¿LA DECADENCIA DEL IMPERIO AMERICANO?

En el país de las protestas y disturbios por la guerra de Vietnam, la segregación racial o los derechos civiles de los afroamericanos, sacar conclusiones sobre las consecuencias que tendrá la conmoción que hoy viven los Estados Unidos es quizás apresurado, y muy posiblemente erróneo: se trata de una sociedad levantisca y celosa de sus libertades personales, pero poco propensa a comprometerse con formas de organización política que resuelvan la causa de esas protestas, y esas conmociones.
De hecho, hoy la protesta se dirige contra un presidente que ellos mismos eligieron como un «outsider» del sistema político tradicional, que logró con astucia convencer a una parte de esa sociedad que era la solución a sus problemas y no parte sustancial de ellos, en tanto representante privilegiado del capitalismo financiero que desde el país del norte se expandió a todo el mundo, en el proceso que se dio en llamar globalización.
Sin descartar la incidencia del caso del asesinato de George Floyd y el racismo y la prepotencia policial con las minorías como disparador de la crisis, lo cierto es que ésta se proyecta y potencia sobre un fondo de pandemia con cifras escalofriantes de contagios y muertes para la principal potencia mundial, con el desempleo creciendo velozmente por millones y la economía cayendo a pique; mientras días antes del caso Floy la noticia era el desafío abierto a las autoridades que intentaban imponer la cuarentena no por fanáticos radicalizados de izquierda o conspiradores del comunismo internacional, sino por milicias paramilitares de derecha racista y supremacista.
En el año en que los norteamericanos elegirán su próximo presidente con Trump aspirando a la reelección, el lema «América first» venía mostrando desde hace tiempo sus límites, que no pueden sorprender: más allá de cierto éxito inicial en los indicadores de crecimiento del PBI, la administración del magnate no modificó ni el modelo económico ni los patrones de distribución del ingreso, sino que los empeoró: es decir, no hizo lo que nunca podía hacer, y ni siquiera se propuso.
El liderazgo de Trump (que es a su vez reflejo y resultado de la crisis profunda del sistema político estadounidense) logró el milagro de destruir al mismo tiempo la salud, la economía, la paz social y hasta el prestigio de la propia institución presidencial, a punto tal que en lugar de ser -como todos pensábamos- que Bolsonaro se espeja e inspira en Trump, la cosa fuera al revés.
Donald Trump, el presunto «candidato anti sistema» que nació del sistema, como consecuencia de sus intrísecas falencias, hoy padece su propio discurso anti-política, y los estadounidenses parecen estar viviendo su propio 2001, sin solución política a la vista, y precisamente allí radica el problema: para los que auguran debacles y caídas (de Trump, del capitalismo, del liderazgo yanqui o de todo eso junto), hay que recordar que en política nada cae del todo, hasta que no está erigido lo que vaya a reemplazarlo.
Y eso en Estados Unidos, más allá del horizonte de las elecciones presidenciales por delante, está muy lejos de suceder: de hecho, el proceso de las primarias demócratas con la entronización de Joe Biden como candidato (un moderado que perfectamente podría ser republicano, implicado en serios escándalos de corrupción y conflictos de intereses) y la declinación de la candidatura de Bernie Sanders que no logró movilizar más gente a votar ni -y esto es particularmente atinente a la actual situación- captar el voto de los afroamericanos, demuestra que los norteamericanos parecen estar más descontentos con la parte que les toca en la distribución de los beneficios del modelo, que con el modelo en sí.
Sin cambios políticos profundos, sin una oleada de deseo ciudadano por participar políticamente en la forma más elemental del ejercicio democrático (el voto), en manos de un duopolio de dos estructuras políticas anquilosadas y enfeudadas al capital financiero y empresario que financia sus costosas campañas, y sin alternativas a la vista, no parece que la crisis actual vaya a decantar en otra cosa que expresiones de violencia callejera más o menos radicales. Pasó hace casi un década, y por las mismas razones, con el movimiento de protesta que se dio en llamar «ocuppy Wall Strett», que terminó sin pena ni gloria, y sin generar ni siquiera mínimos cambios o reformas en las regulaciones de la economía financiarizada de la versión actual del capitalismo globalizado.
Sorprende en cambio que la debacle de Trump no genere una reacción del establishment yanqui, en tanto «poder detrás del trono» que a contribuído a sostener la ficción del sueño americano y «la mayor democracia del mundo, líder del mundo libre», para consumo interno y para penetración ideológica internacional: en el preciso momento en el que el liderazgo de los Estados Unidos a nivel mundial en el plano económico y aun tecnológico está en entredicho frente al ascenso de China, Trump ensaya cada día, para quien quiera oírlo, una hipótesis conspirativa paranoide y delirante distinta.
Es decir, ¿como puede afirmarse, cuando está en entredicho, el liderazgo mundial de una potencia cuyo presidente sostiene en público que los rusos pueden hackearle e interferirle sus sistemas de inteligencia y seguridad influyendo en agencias como la CIA o el FBI, China diseñarle en un laboratorio un virus para perjudicar su economía, o Maduro o alguna organización internacional extraña agitar protestas en todo su territorio?
Como se ha dicho antes, es muy posible que la crisis actual de los Estados Unidos no afecte a mediano plazo su capacidad de autoregenerarse y sostener el modelo político, económico y social vigente. Habrá que ver en cambio que ocurre con su capacidad de proyectarse al mundo, o utilizarlo como teatro de operaciones para saldar sus disputas e insatisfacciones internas.
Pocas semanas antes del agravamiento de la pandemia y el estallido de las protestas, Trump dejó solo en ensayo una invasión militar a Venezuela, en parte porque el coronavirus estragó a las propias tropas embarcadas, y en parte precisamente porque tuvo cuestiones domésticas más urgentes de las que ocuparse. Y paradoja del destino, hoy está más sostenido por el poder militar puro y duro (al que ha convocado a reprimir las protestas sociales internas) de lo que Nicolás Maduro estuvo jamás.

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