Desde el  mismo momento en el que la dirigencia opositora al macrismo (con Cristina a la cabeza) tomó conciencia de que era necesario articular una coalición política y social amplia para ganar las elecciones y desalojarlo del poder, estaba claro que eso suponía dejar de lado las diferencias, para poner por delante ese objetivo común.
Eso supuso diálogo, resignación de posiciones personales (Cristina, la primera y decisiva en dar ese paso) y dejar de lado los «narcicismos de las pequeñas diferencias», aun cuando esas diferencias, en algunos casos, pudieran no ser pequeñas. Claro que eso no se trasladaba automáticamente a la etapa posterior a las elecciones, si la táctica política de unidad amplia era exitosa (y lo fue), y eso generaba que se retornara al gobierno.
El propio Alberto Fernández fue insistente en sus discursos de campaña en la necesidad de generar el debate interno, y pidió en más de una oportunidad que le señalaran cuando se estaba equivocando, o yendo por un rumbo que no era el adecuado. De más está decir que aunque no lo hubiera dicho, las piezas que conformaron el rompecabezas del «Frente de Todos» conservaban el derecho de hacerlo, en tanto conservaban su autonomía política, pero vale destacar el gesto del entonces candidato, y hoy presidente.
Autonomía, dijimos, en tanto reconocimiento de la pluralidad de fuerzas existente al interior de la coalición ahora oficialista, pero no secesión o independencia, en el sentido de hacer prevalecer la opinión personal o grupal, sobre el destino del conjunto, o con prescindencia del impacto que en éste puede tener.
Porque no hay que olvidar que no jugamos solos el partido, y los adversarios que tenemos enfrente no se caracterizan ni por dudar, ni por mostrar matices y fisuras hacia afuera: podrán tenerlos, pero se cuidan bien de exhibirlos, y a la hora de pegarnos por todo, cierran filas sin dudarlo. Como tampoco dudaban en defender al gobierno de Macri durante cuatro años, aunque fuera impresentable. Si hubo «arrepentidos» como Lipovezky o Monzó fue tarde, y con los resultados puestos, o sea que ese es el valor que cabe darles.
Pero volvamos a nosotros, y a la lectura del contexto: por momentos daría la impresión que hay «tropa propia» que no parece entender este segundo aspecto del asunto: no todo es discusión o debate interno para plantear las diferencias (sea en las políticas de seguridad, las sociales o cualquiera), sin prestar atención a lo que está pasando, las condiciones en las que se recibe el país (y acá en Santa Fe, la provincia), el espesor de las dificultades que se enfrentan, y la táctica del adversario (allá y acá) que es desentenderse de la tierra arrasada que dejaron, como si no hubiera pasado nada; y volver a levantar el dedito acusador a cada paso que van dando los gobiernos. En la nación y en la provincia.
Si no se entiende eso, o si se obra como si no se entendiera, no se entiende nada, y vamos a estar más cerca de pifiarla. Y cada error no forzado que cometamos por opinar u obrar prescindiendo de ese contexto, será magnificado para ser utilizado en contra del conjunto: a veces hay que tener la capacidad de mirar más allá del propio ombligo, y si se tiene un sentido más o menos orgánico y colectivo de la política, siempre.
Es muy importante que una estructura política admita las disidencias y el debate interno, y genere los ámbitos para que sean canalizados, tanto como que no obligue a quienes forman parte de ella a no violentar sus conciencias, sus principios o íntimas convicciones. Pero más importante aun es que esa estructura política pueda conseguir los objetivos que se ha planteado, sin perder nunca de vista quienes son los destinatarios finales de la acción política. Que no son precisamente los componentes de esa estructura política, como cualquier militante o dirigente que se precie aprende desde que está en política, a menos que se pierda en el camino, como ha pasado y pasa.
Articular políticamente con un criterio de amplitud para incorporar a los que pensamos más o menos parecido en los grandes temas (que eso y no otra cosa fue el «Frente de Todos»), es una acción política clara, con un sentido concreto: ganar las elecciones, para llegar al gobierno. No es casual que esa arquitectura se haya vertebrado teniendo como eje al peronismo, que es un partido de poder: para testimoniales, los troscos, diría un amigo. O para decir «que se pierdan mil gobiernos, pero que se salven los principios» (y las becas en el estado), los radicales.
Esto no supone la apología de la sapofagia como práctica alimenticia, sino no perder nunca de vista lo principal, y lo accesorio. Y las opiniones personales (aun políticas, aun valiosas, aun razonables, aun avaladas por trayectorias respetables) de una parte del todo, nunca pueden ser más importantes que el todo mismo; o sea, son accesorias de lo principal.

Si cada uno tiene claro, como decía Scalabrini Ortíz, que es «uno cualquiera que sabe que es uno cualquiera», comprenderá que no todo el mundo tiene la imperiosa necesidad, todo el tiempo, de conocer lo que cada uno de nosotros piensa respecto a cualquier cosa, ni el mundo se paraliza esperando que fijemos posición sobre todo. Solos no somos tan importantes para eso, pero juntos podemos ser decisivos.

Ni hablar si esas opiniones personales se vierten en público, de un modo tal que dan pasto para las fieras, porque después no vale quejarse si nos las devuelven en forma de amplificación mediática de nuestras diferencias: si se las dejás picando, no pretendas que no te la claven en un ángulo.
Y ni hablar si los que exponen esas diferencias no son dirigentes sociales o sindicales (como podría ser el caso de Grabois) sino funcionarios, porque ahí ya entra a jugar una cuestión de responsabilidad institucional. Si alguien cree que tiene algo para decir y no encuentra los ámbitos adecuados donde decirlo, que presione donde deba para que se habiliten, y si no lo consigue, que cuente hasta 100 antes de decir algo que seguramente será usado en su contra, y la de todos. No parece mucho pedir.

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