AL FINAL ERA ODIO NOMÁS

Cuando allá por el 2012 o 2013 empezaron los primeros cacerolazos urbanos contra el gobierno de Cristina por las restricciones a la compra de dólares bautizada como «cepo» por los medios, quedaba claro que eso era el disparador de las protestas, pero que los motivos que las alentaban, eran de los más variados; desde el impuesto a las Ganancias hasta la presunta corrupción oficial, o el autoritarismo del gobierno y de la presidenta. Recalcamos: disparaban las protestas, pero no las explicaban.
Por entonces no faltaron quienes desde el propio oficialismo y -sobre todo- desde quienes habiendo pertenecido al kirchnerismo habían tomado distancia de él, le reclamaban a Cristina que «escuchara las demandas», porque se trataba de gente que buscaba ser representada. El problema -decían- era la cerrazón del kirchnerismo y de la propia Cristina, que les hablaban solo a los propios, y habían perdido la capacidad de captar a nuevos sectores, o retener algunos apoyos sociales que en otros tiempos supo conquistar.
Ese era el núcleo conceptual de los «pedidos de autocrítica», y a la hora de buscar causas y culpables de la victoria de Macri en el balotaje del 2015, fueron por ahí. También de esa línea conceptual se nutrió la idea del ocaso definitivo de Cristina y el kirchnerismo, y el diseño de una «oposición racional y responsable» al macrismo, al que imaginaban sentando una larga hegemonía, con un ciclo prolongado de permanencia en el poder al cual había que adaptarse.
No hace falta remarcar acá y ahora cuan errados estaban en todo -en haber acompañado al macrismo apoyando inicialmente sus políticas más dañinas como el endeudamiento, o en pronosticar ocasos y finales que gozan hoy de buena salud-, porque los hechos hablaron por sí mismos.
Como hablan por sí mismas las manifestaciones de protesta opositoras que se vienen repitiendo desde el inicio de la pandemia, con un pico el lunes pasado, con discreto acompañamiento, en distintos puntos del país. Muchos de los que en aquellos años reclamaban autocríticas, y pedían «oír a la gente», hoy son parte del gobierno de Alberto Fernández y del «Frente de Todos», con responsabilidades institucionales importantes.
Y habrán podido comprobar en cuero propio (es decir, estando en un gobierno al que le protestan) que las cosas no son tan sencillas como pensaban, o quizás sí, y en todo caso en su momento ellos complejizaron cosas más simples, en el afán de «desmarcarse» de un gobierno del que ya no se sentían parte, o -y esto no es poco frecuente- descontentos porque dentro de ese gobierno, no formaban parte del núcleo central de toma de decisiones: a veces los pedidos de autocrítica y las demandas de mayor participación en las estructuras del Estado se parecen tanto, que terminan siendo iguales.
Lo que dejan claro las marchas opositoras de las últimas semanas es que no se trata de gente «que busca ser representada», ni muchos menos que esa representación pueda ser asumida desde el gobierno. Por empezar, van ganando cabida al interior de los que se movilizan los discursos de neto corte golpista: se piden renuncias, se montan patíbulos, se habla -por irónico que parezca- de helicópteros: no están buscando ganarnos las elecciones, sino que nos vayamos del gobierno antes del fin del mandato, ya si es posible.
También desde cierta analítica que posa de profunda se habla del riesgo de que alguien capte ese malestar, y así se termine engendrando «el Bolsonaro argentino»: bueno, sepan que nosotros tuvimos nuestros propios Bolsonaros, antes de que Bolsonaro existiera. Se llamaron Uriburu, Aramburu, Rojas, Onganía, Videla, Massera, Galtieri y demases; y aun hoy hay quienes los reivindican, y se lamentan de no tener a la mano un modelo 2020 para que tome el poder por asalto. ¿O vamos a creer que toda la sociedad argentina confía en la democracia como el mejor sistema político?
No se trata, decíamos, quienes protestan, de gente en busca de representación, porque ya la tiene, incluso antes de que esa representación se construya en la oferta electoral: son los mismos sectores sociales que en el 2015 empujaron la unidad opositora en «Cambiemos»,  y que creyeron en la mística del «Sí, se puede» el año pasado para remontar la catastrófica derrota en las PASO. De hecho, el combustible principal de las marchas y movilizaciones es que esa gente no ha metabolizado aun la derrota electoral, y se niega a aceptarla, y reconocerle legitimidad al gobierno surgido de la elección que perdieron.
Así las cosas, no se trata hoy de la cuarentena, la pandemia, la suspensión de las reuniones familiares, la reforma judicial o la expropiación de Vicentín, como no se trataba en el 2012/2013 de los patios militantes, las cadenas nacionales, Ganancias o el «cepo» al dólar: se trató y se trata siempre del peronismo, esa obstinación argentina que un 25 o 30 % de los argentinos (por poner una cifra) se niega a aceptar desde 1945, y que intentó hacer desaparecer desde entonces, por todos los medios posibles. Y lo quieren hacer porque representa un modelo de país que aborrecen.
Se trata simplemente de un discurso de odio que se resuelve en impotencia, pero que sin embargo tiene la aptitud de enturbiar las condiciones del debate político hasta obturarlo por completo, porque los medios -que son la verdadera oposición- se encargan de amplificar las voces, la presencia y las demandas de ese cuarto o tercio de la sociedad argentina, hasta hacerlo aparecer como el todo; o por lo menos el único sector social cuyas demandas deben ser atendidas, o cuyos intereses no pueden ser afectados, bajo ningún concepto o en ninguna circunstancia.
De modo que nada tiene que hacer al respecto el gobierno, o en todo caso, nada ha decidido hacer, si de legítima coerción estatal para hacer cumplir sus propias normas hablamos. No hay nada valioso que escuchar, ni «demanda» razonable que atender, que venga de allí. Cuanto más rápido entendamos eso, y más rápido obremos en consecuencia, por ejemplo atendiendo las demandas y reclamos de la propia base electoral, y de aquellos sectores que no nos votaron, pero podrían hacerlo, dependiendo de lo que hagamos, lo que bajo ningún concepto es el caso de los que marcharon el lunes; mejor nos irá. Tuit relacionado:

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