ACEPTEMOS CON HIDAGUÍA LA DERROTA

En los principios de la pandemia, cuando esta agregaba un condimento explosivo a una situación difícil heredada del desastre macrista, Alberto Fernández hizo de la necesidad virtud: mientras en el mundo los miedos frente a lo desconocido crecían con la misma velocidad que los contagios y las muertes, supo transmitir una imagen de serenidad y control de la situación; que capitalizó en términos políticos. Sin encuestas en la mano, se puede asumir que el rol presidencial se fortaleció porque en las crisis se ponen a prueban los que deben decidir, y en esos casos la gente siempre prefiere que sea uno y no un montón, discutiendo indefinidamente que rumbo seguir.
El presidente docente apelaba a su experiencia en las aulas para explicar con paciencia y argumentación cual era la situación, cuales eran los peligros y amenazas que el virus traía aparejados, y ofreció un camino para enfrentarlo, que la sociedad -o al menos la mayoría de ella- aceptó, de buen grado o resignada, como una certidumbre a la cual aferrarse en medio de tantos interrogantes. Y las cifras le dieron la razón: en un mundo sacudido por los contagios y las muertes, la Argentina lucía como un ejemplo a seguir para tratar la emergencia, menos para algunos argentinos; que siempre proponían un país «modelo a seguir» distinto cada semana.
Claro que no le resultó sencillo a AF mantenerse en ese rol que le imponía una centralidad aun mayor que la que la propia figura presidencial de por sí tiene en nuestras tradiciones políticas, pero su desempeño le valió en aquellos meses apoyos sociales incluso del otro lado de la grieta. Y no le resultó sencillo porque estuvo -prácticamente desde el primer día- bajo el fuego graneado y coordinado de una oposición cerril y los medios hegemónicos, que son una y misma cosa, compitiendo en irresponsabilidad para comunicar, o para proponer soluciones a cual más disparatada.
Y desde entonces, nunca cesaron en esa prédica, ni siquiera ahora, cuando la crisis sanitaria golpea con más fuerza porque crecen los contagios y las muertes: de hecho, éstos son los resultados que buscaron desde el principio, forzando la flexibilización de la cuarentena, o su lisa y llana violación y desconocimiento. Porque hacen del tráfico de muerteos, un método permanente de acumulación política.
Pero ellos no juegan solos, aunque jueguen fuerte todo el tiempo: también está lo que hacemos nosotros, o lo que dejamos de hacer, o lo que seguimos haciendo igual, cuando claramente ya no sirve porque ha cambiado el contexto. Por ejemplo el ritual profesoral de Alberto explicándonos, cada dos semanas, como van las cosas, y como seguiremos para adelante: en los últimos tiempos hay en el núcleo de esos anuncios una incoherencia indisimulable, que pasa por el hecho de advertir por un lado que la cosa se está complicando, y concluir por el otro que las medidas seguirán igual o más flexibles, no más restrictivas.
Y la presentación de ayer no solo no escapó a ese concepto general, sino que lindó en lo bizarro, si se nos permite el término: el presidente reconoció con franqueza -palabras más palabras menos- que la cuarentena de hecho no existe, porque no se cumple; y que de esos incumplimientos devienen los contagios.
No lo dijo, pero la conclusión lógica flotaba en el aire: no está dispuesto a hacerla más rígida para disminuir los contagios, porque la sociedad (o buena parte de ella) le terminó torciendo torciendo el brazo a la racionalidad, y él no está dispuesto a apelar a estrategias de represión, en un sentido amplio: no se trata de salir a cagar a la gente a palazos porque se reúne a comer un asado, pero existe la clara percepción de que pueden hacerlo, sin consecuencias. Lo transmitió el propio presidente ayer, cuando por ejemplo ni siquiera alertó por posibles sanciones a los que están organizando una marcha anticuarentena para el lunes, en las redes sociales.
Lo que supone que -como dijimos en otro post- en el preciso momento en que sería necesario endurecer más que nunca la cuarentena, es inviable hacerlo, en términos políticos y de consenso social. No hay consenso, y tampoco margen para ejercer la legítima coerción estatal, para hacer cumplir las normas.
Por necesidad económica, porque los instrumentos compensatorios como la ATP o el IFE son insuficientes, por bombardero mediático, por neurosis social, por cansancio y deseo de «vuelta a la normalidad», o por todo eso junto, hemos perdido la partida, la -si se quiere- «batalla cultural» en torno a la pandemia, y los cuidados que demanda: la gente, sencillamente, no le da pelota a los cuidados y recomendaciones, como tampoco a las presuntas exigencias.
Si hasta la propia ministra de Seguridad de la Nación justificó las marchas anticuarentena y su inacción al respecto, en el ejercicio de un derecho constitucional; o el propio presidente escuchó a Larreta ayer decir que había coordinado con el Ministro de Educación el retorno a las clases en la CABA, sin contradecirlo. Cuando desde la máxima conducción del Estado se termina apelando a la responsabilidad individual de cada miembro de la sociedad se está confesando al mismo tiempo impotencia política, y una derrota conceptual: al fin y al cabo, la responsabilidad individual es el eje de los discursos anticuarentena, y lo que el macrismo propuso como solución a la pandemia, desde el principio.
De modo que aun con prórroga formal de la cuarentena hasta fin de mes, si las cosas no cambian, no cambiarán los resultados, que tenderán a agravarse, y el costo -nos guste o no- lo terminará pagando el gobierno. Lo que supone asumir con hidalguía que perdimos en términos conceptuales, de planos de discusión y de consenso social en torno al modo de manejar la pandemia, incluso teniendo claramente la razón, desde el principio.
Y ver como se puede hacer control de daños, no solo en términos estrictamente sanitarios (lo que de por sí es suficientemente grave, porque hablamos de vidas humanas), sino eminentemente políticos, medidos en deterioro de la autoridad presidencial, y de la capacidad del Estado de regular aspectos esenciales de la vida en sociedad, y hacer cumplir esas regulaciones en beneficio del conjunto.

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