LA PROFECÍA

En su momento «Chacho» Jaroslavsky ensayó aquella famosa definición sobre Clarín: «te atacan como un partido político y se defienden con la libertad de expresión». Luego vino Luis D’Elía con su profética sentencia, que recuerda el tuit de apertura. Y más acá en el tiempo, Cristina en «Sinceramente» señala que la verdadera ambición de Magnetto es el poder, influir en los sistemas de decisión.

Diferentes momentos, diferentes signos políticos conduciendo los destinos del país, pero siempre Clarín, cuyo mayor éxito es convencer a mucha gente de que es «nada más que un diario, si no te gusta no lo leas, y listo». Como suele decir el Papa del diablo: su mayor astucia es convencer a la gente de que en realidad no existe.

A propósito de la última protesta opositora contra el resultado de las últimas elecciones, el diario de Magnetto sumó un nuevo bochorno, publicando la dirección del departamento de Cristina en Buenos Aires, e indicándolo como uno de los lugares de concentración de manifestantes. Las aclaraciones fueron peor que la publicación: como diría Jaroslavsky, se defendieron atacando.

El episodio está al nivel del «Total normalidad» con que Clarín desde su tapa saludaba el golpe del 76′, o con el famoso «La crisis causó dos nuevas muertes», con el que le pagaron a Duhalde el favor de la pesificación asimétrica y la ley de bienes culturales, cuando la masacre del puente Pueyrredón.

La tapa de marzo del 76′ fue, además, una de tantas que les allanaron el camino a quedarse con Papel Prensa, en plena dictadura. Porque Clarín ante todo y desde sus orígenes, es más que nada un enorme negocio, con inmensas ramificaciones posteriores: la redoblada ofensiva contra Cristina y -por carácter transitivo contra Alberto Fernández y el gobierno- une en un arco de venganza las cuitas por la ley de medios que no fue (para aleccionar a cualquiera que en el futuro quiera intentar algo similar), con los posibles perjuicios por el DNU que congela tarifas y promete someter a una regulación pública más intensa que aun no es, a los servicios que presta el hólding de la trompeta.

Si Roberto Noble viviera -siendo como era un ferviente admirador de Mussolini- estaría orgulloso del escrache a Cristina perpetrado por su criatura. Clarín es más «Clarinada» -aquella revista nazi que se publicara entre 1937 y 1945 e inspirara el nombre- que nunca.

Porque si hay algo que Clarín nunca fue, es democrático. En todo caso se valió de las libertades que consagra la democracia, para extorsionar gobiernos y condicionarlos, acaso con una intensidad que reconozca pocos antecedentes en el mundo, aun en la era de las comunicaciones globales.

El «partido Clarín» que nunca va a elecciones pero influye en todos los gobiernos, ese que hace rato ya dejó de ser «el peronismo de la clase media» como alguien lo definiera en su etapa desarrollista, articula a la oposición, encolumna políticamente al empresariado más poderoso desde la AEA y extiende sus tentáculos en la justicia hasta poner a uno de los suyos en la Corte Suprema de Justicia de la Nación: así de poderosos son, y como poderosos son, impunes se sienten.

Acaso alguna vez la política haga justicia con D’Elía y le reconozca su visión profética, y el coraje de haber dicho lo que dijo, cuando y donde lo dijo. Y obre en consecuencia, como hizo en su momento Cristina, poniéndose los pantalones largos (o las polleras, que hasta acá fueron las únicas que se atrevieron) para meter en cintura a un verdadero factor de desestabilización golpista permanente.

Por ejemplo voltéandole la fusión de Cablevisión y Telecom que les aprobara el macrismo aplicando la ley de defensa de la competencia (esa que Aguad pedía que les aplicaran cuando se discutió la ley de medios), regulando a fondo y en serio los servicios de Internet, eliminándoles la pauta oficial o reponiendo los artículos de la ley de medios validados por la Corte Suprema de Justicia de la Nación y mutilados por Macri por DNU.

O todo eso junto, y listo, pegándoles donde más les duele: en el bolsillo. Tuits relacionados:

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