
Esa es la encerrona en la que este gobierno se metió solo, y nos terminó metiendo a todos: a la crisis económica y social que desataron sus políticas, le suma ahora un porrazo electoral del que todo indica no podrá levantarse; y lo debilita aun más, cuando mayor fortaleza política se requiere para gobernar en la crisis. Es que precisamente eso expresó la contundencia del voto de ayer: lo que el país necesita no es otro plan económico solamente, sino otro gobierno que genere la credibilidad de que podrá llevarlo adelante, aun contra la formidable coalición de intereses creados.
La sensación de fin de ciclo era palpable antes, y es inocultable hoy: el macrismo es un proyecto económico y social excluyente, y ahora también un proyecto político estrepitosamente derrotado en las urnas; algo que algunos consideraban imposible.   
La magnitud de la derrota se llevó puestos a varios: la patria consultora y sus teorías sobre «las distintas razones del voto» (la opción por el «voto bolsillo» fue aplastante), las estrategias de «big data, campaña microsegmentada y redes sociales» (en la PBA los terminó aplastando un tipo con un Clío, un termo y un mate, recorriendo pueblo por pueblo a la usanza tradicional), y los ensayos teóricos y de arquitectura política tratando de captar «la ancha avenida del medio»: como venían señalando algunos (como Artemio López) en minoría, la dinámica polarizadora que hasta acá favorecía al macrismo se lo terminó llevando puesto, mientras ningún candidato de «la tercera vía» logró llegar a los dos dígitos de votos. 
La magnitud de la derrota se llevó puesto también y antes de que comenzara a desplegarse, el intento de fraude informativo que el gobierno pensaba perpetrar en el escrutinio provisorio; y los voceros mediáticos del macrismo siquiátrico en los medios y las redes sociales, oscilaban entre la estupefacción, y el enojo con el electorado; otro síntoma de agotamiento político terminal.
La robusta mayoría electoral opositora supone la reconstrucción de la coalición social que le dio al kirchnerismo los triunfos del 2007 y el 2011, en un proceso en el que al mismo tiempo se recomponía la coalición política que la expresara; mientras el macrismo se achicaba socialmente hasta quedar reducido al tercio antiperonista cerril, tradicional de la sociedad argentina. Como en los anteriores triunfos del peronismo en su modalidad kirchnerista, el corte de clase del voto fue muy nítido, a tono con la profundidad de una crisis que golpea, en primer lugar y de modo más agudo, a los sectores populares, con graves retrocesos en sus condiciones objetivas de existencia cotidiana.
Clave para llegar hasta acá fue el rol de Cristina: demonizada, estigmatizada mediáticamente y blanco de una persecución judicial feroz, fue capaz de no solo sostener su liderazgo social que no reconoce parangón en el sistema político del país, sino de convertirse en el eje integrador de un amplio acuerdo político que, todo parece indicarlo, se apresta a llegar al gobierno tras el fracaso del experimento neoliberal.
Restará por verse de acá en adelante (además de seguir militando para refrendar la victoria en octubre) como procesa el gobierno la debacle electoral: recordemos que aun el abúlico y depresivo De La Rúa no vaciló en apelar a la represión indiscriminada, cuando la crisis que se terminó llevando puesto a su gobierno generó las lógicas y previsibles protestas sociales. 
Por lo pronto, la imagen que ofreció anoche Macri mandándonos a dormir a los argentinos mientras su gobierno no nos contaba con cifras oficiales quien había ganado la elección no solo no era la de un candidato capaz de revertir el resultado, sino que tampoco era la de un presidente capaz de lidiar con la crisis que él mismo ha creado, en lo que le quede de mandato.

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