Cuando «el momento» era explicarles a los argentinos que ibas a hacer si llegabas al gobierno, durante el debate televisado con Scioli previo al balotaje, mentiste: te dijo lo que ibas a hacer, punto por punto, y lo desmentiste, se lo negaste: «¿En qué te han convertido, Daniel? parecés un panelista de 678», fueron las palabras textuales que usaste.
Desde que llegaste al gobierno y hasta acá hiciste exactamente lo que dijimos que ibas a hacer, y peor aun: nos quedamos cortos con la «campaña del miedo». Y por supuesto pasó lo que dijimos (nosotros y muchos otros) que iba a pasar: recesión, ajuste, pobreza, inflación, pérdida de empleos, caída del salario, recorte de derechos, destrucción de empresas, caída del consumo y la industria.
Todo eso mientras desataban una brutal persecución contra los opositores políticos, periodísticos y sociales, apelando a la «grieta» política y al grupo de tareas judicial y de los servicios para conformar a la monada propia, mientras ampliaban la grieta social, de modo tal que también se devorara incluso a algunos de ellos. La idea era que nosotros, los réprobos, «no volvíamos más».
Cuando el modelo de endeudamiento desenfrenado para financiar la fuga de capitales explotó, fueron al FMI, al que juraron no volver, sin pasar jamás el acuerdo por el Congreso (la «mesa natural» para acordar entre las fuerzas políticas), y negándose a discutir las condiciones bajo las cuales nos endeudaban en 65.000 millones de dólares, con un acreedor al que en el 2005 Néstor Kirchner se sacó de encima para que no tuviera más injerencia en el diseño de nuestra política económica.
Después de que nos cagaste a pedos a los gritos al abrir las sesiones del Congreso (hace nada, dos meses), y sacaste por DNU la «extinción de dominio» al estilo de la CONAREPA de la dictadura para «confiscar los bienes de los corruptos» (o sea, nosotros), y de mantenerlo cerrado desde entonces, salvo para discutir los cambios a la ley de Papel Prensa que pedían Clarín y La Nación, y los cambios a la ley de financiamiento de las campañas para permitir los aportes empresarios (o sea, privatizar el gobierno), ahora resulta que es «el momento de sentarse alrededor de una mesa a acordar».
Aunque en realidad, «acordar» significa firmar donde está marcada la cruz de un papel que contiene 10 puntos que son -ni más ni menos- que la confirmación y continuidad de las mismas políticas que nos condujeron a este desastre, más allá de tu mandato. Y en realidad, nosotros, que seguimos siendo los réprobos, no estamos invitados a esa mesa porque al parecer, no cumplimos con los estándares de democracia de Durán Barba y Marcos Peña. Y hacerlo la semana después de que consiguieron el visto bueno del FMI para rifar los dólares del préstamos baratos, para que puedan salir los amigos y financistas de campaña, escapando del desastre que se viene: ¿eso no lo piensan «discutir en una mesa»?
Eso, sin pensar que nos siguen culpando del desastre, del que no se hacen cargo, porque nos dicen que todo está como el culo por culpa del «riesgo Cristina»: pasamos del «No vuelven más» al «Si vuelven, vamos a estar peor». Bueno, no nos invitaron, pero aunque nos invitaran, no vamos, arréglense solos, si pueden, con el desastre que hicieron. Ayuda no les falta: el FMI, Trump, el «Grupo de los 6», Bolsonaro.
Con nosotros no cuenten para un nuevo GAN, que cumpliría el mismo propósito que quería cumplir el de Lanusse: condicionar a las fuerzas populares para no tocar nada si llegan al poder, y dejar todo como está, como lo dejaron ustedes: endeudado, vendido, fundido, colonizado. Y este acuerdo está destinado a tener el mismo destino que aquel: fracasar estrepitosamente. 
Porque ahora nosotros no vamos a ir a ninguna mesa que convoquen ustedes, porque vamos a ir a las mesas que se van a instalar en todo el país en octubre, con las urnas, para llenarlas de votos y echarlos a patadas en el culo. Tuits relacionados:

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