LA VERDADERA OPOSICIÓN

La verdad es que a esta altura de los acontecimientos, uno se siente un poco pavote hablando del rol político de los medios, algo tan obvio que hasta el propio Alberto Fernández -que desiste de insistir con la ley de medios- le reconoce el valor de haberlo puesto blanco sobre negro. La cuestión, decíamos, no es nueva: los medios son parte esencial del poder económico (no simplemente sus voceros), y como tales, influyen en el sistema político, en favor de los intereses de ése poder no elegido.
Hace casi un cuarto de siglo atrás y después de haber obtenido de Menem -como de todos los gobiernos- múltiples favores, el grupo Clarín comenzó a desgastarlo, y gestó la Alianza UCR-Frepaso para desplazarlo del poder: la movida les salió bien al principio, pero ya sabemos como terminó. Como jefe de gabinete de Néstor Kirchner, Alberto Fernández disfrutó de las mieles de una buena relación con el grupo, en el período que fue desde la pesificación asimétrica de las deuda y la ley de bienes culturales, hasta la fusión de los cables. En esos tiempos de buenas migas llegó incluso a ser síndico por el Estado en Papel Prensa.
Después, como es sabido, pasaron cosas: él se alejó de un gobierno que rompió lanzas con Clarín por el conflicto del campo (en rigor, el multimedios pasó a una actitud abiertamente destituyente en defensa del reclamo de las patronales agrarias), y de eso devinieron el informe sobre Papel Prensa y la ley de medios. Con Clarín se trata siempre de asuntos de negocios, aun cuando -como señala Cristina en «Sinceramente»- Héctor Magnetto se siente con derecho indisputable a dictarles la hoja de ruta a todos los gobiernos. Con La Nación, en cambio, la cosa tiene un trasfondo más ideológico, como «house organ» que es de la oligarquía vernácula, desde su misma fundación.
Acaso una de las razones por las cuáles Cristina haya decidido elegir a Alberto para que fuera el candidato en lugar de ella, sea precisamente ese vínculo que siempre sostuvo con el Grupo, o el hecho de que no se lo viera con una postura confrontativa frente al periodismo y los medios: es posible que pensara que bastante estropeado dejaba Macri al país, como para generar más frentes de conflictos, esto siempre en el terreno de la pura especulación de nuestra parte.
Lo cierto es que las cosas están como estuvieron siempre, y los medios son, en la práctica, la verdadera oposición: tienen más capacidad de daño sobre el gobierno que cualquier fuerza con representación institucional en el Congreso, vertebran a esa oposición como siempre lo han hecho (en su momento gestaron «Cambiemos» como habían gestado la Alianza), y van acomodando los patitos en la fila, para tener recambio en cada turno electoral: así como en su momento coquetearon con la idea de reemplazar a Macri por María Eugenia Vidal para mejorar las chances de supervivencia electoral de «su» gobierno (porque lo fue, aunque hoy traten de que nos olvidemos), hoy van soltándole lentamente la mano a Macri para abrirle paso a Larreta, mientras le dan aire al «bolsonarismo» argento encarnado por Patricia Bullrich, en un juego de pinzas para desgastar al gobierno.
Si alguien (incluso en el gobierno) cree poder distinguir matices al interior de la oposición entre «halcones» y «palomas» le está errando fiero, porque a la hora de los bifes estarán todos juntos, y lo estarán porque de lo contrario sus chances de ganar disminuyen: por las mismas razones por las que fogonea las divisiones en el peronismo, los medios, en tanto parte del «poder real», intentan vertebrar unidades opositoras, aunque terminen siendo amontonamientos o meros rejuntes electorales. En tiempos post dictaduras militares, se han visto forzados a reconvertir su arsenal para incidir en los asuntos políticos.
Por estos días asistimos al develamiento judicial de lo que siempre supimos: el aparato de espionaje ilegal montado por el macrismo desde las cloacas del Estado para orquestar la persecución de Cristina y, en general, de sus adversarios políticos y hasta de algunos socios. Y en ese aparato los medios hegemónicos cumplieron un rol esencial, nutriéndose de información falsa u obtenida ilegalmente, tanto como proveyéndola: los avances de la investigación sobre el celular del ex secretario de privado de Macri han oscurecido la causa que tramita el juez Ramos Padilla en Dolores, otro muestrario de esa connivencia nefasta en la que resulta difícil distinguir donde comienza el rol de unos y de otros, porque si algo está claro, es que todos buscan lo mismo.
Apenas asumió sus funciones, Alberto Fernández señaló que no consideraba prioritario insistir con la ley de medios, y que por su parte se terminaba la guerra con el periodismo. Del otro lado no entendieron lo mismo, y el «periodismo de guerra» que en su momento reconociera Julio Blanck sigue vivito y coleando, e irá recrudeciendo en intensidad cuanto más cerca estemos de las elecciones del año que viene; porque su objetivo es desgastar al gobierno, a Cristina -su principal soporte en todos los planos- y. en general, a los sectores más dinámicos de la coalición oficialista, que son los que pueden incidir en un rumbo del gobierno que pueda rozar sus intereses. Porque también ejercen la «domesticación» hacia adentro del peronismo, por si la carta opositora falla.
Hace pocos días se conoció un informe sobre la distribución de la pauta oficial del gobierno nacional en el primer semestre del año, que denota que encabezan el reparto los medios del Grupo Clarín, el diario La Nación y hasta el portal Infobae; que hacen punta en la oposición frontal al gobierno, en el armado y difusión de las protestas callejeras opositoras y, en general, en la ofensiva de desgaste contra el oficialismo.
También veíamos acá como las telefónicas -entre otras empresas- se van a beneficiar con la ampliación de la moratoria, y no se avizoran iniciativas del gobierno para introducir otros jugadores en el mercado de provisión de los servicios de Internet, o revisar la fusión entre Cablevisión y Telecom. Los grupos económicos dueños de los medios son también tenedores de bonos de la deuda argentina, y tienen lazos de negocios con los principales fondos de inversión que hasta último momento bloqueaban el acuerdo, presionando para obtener una mejor oferta.
Alguno podría ver todos estos hechos como demostrativos de un respeto irrestricto por Alberto Fernández y su administración de la libertad de prensa, otros somos más escépticos (o realistas), y tenemos la impresión de que estamos pagando las balas con las que nos van a tirar, hasta matarnos si pueden.

Comentarios Facebook